miércoles, 1 de agosto de 2012

Pesadillas.

Abrí los ojos. A mi alrededor todo estaba oscuro. Era un bosque. Pero eso no me importaba, había algo, en mi pecho, que me asustaba más que todo lo que me rodeaba. No sentía nada. Bueno, de alguna manera, sentía un gran vacío allí, donde pertenecía mi corazón. Sabía que el gran vacío, o agujero negro había remplazado a mi corazón. Sentía que ese agujero negro absorbía todo lo que un día fue mio. Me abracé fuertemente el pecho con mis brazos indefensos. Sentí un gran nudo en la garganta, y las lágrimas al borde de mis ojos, mojando mis pestañas. De mis labios salió un sordo sollozo. Empecé a correr, a huir de todos esos ojos que me observan el la oscuridad de la noche. A penas pude ver nada. Supongo que era una noche de Luna Nueva.
Tropecé y caí al frío suelo. Todo estaba negro como el carbón. Pero sentía que me observaban. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas. A penas era consciente de eso. No sentía miedo de la oscuridad, sino del gran vacío que se abría paso en mi pecho. El dolor que se apoderaba de mis entrañas era tan fuerte que empecé a hiperventilar. Ni si quiera sabía que tenia que hacer, si inspirar o espirar.
Y en ese momento empezaron a sonar las voces. Por primera vez sentí miedo de verdad. Sentía millones de voces, pero no podía oír ninguna, eran como simples murmullos a mi alrededor.
Pero entonces, de repente, todas se callaron, y sonó una voz, clara, audible, que no reconocí. No se de donde procedía, pero la oía.
"Naciste sola, vivirás sola, y morirás sola".
Repitió eso, una y otra vez.
Hasta que de repente se calló. Sentí miedo, dolor, angustia. Pero seguí sintiendo más miedo por el vacío de mi pecho que por esas voces que volvían a murmurar cosas sin sentido. Intenté calmarme pero fue en vano. Todo se volvió silencioso. Intenté sentir los latidos de mi corazón, pero no los oía. Lo único que era capaz de oír era el pulso atronador que sonaba detrás de mis oídos.
Abracé mis débiles piernas con mis indefensos brazos, intentando parecer invisible. Sentí que algo se abrió paso en mi pecho, y ese gran vacío me volvía a torturar lentamente. Necesitaba gritar, pero no podía.
Entonces, escuché una respiración, cerca, muy cerca de mi.
Sentí como el pulso se me aceleró detrás de las orejas. Algo incomprensible, ya que era incapaz de escuchar los latidos de mi corazón.
Me apreté fuertemente las piernas y los brazos alrededor de mi pecho, intentando suavizar el dolor.
Deseaba gritar, gritar que me matasen antes de vivir un segundo mas con ese dolor y ese vacío en mi pecho. Pero era incapaz de separar los labios.
Agudice mis oídos, y me concentre en la respiración que se oía cerca de mi.
Y entonces, la sentí, justo al lado de mi, susurrándome al oído, y dijo despacio, muy despacio:
"Tú ya no eres nada".
Y entonces, deje de sentir, el miedo desapareció, deje de oír el pulso en mis oídos, y el vacío del pecho desapareció, para incrementar su fuerza una vez más. Por que reconocí esa voz, esa voz que había ignorado antes, por que me prohibía recordarla, por que no quería volver a escucharla, por que era mi mayor debilidad. Y después, eso fue lo único que pude sentir, el dolor, el gran vacío, el gran agujero negro que se abría paso en mi pecho.
Y su ausencia, la ausencia de la persona que tenía esa voz tan maravillosa, y que se había ido.
Sentí la necesidad de contestar, pero solamente por que esa voz era difícil de ignorar.
Era su voz.
Suspire, incapaz de moverme.
Abrí los labios, y susurré sin miedo.
"Lo sé, se que no soy nada".
Y en ese momento abrí los ojos, la luz ilumino mi cara. Pestañeé con fuerza, recordando que había vuelto a ser el mismo sueño que tenía todas las noches.
Me levante, y fui directa al baño, me eche agua fría en la cara, para que las lágrimas que resbalaban por mis mejillas se confundieran con el agua del grifo. Miré a aquella chica de ojeras al espejo, y no me reconocí a mi misma. No era yo.
Mis ojos eran los mismos, pero mi mirada era distinta.
Y al igual que en mis sueños, o mejor dicho, pesadillas, el gran vacío se abrió paso en mi pecho, remplazando el lugar de mi corazón igual que cada mañana.
Mire por última vez a la chica del espejo, y observe como sus labios se movían, pero no era mi voz la que oí, no era mi voz la que salía de mis labios, era su voz que volvían a repetir aquella frase que me atormentaba todos los días y ahora, también, todas las noches.
- Tú ya no eres nada.





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