lunes, 30 de diciembre de 2013

- ¿Por qué yo? - susurro en mi oído - ¿Por qué yo y no otro?
Su mano descansaba sobre mi espalda desnuda e iba de arriba a abajo haciéndome cosquillas.
- Porque eres especial, porque me haces sentir especial. Viva.
- Te hago sentir viva... - dijo, y después me beso en el lóbulo detrás de la oreja, y descendió a besos hasta mi clavícula.
Cada célula de mi piel, cada poro, quiso estallar en llamas.
Suspiré y negué con la cabeza, tocando su cuello con mi nariz y respirando su aroma.
- Me vas a volver loca.
- Eso es lo que intento - dijo sobre mi clavícula, y volvió a recorrer un camino de besos, esta vez hasta mi hombro.
Intenté encontrar las palabras y frenar mi ritmo cardíaco. Sentí cómo sonreía en mi hombro y todo se fue al traste.
- Estas intentando calmarte - dijo, y se recostó sobre la almohada para que nuestros ojos se encontrasen.
- Estoy intentándolo, porque si no me vas a volver loca - repetí.
Él sonrío.
- Me encantas.
- ¿Por qué yo? ¿Por qué yo y no otra? - le dije, entre sonrisas.
- Porque me vuelves loco, y yo no lo intento evitar, porque me gusta sentirme así por tu culpa. Me gusta la forma de tus labios, y como tu pelo cae en cascada por tu espalda. Me gustan los tres lunares junto a tu hombro, y como frunces el ceño. Me encanta la arrugita que se forma al final de tus ojos cuándo sonríes de verdad, y como intentas calmarte cuándo te vuelvo loca.
- Estás loco - le susurré.
Él soltó una carcajada, nuestros ojos se encontraron un instante, y, entonces, me besó con toda la intensidad del mundo.



Me voy a Madrid estos últimos días del año, para ver a mi querido sobrino del que tanto he escrito (¡sí, por fin lo voy a ver! Estoy tan feliz...) Bueno, ya sé que no es una gran entrada, pero quería daros las gracias por todo, por este año, por haber estado a mi lado, y que eso, que feliz año nuevo.
Un beso enooorme, os quiero.
Hasta el año que viene.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Dos mil trece.

Trescientos sesenta y un días desperdiciados. Y supongo que los cuatro que quedan también lo serán.
Doce meses echándote de menos, ocho sintiendo que ya nada sería lo mismo. Treinta días haciéndome daño con mis propios pensamientos, dejando salir a mis propios demonios y dejándome arrastrar por ellos y treinta días más arrepintiéndome de lo que había hecho. Veinte páginas quemadas de mi diario, convirtiendo en polvo quién antes era. Dos páginas nuevas a medio escribir porque ya no sabía quién era. Doce meses sintiéndome más sola que nunca. Doce meses sintiendo que todo lo que me había ocurrido era por mi culpa.
Este año ha sido un año catastrófico. Un año de abandono a mi misma. De odio. De sentimientos intensamente dolorosos a todo lo que formaba parte de mi. Ha sido un año en el que me he sentido completamente sola, por más que hubiera gente a mi lado. Un año en el que todo ha pesado tanto que no he podido con ello y me he caído la suelo. Y todavía sigo allí, y no sé si en algún momento conseguiré levantarme y seguir adelante.
Ha sido un año horrible, y cada año es aún más horrible.
Sólo le pido a dos mil catorce que sea la excepción, que sea especial, que sea diferente.
Que sea un año al que recordar con buena cara.


jueves, 26 de diciembre de 2013

¿En qué piensas?

Le ofreció un cigarro mientras se llevaba uno a la boca. Ella lo rechazó y le frunció el ceño. Él sonrió. Empezaron a caminar juntos por la calle. Uno al lado del otro, sin tocarse. Ella miraba distraía las luces de navidad y él la miraba a ella. Ella se giró y se sorprendió cuándo le vio mirándola.
- ¿En qué piensas? - le susurró él queriendo agarrar su mano.
- En lo preciosa que es la navidad.
Entre calada y calada llegaron a una calle un tanto oscura y solitaria. Ella se encogió y tembló agarrándose los brazos.
- ¿Tienes frío?
- Un poco.
Sujeto el cigarro entre los labios mientras se quitaba la cazadora y se la colocaba a ella por los hombros.
- Gracias.
Él no pudo aguantar más cuándo ella le dedico una sonrisa. Se acercó y le dio la mano. Ella le miró sorprendida. Entrelazaron sus dedos mientras se miraban fijamente. Él se acercó y ella pudo olerle, una mezcla entre tabaco y hierba recién cortada. Respiró hondo y levantó la vista hacia sus ojos. Él se volvió a acercar, ahora sólo les separaba un precioso instante. Ella estaba apoyada contra la pared de aquella callejuela oscura. Bajo una farola que iluminaba varios metros más allá. La cara de él estaba oscurecida. Podría haber hecho un sombreado perfecto de su rostro, pensó la chica. Sonrió, y el chico le devolvió la sonrisa.
- ¿En qué piensas? - le pregunto ella.
Se acercó más a ella. Y deslizo sus labios hacia su oreja. Pudo sentir el cosquilleo de su barba de tres o dos días sobre sus mejillas.
- En besarte - le susurró acariciando su oreja con sus labios.




lunes, 23 de diciembre de 2013

Nos hemos dejado atrás.

