lunes, 31 de diciembre de 2012

Y es que; Cada año es una enfermedad con 365 síntomas.

Este año no ha sido uno de los mejores. Eso, sin duda. Empezó fatal, y ha terminado igual.  Ha sido un año duro. Y tampoco estaría mal decir que ha sido un año desperdiciado. Ha habido períodos de tiempos en el que mi vida se podía resumir fácilmente en 'Cama, sofá, cama' durante semanas. Ha sido un año sin ti. Si. Sobretodo eso. Han sido 365 días realmente largos, en los que no ha habido ni un solo día en el que no te hubiera recordado y me hubiese entristecido. Y, en verdad, tengo miedo. Tengo miedo de que te olvides de mi, o de olvidarme yo de ti. Tengo miedo a despertar un día y no recordar la profundidad de tus ojos, esa mirada intensa y negra, tengo miedo de olvidar como olías, pero sobretodo tengo miedo de olvidar el sonido de tu risa. Lo peor es que no se cuando te volveré a ver, ni sé si me aceptaras entonces.
Ha sido un año frío, sin sentido, agonizante. Casi podía sentir como me derrumbaba a medida que pasaban los meses. He mantenido todo el tiempo la esperanza de que 2013 sea mejor. Qué, realmente, lo dudo.
Este año he perdido a algunas personas, y he recuperado a otras. Me he dado cuenta de cuales son las personas que realmente están ahí cuando todo esta oscuro. Y he sentido lo que es despreciarte a ti misma, más que nunca. Me he enfrentado a la nostalgia, la tristeza, el enfado y la pérdida día tras día. Incluso a veces era tan doloroso que cuando el dolor desaparecía necesitaba sentirlo otra vez en mi pecho. Llamarme masoquista si queréis. Pero el dolor era la confirmación de que había vivido todo aquello, y que todo eso me había hecho mas fuerte. Y he cambiado. Mucho. Ya no soy la que era hace un año.

2012 me ha hecho más fuerte.



Gracias a todos mis seguidores. Por haber estado ahí durante todo este tiempo, este blog no tendría un año y medio si no fuera por vosotros. Gracias a los que comentáis y leéis mis entradas, de verdad, muchísimas gracias. Me animáis a seguir día tras día.
Y bueno, no me queda más que desearos un  Feliz año nuevo.
Os quiero.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Como un paréntesis entre tantas palabras.

'Demasiado cielo para tan pocas alas, demasiado tiempo a solas, demasiadas balas para esquivarlas todas. Demasiada oscuridad para moverte. Demasiada vida para echarla a suertes con la muerte'.
Nach, verbo.


Hoy quería hacer una entrada. Lo he intentado por lo menos 4 veces. Pero cada palabra que escribía era una palabra que borraba. No sabía como explicar lo que sentía.
Así que he decidido enseñaros esto que, creo, que en este momento refleja como me siento. 

viernes, 21 de diciembre de 2012

Tranquila, hoy la herida solo duele un poco más.