¿Qué nos ha pasado? ¿Qué nos ha pasado a todos? Nos hemos convertido en marionetas del destino. Como Romeo juraba ser. Nos hemos convertido en nada. En polvo que se deja llevar por el aire. Nos hemos convertido en nuestro propio vaho, ese que asciende en la noche oscura y se pierde convirtiéndose en nada. Nos hemos alejado, distanciado. Nos hemos hecho sumisos de la rutina. Máquinas programadas. Nos hemos dejado arrastrar por la corriente como peces muertos. Hemos dejado de hablar. De comunicarnos, de llorar, de reír. Hemos dejado de vivir. Hemos dejado todo atrás. Lo que antes era parte de nosotros ahora ya no es nada. Los momentos, aquellos momentos, se han quedado atrás, han desaparecido entre la niebla del camino. Y nos hemos quedado solos. Con un camino interminable que recorrer y sin nadie. Porque nos hemos alejado de todos. Hemos dejado a algunos atrás y otros, simplemente, han echado a correr dejándonos atrás a nosotros.



Os quería comentar que mi maravillosos internet junto a la página de blogger no me deja comentar en vuestros blogs, me dice que hay un problema o yo que sé. Así que, hasta que no descubra la manera de comentar, no me vais a ver por vuestros blogs. Lo siento mucho, pero quiero que sepáis que a pesar de eso siempre os leo. 
Un beso enoooorme.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Sola.

Hay un pensamiento que me quita el sueño. Y por eso me veo hoy escribiendo, cuando las luces están encendidas y la ciudad calla. Duerme. Cuando la ciudad está silenciada. Cuando no hay nadie por las calles, solo un par de borrachos y algún que otro desconocido. Cuando la oscuridad lo embulle todo como la boca de un lobo. Cuando me da miedo mirar debajo de la cama. Porque están los monstruos, los mismos que discuten en mi mente sin descansar, sin dejar un atisbo de paz. Y mi corazón está tan desnudo como las calles de la ciudad bajo la luz de la luna. Tan vacío. La soledad se hace eco de sus latidos. Por más que lo intente. Por más que me esfuerce. Vaya a donde vaya, diga lo que diga, y haga lo que haga me siento sola. Me siento una extraña. Fuera de lugar. Como un judío en Alemania. Como si no perteneciera a ningún sitio. Como si ningún sitio fuera el mío. Y qué más da la gente que haya, la gente que este a mi lado, sea como sea, me siento sola. Como si no hubiera nadie. Como si nunca lo fuera a haber.


Corazón coraza.

Corazón coraza. Aquel que está hecho de inviernos y que nunca siente nada. Aquel que huye de los sentimientos, sobretodo de los intensos. De aquellos que te convierten en otra persona. De aquellos en los que necesitas a otra persona para sentirte completo. Ella siempre fue un corazón coraza. Porque a ella las mejillas no se le sonrojaban, ni los ojos le brillaban, ni sentía mariposas. Porque su corazón era como un invierno en Finlandia. Porque no sabía como comportarse con las personas. Como acercarse a las personas que la querían sin sentir la necesidad de huir. Porque no sabía cómo mirar a alguien a los ojos mientras le devolvían la mirada. Y tampoco como contemplar su reflejo en las pupilas de otro. No sabía caminar cogida de la mano. Ni cual era la manera correcta de dar un abrazo. O como dejar de estar a a defensiva y sentirse protegida. Pero a pesar de todo eso, él ha conseguido hacerse hueco. Hacerla mirar al suelo, para no sentir como le sostenía la mirada. O como se le enrojecían las mejillas mientras observa su reflejo en sus pupilas. Y odiaba que se le quedase mirando (¡como si ella no supiera que la observaba!) y que a consecuencia de ello sintiera mariposas en su estómago. Él le había hecho sentirse atraída por la opción de quedarse y no salir huyendo. Y le daba miedo, porque había conseguido convertir su invierno en primavera. Y destruir un poco su coraza.



jueves, 19 de diciembre de 2013

Los pedazos rotos cortan.

Le gustaban los tres lunares de su espalda, que formaban un triángulo. Él siempre decía que era el triángulo de las bermudas porque siempre se perdía en ellos. Le gustaba la manera que tenía de mojarse los labios con la lengua antes de decir algo que le desagradaba. La manera que tenía de entreabrir la boca cuándo no comprendía algo, o cuándo fruncía el ceño disgustada. Le gustaba la forma de su cara cuándo estaba enfadada, como sus cejas formaban una línea perfecta y como sus ojos centelleaban. le gustaba la voz que ponía cuándo se enfadaba, esa voz más aguda de lo normal. Le gustaba la manera en la que suspiraba, y cómo echaba la cabeza hacia atrás cuándo se reía a carcajadas. Le gustaba la marca de su carmín rojo en su cuello cuando le besaba. Y las pecas que formaban constelaciones en sus mejillas. Le gustaba el contraste que hacía su piel pálida con su pelo oscuro. Y los rizos que se le pegaban a las mejillas. Le gustaba su pelo largo, aquel que le hacía cosquillas en los brazos cuándo se recostaba a su lado. Le gustaba sus ojos azules, aquellos ojos fríos que hipnotizaban y nunca expresaban nada. Le gustaban, porque aún así sus gestos lo expresaban todo. Le gustaba calmarla cuando se despertaba a mitad de la noche llorando. Le gustaba verla sonreír con lágrimas deslizándose silenciosas por su rostro. Le gustaba como disfrutaba del frío, del invierno. Como le quedaba de bien la nieve en el pelo. A veces se quedaba callada y miraba a un vacío inexistente, era entonces el momento de hacerle cosquillas y sacarla de su ensoñación a risas. Le gustaba que a pesar de todo, a pesar de que ella era feliz a su lado, se preocupaba más por él que por ella misma, y por eso, cada vez que él la iba a abrazar ella le susurraba 'cuidado con los pedazos rotos, pueden cortar'.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Y callo.

Miro, y callo. Escucho, y callo. Abro la boca para decir algo... y callo. Y nadie nota nada. Nadie nota como mi sonrisa se desvanece y los ojos se entristecen. Como me hecho hacia atrás y encojo los hombros como si quisiera protegerme. Como miro a otro lado y lucho contra mis pensamientos. Aquellos que dicen que no importa lo que fuera a decir, que no importo. Que no soy nadie. Que soy inferior a todos ellos. Me muerdo el labio y pestañeo intentando desvanecer las lágrimas que surgen en mis ojos. Me hecho más para atrás y salgo de la conversación sin decir nada, sin que nadie note nada. Me llevo los puños del jersey a las mejillas y borro el rastro de esas lágrimas silenciosas e invisibles. Los observo a todos. Observo como gritan y como sonríen. Como hablan entre ellos, como ríen. Como vuelven a insultarse entre risas, y como suenan sus carcajadas. Los observo y callo. Y miro hacia el suelo mientras dejo que esas voces interiores me pisoteen con fuerza. Y suspiro, y callo, y mis labios sonríen irónicos mientras otra lagrima cae silenciosa y nadie se da cuenta. Y a nadie le importa. Y a nadie le importo.


lunes, 9 de diciembre de 2013

Nadie nota nada.

Y otra vez esa risa tonta, esa sonrisa en tus labios. Esa sonrisa que tiene menos verdad que tu boca diciendo que todo estará bien. Y otra vez ese encogimiento de hombros, y esa mirada gacha, intentando no mostrar cuanto duele que te abran las heridas. Porque lo hacen, con cada mirada, con cada palabra. Y otra vez ponerte la máscara, fingir que todo está bien cuando nada lo está. Cuando estás hecha pedazos de tantos golpes, y tan rota que cortas. Cuando te levantas por las mañanas y tus propios pensamientos te insultan. Cuando te maquillas las ojeras para que parezca que estas viva. Que hay alguien ahí dentro que respira. Pero en realidad no hay nadie, la que antes había lleva desaparecida varios años, dejando un cuerpo sin vida por dentro pero que tiene que parecer vivo por fuera. Para que la gente se crea tus mentiras. Todas tus mentiras. Porque son tantas ya que incluso tu misma te las crees. Porque son tantas que no sabes cuanto más puedes aguantar. Porque has aprendido a mentir mirando a los ojos, a mostrar una cara feliz aunque te estés muriendo interiormente, a reírte como si nada te hubiera hecho llorar nunca, aunque llores todas las noches bajo edredones. Porque has perdonado tantas veces que se han acostumbrado a joderte. Porque has llorado tantas veces que ya no te importa una o dos lágrimas más. Porque has luchado tantas veces contra ti misma, y has perdido tantas veces, que ya estás cansada. Cansada de todo. Cansada de que nadie se de cuenta de cuánto duele todo. De cuanto duele levantarse cada día. Levantarse y vivir.


Os prometo que la próxima entrada será más 'bonita'.
Un beso.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La chica se movía al compás de la música, sus dedos se deslizaban sobre las teclas como si el piano fuera una parte de ella. Una extensión más de su cuerpo. Era una música lenta, melancólica y que transmitía dolor en cada una de sus notas. Pero ella solo sabía tocar esas melodías. Tenía las manos frías. Era pleno Diciembre y las teclas estaban congeladas. No se sentía los dedos, pero no podía parar de tocar. El vacío del pecho cada vez se hacía más intenso. Y el dolor profundizaba cada vez más con cada pentagrama. Su taza de café le esperaba a un lado, la cogía de vez en cuándo para calentarse las manos. Le gustaba el café un tanto amargo. Le gustaba aquel sabor que dejaba después de cada trago. Podía oler la ausencia en el aire, en la música, podía sentir el dolor, el anhelo. Con cada nota un recuerdo; una sonrisa, una lagrima, un abrazo, una despedida, un beso. Sentía que la vida se le escapaba y que la oscuridad la llamaba. Ese lugar lleno de desesperanza, ese lugar donde habitan los demonios que uno tiene en el interior. Se dejaba llevar como sus dedos por el teclado, estaba cansada de luchar. Se había cansado de luchar contra la corriente, ahora simplemente se dejaba llevar como los peces muertos. Y le gustaba, aunque sabía que estaba mal, le gustaba. Podía cerrar los ojos y olvidarse del mundo. Olvidarse de que tenía que avanzar, de que el paso del tiempo dolía como puñales. Podía quedarse vagando entre recuerdos. Así que vivía de eso. De las ojeras, de las noches desvelada, de cafés, de música y de recuerdos, sobre todo de recuerdos. Se había rendido, se había dejado arrastrar por sus demonios, por la oscuridad. Y le gustaba un poco. Pero claro, como una vez le contaron, hasta el infierno puede parecer cómodo una vez que te acostumbras.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Al final fui yo quién se rompió.

Tus ojos tristes eran preciosos para mi. Tus ojeras oscuras, y tu cabello desordenado. Aquel que te caía por la espalda formando una cascada. Supongo que fui un tonto al enamorarme de la chica de los pedazos rotos. Aquellos pedazos que cortaban con tan solo tocarlos. Que dolían tanto que no podían ni ser mirados. Igual que dolía verte ausente, con el corazón encogido y el nudo apretando en la garganta. Ese nudo que fui incapaz de desenredarte. Tú siempre me decías que era un estúpido, por querer a alguien que estaba roto. Me decías que todo lo que tocabas se rompía y que tenías miedo de romperme. Pero a pesar de todo yo estuve ahí, calentando tus manos frías con las mías, sonriendo al ver cómo tu nariz enrojecía a pesar de las espesas bufandas que te ponías para protegerte del frío. A pesar de todo, quise volverte a unir, volver a unir tus pedazos, como un puzzle difícil de montar. Te enfadabas cuándo me pillabas mirándote con el ceño fruncido. Pero intentaba averiguar como funcionabas. Porque funcionabas distinta al resto, sonreías por cosas por las que nadie sonreía y estabas ausente la mayor parte del tiempo. Me decías que te preguntabas cómo una persona tan viva como yo podía estar con alguien como tú. Pero es que tu me hacías sentir vivo, todo el tiempo. Tu pelo, tu piel, tus ojos miel, todo en ti hacía que cada célula de mi cuerpo vibrara, y eso jamás había ocurrido antes. Pero tenías razón, era tan peligroso quererte, porque cortabas, porque tus pedazos rotos cortaban, y a pesar de que me lo advertiste miles de veces estaba tan empeñado en recomponerte que al final fui yo quién se rompió.



jueves, 28 de noviembre de 2013

Dicembre está a punto de llegar.