En ese momento, interiormente, gritaba.
Apreté los dientes, evitando que el grito que se me había quedado en la garganta ascendiera. Estaba harta. Abrí un cajón y me agache para esconder la cara  haciendo como si buscará algo de comida. Respiré. Ellos dos estaban allí de pie. Justo enfrente de mi. No los miraba. Pero los podía sentir. Hablaban. Sí. Pero yo ya había dejado de escucharlos. Hacía mucho tiempo. Porque estaba harta. Estaba harta de toda esa mierda. Cerré de un portazo el cajón y me desplomé en el sofá con un puñado de galletas en la mano. Aunque, recuerdo que en ese momento ni si quiera era consciente de lo que llevaba en la mano. Sentía tal impotencia dentro... Y es que por mucho que lo intentase nada iba a cambiar, siempre saldría perdiendo. No hay ni a habido ni un camino por el que pudiese mantener la esperanza de salir victoriosa. Ni aún sé porque sigo intentándolo. Hace tanto tiempo que sé que no va a dar resultado.
En ese momento capte una frase suelta de mi padre.
- Pero es que... ni si quiera lo intentas.
Exploté. Ni si quiera lo pensé. Las palabras salieron de mi boca sin ni si quiera poder ser capaz de detenerlas.
- ¿Qué intente el qué? Joder. ¿El qué? Por mucho que lo intente no dará resultado. ¿Vale? Deja de hacerme sentir como una grandísima mierda que no es capaz de intentar nada. Porque sabes que lo he intentado miles de veces. Pero no va a dar resultado. Nunca lo dará. ¡Es una enfermedad! ¿Entendéis esa palabra? ¿La entendéis? Yo no tengo la culpa de que esa maldita cosa me haya salido a mi entre no se cuántas personas. No tengo la culpa. Y lo peor de todo es que tendré que cargar con esa culpa en un futuro cuando vea que mis hijos pasan por lo mismo que yo. ¡Por mucho que me esfuerce, por mucho que me llevéis a todos esos sitios no podré hacer nada para evitar que se desarrolle! ¿Lo entendéis? No la controlo, no está en mis manos. Dejarme en paz. Joder.
Y así mismo, me marché corriendo. Como una maldita cobarde que huye de su propia suerte. Y creerme, realmente, quería hacerlo. Aunque es imposible. No se puede de huir de la realidad. Hubiese deseado poder gritar, y esta vez no me habría echado para atrás. Pero no podía. No podía. Porque había oído aquello que nunca quise escuchar. Y lo peor de todo es que había salido de mis labios. 
Cerré la puerta de mi habitación con los ojos anegados en lágrimas y me dejé deslizar hacia el suelo.
Lo último que recuerdo de ese momento es que por mi cabeza cruzó un único pensamiento.
 'Tranquila, hoy la herida solo duele un poco más. Mañana todo seguirá igual. Dolera exactamente igual que antes, y serás capaz de soportarla. Casi ni la sentirás, aunque siempre estará ahí. Siempre'.



domingo, 16 de diciembre de 2012

No quiero sentirlo.

Aspiro e inspiro. Observo como mi aliento en forma de vaho asciende en la oscuridad. Me abrazo a mi misma. Siento frío, pero eso me alivia. Miro a mi alrededor. No hay nada. Vacío. Como todo en mi interior. Que irónico es todo. Recuerdo cuando me paraba aquí a las tantas de la madrugada y respiraba intentando desenredar el nudo de mi garganta. O aspiraba profundamente para que aquello que me oprimía el pecho desapareciera. Sentía que un agujero negro perforaba mi pecho. Pero, en aquel entonces al menos sentía algo. Ahora no siento nada. Hay lágrimas en mis ojos, que emborronan las luces de la ciudad. Eso es lo único que sigue siendo igual, que ha permanecido aquí cuando el dolor que antes habitaba en mi desapareció. Me dejo resbalar por la pared hacia el suelo frío. Un escalofrío recorre mi espalda. Respiro hondo intentando en vano que aquel dolor vuelva. Pero me siento una inútil, un cero a la izquierda. Bueno, en realidad, no siento nada. Ese es el problema. No siento absolutamente nada. No siento dolor, ni tristeza, ni agonía, ni felicidad. Nada. Es como si me hubiesen quitado todo aquello que me llenaba. Y ahora en mi interior no hay nada. Es un vacío. Estoy vacía. Ni si quiera recuerdo cuando aquel dolor desapareció, cuando dejó de hacerme nudos en la garganta, o cuando dejó de oprimirme el pecho. Había luchado tanto contra él. Cada día de mi vida me levantaba con un motivo, derrotarlo. Hacer que desapareciera. Se convirtió en una rutina. Hasta que un día me levanté y había desaparecido. No quedaba nada de él. Pero se lo había llevado todo. Todo lo que había en mi, se lo había llevado en un simple suspiro. Y ahora, ahora lo echo de menos. Ahora no tengo ningún motivo por el que levantarme cada mañana. Ahora no siento nada. Soy como una piedra. La piedra con la que todos tropiezan. Estoy cansada de aguantar los golpes que los demás lanzan contra mi. Piensan que no me hacen daño. Pero si que lo hacen, la ausencia del dolor se llevó también mi coraza, aquella que usaba contra los golpes de los demás. Y ahora no tengo con que protegerme. Soy tan frágil. Y en realidad ya estoy rota. Haría lo que fuera para que aquel dolor regresará y me permitiera sentir algo.
Y es que antes, al menos, me levantaba cada día, parecía viva porque intentaba soportar aquel dolor. Pero ahora que ha desaparecido. Ya... ya no me queda nada.
Y quizás me he equivocado; si que siento algo, un vacío intenso que se apodera de mi por momentos y no... no quiero sentirlo.