Calles oscuras y el frío atravesándome y partiéndome en dos, colándose por mis costillas. El vacío me reconcome por dentro. Ya nada duele, y que nada duela, duele. Siento que mi corazón se ha congelado, que yo me he congelado. Que nunca más podré sentir algo, que no sé si querré sentir algo. Siento un hueco en el pecho, allí donde debía sentir los latidos de un corazón. Pero ya no hay nada. Siento que me desvanezco. Que no soy nada. Que soy como el vaho que asciende en la noche oscura, disipándose y convirtiéndose en aire. Tengo una parte del invierno en de mi. Y te necesito. Aún puedo recordar tus manos cálidas rodeando mis manos frías. Tu aliento rozando mi mejilla. El lado izquierdo de la cama ocupado, tus chocolates calientes en pleno invierno, y cómo te entraban escalofríos cuándo rodeaba tu cuello con mis manos frías. Cuando dibujaba constelaciones y corazones en tu espalda. Recuerdo el frío en las mejillas, cómo miles de cuchillas, recuerdo que lo olvidaba cuando me concentraba en tu mano cálida aferrada a la mía. Como si yo fuese tuya y tu fueras mío. Recuerdo tus profundos y misteriosos ojos negros. Recuerdo el aroma que desprendían tus abrigos. El contraste que hacían con la nieve tus guantes negros. Recuerdo lo mucho que adoraba esa sonrisa torcida en tus labios. Aquella que me decía que todo iba a estar bien. Recuerdo tus manos deslizándose arriba y abajo por mi antebrazo. Tu voz en mi oído, tranquilizándome. Y como tus brazos disipaban todo el terror y el dolor cuándo me rodeaban. Lo recuerdo todo y ya no soy capaz de sentir nada. Tú me dabas vida, y nunca me sentiré tan viva como en aquel invierno. Lo peor de todo, incluso de este vacío en el pecho, es que Diciembre está a punto de llegar. Y tú ya no estás.


viernes, 22 de noviembre de 2013

No me gusta que la gente me abrace, porque siento que soy como un gran saco de cristales rotos y que al abrazarme todos esos cristales se rompen más y además hieren al otro. No me gusta que la gente pregunte por mi, que se preocupe por mi. No estoy acostumbrada a eso. No me gusta hablar, mantener una conversación con una persona. Me gusta mantenerme callada y observar las cosas. Imaginarme las vidas de las otras personas. A veces, cuándo me preguntas que qué me pasa quizás solo estoy mirando a un vacío inexistente, sumergida en mis pensamientos más profundos, aquellos imposibles de descifrar. O quizás estoy rompiéndome, pero, de todas formas, no te lo diría. Tampoco me gusta que la gente dependa de mi. Que me necesiten para tomar decisiones. Sencillamente, no me gusta que me necesiten. Porque si en algún momento yo no pudiera estar ahí, que es lo más posible, no tendrían a nadie. Y odiaría que les ocurriese eso. Que se llegasen a sentir tan solos como yo me siento. Cuándo era pequeña me encerraba al aseo a llorar, y de la misma manera me encerré en mi misma. Eché la llave a la única puerta que había y tiré la llave al vacío. Así que nadie ha entrado nunca a mi mundo, a este sitio, a mi vida, nadie se ha cercado a mi tanto como ha creído. Por mucho que crean que lo han hecho, nunca lo harán. A no ser que derrumben la puerta, y estoy segura de que al final me opondría. Porque tengo miedo de ser herida. Si aquí dentro puedo escuchar los gritos de las otras personas y sufrir por ellos, imagínate si dejara la puerta abierta y los viera mientras gritan. Así que nadie me ha visto en realidad, nadie sabe como es mi aspecto sin ninguna máscara. Nadie sabe cómo soy realmente. Y no sé si eso es bueno o malo.


Que ya no siento nada.

Es como un constante sabor de boca, de estos amargos. Es como si intentase gritar, cada vez más fuerte y nadie fuera capaz de escucharme. Es como si fuera una colilla consumiéndome en los labios de un desconocido. Siento que me estoy desvaneciendo. Que cada día que pasa soy menos yo. Porque ya no sonrío, ni lloro. No hay más sonrisas verdaderas, ni lágrimas que cubran mis ojos. Simplemente, no siento nada. Y, en ocasiones, existen momentos de profundo dolor. De ese dolor que cala en el pecho, ese con el que no puedes respirar, y quisieras que tu corazón parase de latir para dejar de sentir. Pero son instantes fugaces, después dejo de sentirlo, después vuelvo a no sentir nada. Y sinceramente, no sé que es peor. Sólo sé que me estoy convirtiendo en piedra. Que me estoy congelando poco a poco, lentamente. Que el frío me está llevando consigo como lo hizo el año pasado, y el anterior, y el anterior. Siento que soy demasiado débil para tanto frío. Y no hay nada que me mantenga viva. Siento que ya no existo para nadie. Ni quiero existir para nadie. Que ya no me importa nada. Que ya no siento nada.


martes, 19 de noviembre de 2013

No estoy bien.

Recuerdo que me decíais que estaba distinta. Y me abrazabais pensando que eso lo arreglaría todo, pero lo único que hacíais era romperme un poco más. Y yo me alejaba o, simplemente, me quedaba quieta, sin devolver el abrazo, tenía miedo de cortar a la gente con mis pedazos rotos. Y me sonreíais y yo apartaba la mirada. Y me hablabais y yo me quedaba mirando al vacío, os oía, pero era incapaz de escucharos. Supongo que nunca supisteis cómo me sentía. Lo sola que me sentía. Cual era la agonía que me consumía. Nunca os conté que no podía más. Que me había quedado atascada en el momento más amargo, en el más doloroso y que se repetía constantemente en mi mente. Me caí. Me caí al suelo y no me pude levantar, y vosotros seguisteis adelante, porque cada vez que mirabais atrás os decía que estaba bien. Hasta que dejasteis de mirar. Y ahora me duele, me duele el pecho, como si algo me estuviera perforando por dentro. Como un agujero negro que se lo lleva todo. Y quiero gritar, pero el grito se queda en la garganta. Y quiero llorar, pero mis ojos están más que secos. Tuve que pediros ayuda. Pero no podía. Cada vez que iba a gritar para que alguien me rescatara me mordía la lengua. Quería levantarme por mi misma. Pero hay caídas en las que necesitas una mano para volver a alzarte,al menos ahora lo sé. Y allí me quedé, anclada en el suelo. Quise parar el tiempo, recuperar el aliento. Pero fui yo la que me quedé atrás, pues el tiempo, la vida, siguió adelante. Siempre sigue adelante. Y me quedé atascada en aquel instante. Y mírame, aquí, aislada, sola, sin nadie. Todo y todos están demasiado lejos, y yo estoy demasiada agotada para intentar nada. Sólo siento dolor, y ya no me queda esperanzas.


domingo, 17 de noviembre de 2013

Ya no le queda nada.

Niña inocente que vaga ausente rodeada de gente. De otros niños que la miran con burla en los ojos. Ella se sienta en el mismo banco cada día. Sola. Y mira como juegan los otros niños, y desea poder jugar con ellos. Y se levanta, y camina hasta que toca el timbre y vuelve a clase. Esa niña que llega a su casa y se encierra en el baño, se mira al espejo mientras ve como todas sus máscaras desaparecen, y la niña llora, llora desconsoladamente delante del espejo, delante de su miedo. Y se pregunta por qué es diferente, por qué nadie la quiere. Y suspira, se seca las lágrimas y se pone las máscaras. Sonríe al espejo, y busca la mejor máscara, esa que haga parecer que su felicidad llegue a los ojos aunque ni si quiera exista. Y esa niña vive, cada día, esperando que algún día cambie y sea querida como los otros niños. Y jamás nadie se da cuenta de nada. Y esa niña crece. Pasan los años, cada vez que se mira al espejo ve más ojeras, más tristeza y máscaras más imperfectas. Y ya no puede hacer nada para que su felicidad fingida llegue a los ojos. Parece triste. Está triste. Se mira al espejo, y en los ojos de su propio reflejo ve ese banco vacío, esas miradas acusadoras, esos niños jugando a lo lejos, todos lejos de ella, se ve a ella misma llorando delante del mismo espejo de siempre. 'Pobre niña inocente, tan ingenua' se dice. Ella creía que cuándo creciera todo sería diferente. Pero todo sigue exactamente igual que antes. Ella sigue siendo diferente. Nunca encajará en ningún lugar. Será el patito feo, pero jamás podrá convertirse en cisne. Y lo peor, lo peor es que ahora todo le da miedo. Es que el mundo le da miedo, y la rompe. La rompe tan fácilmente... Lo peor es que se ha encerrado en ella misma, ha cerrado todas las puertas y ventanas, y está rodeada de una oscuridad infinita. Lo peor es que es más frágil que nunca. Y ya no llora, se ha quedado sin lágrimas. Pero eso no hace todo esto más soportable, al contrario. Cada día es más difícil. Porque lo ha perdido todo, perdió la esperanza, la de ser querida algún día, y dicen que la esperanza es lo último que se pierde.
Entonces, a ella ya no le queda nada.


sábado, 16 de noviembre de 2013

Tus tazas de chocolate.


No sé si será por el frío, pero últimamente no hago más que pensarte. No hago más que imaginarte en el lado izquierdo de la cama mirándome. Observándome, con esa sonrisa torcida en los labios. No hago más que recordar tú espalda desnuda y cómo se erizaba tu piel cuando mis dedos la rozaban. No hago más que memorizar tus labios, de comisura a comisura. Recordando cómo sabían. Y ahora, cuándo siento frío, me obligo a pensar en tus brazos rodeándome en la oscuridad, en los dos bajo las mantas. No sé si todo esto será bueno para mi. Sí cerrar los ojos y sentir tus dedos deslizándose por mi antebrazo, de arriba a abajo, será bueno para mi cordura. No lo sé, pero tampoco es que me importe. Al menos así me olvido del frío. Es irónico. Seguro que recuerdas lo mucho que me gustaba, lo mucho que amaba esas tardes acurrucada en la cama... contigo, el frío, la lluvia y la tormenta sonando fuera. Sí, antes amaba todo eso, porque estabas tú. Porque te amaba a ti. Y amarte a ti conllevaba amar esos momentos, esas tardes acurrucada en tus brazos, cuándo me apoyaba en tu pecho y descansaba mi cabeza en tu hombro, y veíamos la película sin verla, porque cada cinco minutos giraba la cabeza y te besaba. Y tú me devolvías el beso con toda la intensidad del mundo, y nos olvidábamos de la película. Del frío, de la lluvia, de la tormenta. Sólo estábamos tu y yo. Y no sabes cuánto extraño enredar mis dedos en tu cabello, o atraerte a mi rodeando tu cuello con mis brazos. No sabes cuánto echo de menos esa sonrisa que aparecía en tus labios cuándo estaban a centímetros de rozar los míos. No sabes cuánto echo de menos tus tazas de chocolate en pleno Noviembre. Ya no tengo a nadie que me las prepare. Ya no tengo a nadie que me abrace y que ahuyente al frío que me consume.                                                            

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Se odiaba.

Ella rehuía del frío, ese frío que se colaba entre sus costillas y le oprimía el pecho. Pero a la vez le gustaba. Le gustaba, porque la congelaba y no sentía nada. No sentía todo ese dolor agobiante. Ese nudo en la garganta que no le permitía respirar. Esa sensación de querer llorar hasta vaciar un océano y que, sin embargo, no le saliera ninguna lágrima. Era frustrante. Todo eso era frustrante e ilógico. E irónico. Hace menos de un mes estaba molesta porque no era capaz de sentir nada. Su vida era monótona, llena de trivialidades. Una rutina constante, sin un cambio que diferenciara un día de otro. Y ahora se sentía colapsada. Eran demasiados sentimientos. Todos mezclándose en su pecho. Cómo si quisieran arrancarle el corazón, o hacer que ella se lo arrancase para dejar de sentir dolor. Sentía que todos sus monstruos habían salido de la oscuridad a la vez, todos aquellos que ella sabía que la acechaban desde las sombras. Y eran más de los que ella imaginaba, de los que ella había calculado. Eran demasiados, y demasiado fuertes, y ella era tan débil. Porque se sentía frágil constantemente. Apunto de romperse. Cómo el hielo deshaciéndose que se resquebraja poco a poco. Y ella estaba ahí, entre las grietas, intentando no moverse. Pero el hielo cada vez se rompía más y más, y ella sólo podía pensar en que cuando cayera se congelaría. Y en realidad, no sabía si temía esa caída. Si congelarse sería tan malo. Porque dejaría de sentir dolor. Aunque había oído que caer en aguas de esas temperaturas era como clavarse miles de cuchillos en la piel. Pero, la verdad, es que tampoco le importaba mucho. Se odiaba, y necesitaba hacer algo. Se odiaba tanto que a veces ella misma se asustaba. Era asfixiante temer a tu propia sombra, temerte a ti misma. Era asfixiante odiarse tanto. Como si cada paso que diera fuera en la dirección equivocada, como si cada decisión que tomaba la acercara más a esos seres que la esperaban en la oscuridad de sus propias entrañas.
Y se odiaba, se odiaba a sí misma y a aquellos seres que habitaban en ella. Deseaba acabar con ellos. Pero no era lo suficiente, nunca era lo suficiente. Sus demonios siempre aumentaban y se la llevaban, arrastrada a las tinieblas. Y ella sólo podía pensar 'No, acabo de salir de ahí, no quiero volver, no quiero regresar a la oscuridad, por favor' pero lo único que hacían sus demonios era sonreír con un brillo de malicia en los ojos.


"Ojalá utilizando la tercera persona el dolor dejase de ser mío. Ojalá fuese de ella, y ella no tuviera nada que ver conmigo."


domingo, 10 de noviembre de 2013

Lo siento.

Recuerdo tus chistes malos, y mis risas sonoras. Recuerdo cómo caminabas dando saltos, desprendiendo felicidad a cada paso. Supongo que ahora es cuándo puedo decir lo mucho que te extraño. Lo mucho que extraño esas tardes cargadas de entusiasmo. De ti riéndote sin motivos. Y, hablo en serio, no sabes lo mucho que extraño como sonaba mi risa a tu lado. Porque sonaba distinta, más alegre, más viva. Más viva de lo que jamás me he sentido desde que te has ido. Y sé que aún estás aquí, pero ya no estás aquí. No de la misma manera que antes. Ya no puedo abrazarte y sentirme segura. Ya no puedo llorar con el teléfono en una mano escuchando tu voz tranquilizándome al otro lado. Porque tu voz ya no está ahí, y yo estoy demasiada asustada cómo para coger el teléfono y llamarte. Porque siento que te odio, pero a la vez me odio a mi misma por hacerlo. Y las lágrimas ya no salen, porque tú ya no estás para ayudarme.  No como antes. Te extraño hasta cuándo estás junto a mi. Porque siento que ya no eres tú, y quiero, necesito, que vuelvas a serlo. Que vuelvas a estar ahí en las buenas y en las malas. Que me perdones, que sabes que soy idiota, y que necesitas perdonarme. Por no haber estado ahí cuándo lo necesitabas. Por no haber estado ahí para dejarte llorar sobre mi hombro. Y sé que dices que no tienes nada que perdonarme, pero lo tienes. Porque necesito que lo hagas. Necesito tenerte a mi lado. Necesito que vuelvas a ser quién antes eras. Porque no te extraño a ti, no a quién ahora eres, porque ya a penas te conozco, extraño a la persona que eras. Sé que necesito pedirte perdón, y que tu necesitas escucharlo. Pero.. es que ya no encuentro las palabras, ni el valor.





lunes, 4 de noviembre de 2013

Solo tú sabes cómo destruirme.

Deslicé los dedos por la hierba de mi alrededor, rozándolos con las ramas de los árboles más cercanos mientras caminaba. Caminaba agarrada a su mano fría. Siempre fría. Los árboles silbaban y sus copas eran mecidas por el viento. Y las nubes avecinaban tormenta. Tormentas de truenos y rayos. Como a él le gustaban. La verdad es que aún no sé que hacíamos en ese bosque tan espeso. Con tanta maleza de por medio. Se paró en seco en un lugar donde los árboles hacían hueco. Tan escondido que era incapaz de encontrarse, a no ser que supieras cómo. Y él sabía como encontrarlo. A pesar de todos esos árboles que a mi me parecían iguales, él había memorizado cada detalle.
- ¿Qué estamos haciendo aquí? - susurré, más para mi que para él.
- Querías ver quién era realmente. Querías ver detrás de todas mis máscaras.
- Sí. - Aún recuerdo como me acerqué a él por detrás y le susurré que estaba harta de quitarle miles de máscaras y nunca saber quién era él realmente, y como sus fríos labios, y a la vez cálidos, apretaron los míos y susurraron sobre ellos que le siguiera- Pero aún no entiendo que estamos haciendo aquí.
- Es el único lugar en el que puedo ser quien realmente yo. Sin miedo. Sin...
- ¿Sin ninguna máscara?
- Sin ninguna- me aseguró, asintiendo.
Miré a mi alrededor más detalladamente. No se distinguía en casi nada a todo lo demás, pero tenía algo especial. Si respiraba hondo podía sentir cómo la humedad y el aroma a lluvia, entremezclados, se apoderaban de mi. Podía sentir como el frío se colaba entre mis costillas, congelándome poco a poco por dentro. Y podía oír ese silbido espeluznante de los árboles contra el viento.
Él me apretó la mano. Y un escalofrío me recorrió la espalda. 
- ¿Por qué te gusta tanto este lugar?
- Porque nadie puede encontrarlo, cuándo lo intentan sólo ven un montón de árboles verdes, por lo tanto, nadie puede destruirlo.
- A ti nadie puede encontrarte - puntualicé y me quedé mirando la hoja de un árbol hasta que todo cobró sentido-. Ni destruirte - susurré.
Él se quedó callado, a la espera de que siguiera atando los cabos.
- Por eso nunca te muestras como realmente eres. Tienes miedo. Tienes miedo a que la gente pueda llegar a destruirte, ha hacerte daño.
Me abrazó por la espalda y apoyó su barbilla en mi hombro.
- Sí, ya lo has descubierto.
Me apretó más fuerte.
- Y ahora, solo tú sabes cómo destruirme. - susurró en mi oído.



sábado, 2 de noviembre de 2013

Hay una guerra dentro de mi.

Siento como si aquí dentro hubieran dos personas. Como si ambas partes se pasaran todo el día discutiendo, empujándose, aplastándose la una a la otra. Siento que me va a estallar la cabeza, o el corazón, ya no lo sé. Es como ese cuento del diablo en un hombro y el ángel en el otro, pero esto es mil veces peor. Porque ambas lucen como yo, con mi mismo aspecto. Ambas partes están dentro de mi, haciéndose hueco. Y sí, siempre están discutiendo, pero hay una cosa en la que siempre se ponen de acuerdo; a ambas les encanta apretarme la garganta hasta el punto de llegar a ahogarme. Y estoy frustrada, angustiada, asfixiada, cansada. Porque me estoy desvaneciendo, vencida por esas dos partes. Ya no sé si soy más de la una o de la otra, o si realmente en algún momento les pertenecí a alguna. Una de ellas me obliga a quedarme en casa, a taparme con las mantas y quedarme viendo películas durante toda la tarde. La otra me obliga a salir fuera, aunque sabe que lo paso peor, pero eso a ella no le importa. Sólo sé que ambas están de acuerdo cuándo me miro al espejo, cuándo alguien se ríe y giro la cabeza instantáneamente pensando que soy el blanco de sus risas y burlas. Estoy paranoica, lo sé. Pero es que no puedo convivir con tanto ruido dentro de mi. Con esas dos voces siempre gritándose, ignorando que yo estoy en medio de todo. Que cada palabra que se dicen me traspasa a mi antes de llegar a la otra. Y ya estoy rota, llena de agujeros por donde se filtraron sus gritos. Y ambas partes me obligan a pensar que soy una diana a la que todos apuntan y aciertan. Las dos me obligan a mirarme al espejo y odiar lo que veo. Las dos me obligan a sentirme inferior y cansada, da igual si esté dentro o fuera de casa. Siento que están intentando hacerme ser alguien que no soy, pero es que... yo tampoco quiero ser quien soy.
Y estoy harta. Sólo quiero un poco de tranquilidad aquí dentro. Pero nunca consigo que haya silencio.






viernes, 1 de noviembre de 2013

Sólo quería decirte de nuevo lo mucho que lo siento.

Sigo confiando en que algún día, después de todos estos años, llegues a leer todo esto y te des cuenta de lo mucho que te he estado echando de menos. De lo difícil que se me hacía todo esto. De que por las noches soñaba que te volvía a tener, y que te volvía a perder. Y créeme que, como ya te escribí en algún momento, antes preferiría arrancarme el corazón del pecho que volver a sentir que te pierdo. Porque vivo con miedo. Con miedo a que un día me veas y no me reconozcas, que no me quieras mirar, que no me quieras escuchar. Que no me dejes explicarte todo lo que ocurrió. Supongo que por eso te escribo. Para que cuándo llegue ese día te pueda enseñar cómo me sentía. Y ojalá logres perdonarme, perdonarme por todo lo que ha sucedido. Y pueda volver a cogerte entre mis brazos y levantarte para que roces el cielo con tus manos. Aunque quizás ya peses demasiado para eso, pero me da igual, volvería a hacerlo. Sólo para poder ver aquella sonrisa que ahora tanto me tortura por las noches. Porque ya he perdido la cuenta de las veces en las que me he quedado dormida mientras lloraba recordando cada detalle de tu cara para no olvidarlo. Para poder decirte lo mucho que has cambiado cuándo te vuelva a ver. Porque lo haré, juro que lo haré. Y es que este nudo de la garganta me aprieta tan fuerte que en ocasiones realmente quisiera que me ahogase y terminara con todo. Pero no puedo, tengo que volver a encontrarte. Explicarte por qué aquel día te dejé marchar, por qué solté aquellas manitas que se aferraban a las mías con tanta fuerza.


martes, 29 de octubre de 2013

Tan malditamente enamorada de ti.


Me gustaba deslizar los dedos por los lunares de tu espalda. Trazar mapas imaginarios. Y ver como tu cara se relajaba. Como sonreías en sueños mientras tus hombros se elevaban y bajaban lentamente, al compás de tu respiración. Me gustaba acostarme a tu lado, siempre en el lado derecho. Y observar tus ojos buscando quién sabe qué bajo tus parpados. Quizás era yo. Quizás me buscabas a mi. Siempre quise creer eso. Me gustaba sonreír al ver como fruncías el ceño, y me moría de curiosidad por saber que era lo que pasaba en tus sueños. O como aliviabas la expresión y sonreías, con la boca torcida, siempre me preguntaba si sonreías por mi. Oír los latidos de tu corazón, en el silencio absoluto, era lo que me mantenía viva cuándo creía que mi corazón ya no latía. Pero si que lo hacía. Lo hacía porque podía sentirlo, podía sentir cómo buscaba una manera de salir de mi pecho cuando abrías un ojo y después el otro y te reías, o te tapabas con la almohada, al encontrarme observándote en silencio. Y después te inclinabas hacia a mi despacio, con nuestras respiraciones agitadas, y nuestros corazones desbocados, te acercabas lentamente, haciendo que mi ansia aumentara por cada centímetro que me separaba de ti, y cuándo a penas nuestros labios se rozaban podía sentir como las comisuras de tus labios se elevaban y sonreías antes de besarme como si ese fuera el último beso del mundo. Era en aquellos momentos cuándo podía sentir mi corazón en todas partes, y los escalofríos desde la espalda hasta la punta de los dedos. Podía sentir cada centímetro de mi piel vibrando por ti. Era en aquellos momentos cuándo sentía miedo, miedo por quererte tanto. Por estar tan malditamente enamorada de ti.
Pero me gustaba, sobre todo eso, trazar mapas con los lunares de tu espalda y poder ver como sonreías en sueños.


viernes, 25 de octubre de 2013

Sus pecas.

A él le gustaba trazar constelaciones con sus pecas. Ver cómo sus ojos se movían sobre sus párpados mientras dormía. Le gustaba observarla cuándo parecía distante, o cuándo se reía dejando echar la cabeza para atrás y su pelo negro le caía por la espalda. Ondulándose y rizándose como él sólo sabía al final de su espalda, como la cascada rompiendo en el agua. Y le gustaba quedarse dormido junto a ella, él siempre a la izquierda y ella siempre a la derecha. Le gustaba rodearla con los brazos y mirar el techo, y sonreír como un jodido infeliz que al final ha encontrado aquello que le ha dado la razón para vivir. Le gustaba despertarse con su pierna por encima, enrollada en su cintura, su brazo sobre el pecho, su cara apoyada en el hombro y su pelo negro cosquilleándole la piel del brazo. Le gustaba cuándo se enfadaba y se negaba a hablar, o lo mucho que odiaba que él imitara la voz chillona que le salía cuándo mentía. Le gustaba mirarse a sus ojos y verse reflejado en ellos. Le gustaba rodearle el cuello con las manos y apoyar los pulgares en sus mejillas rosadas, llenas de constelaciones. Le gustaba verla con el pelo recogido y desordenado, como si intentara darle sentido, como si intentara que su pelo la entendiera. Pero su pelo era libre, tan libre como ella. Se enamoraba cada vez más de ella cuándo aparecía por detrás y le abrazaba por la espalda. O cuando apoyaba las manos en su pecho y la barbilla en el hueco de su cuello. Le gustaba sentirla cerca. Como un aroma del que nunca te consigues desprender. Le gustaba rodearla cuándo por las noches temblaba, llena de sus miedos. Le gustaba secarle las lágrimas que se deslizaban intrépidas queriendo unir esos trazos imaginarios entre sus pecas. Le gustaba poder sentir todo aquello por una persona. Le gustaba que ella le enseñara a sobrevivir cada día, porque ¿cómo no hacerlo con su risa de fondo como melodía? Le gustaba porque sentía que él la protegía (de todo ese miedo que ella escondía en su mirada y que según ella sólo él era capaz de ver) pero, la verdad, es que fue ella quién le protegió a él en todo momento.
La que le dio sentido a su absurda existencia.
¿Y sabéis? Ella decía que odiaba sus pecas y él solo pensaba...
...¡pero cómo odiarlas si con tan solo mirarlas te llevan a otra galaxia!







miércoles, 23 de octubre de 2013

Me ahogo.

¿Alguna vez has sentido lo qué es caer al abismo? Lo que es resbalar y por haber cometido un simple desliz, o, lo que no sé si es peor aún, ver como la gente que te aguantaba, que te ayudaba, te empuja sin ni si quiera pestañear. ¿Alguna vez has sentido todo ese vacío? Hay veces en las que yo lo veo en los ojos de la gente. Cuando andas por la calle y las miradas se cruzan entre desconocidos. Cuándo te asomas en esos ojos cansados y tristes y te ves reflejado en ellos, y te ves caer. ¿Sabes lo que es verte rodeada de toda esa oscuridad? Sin saber si hay ojos mirándote en cada rincón, acechándote, preparándose. Sin saber por donde van a atacarte primero, y eso es una ventaja para ellos que se convierte en tu peor debilidad. Te sientes totalmente desprotegida (porque esos brazos extendidos no van a servir de nada si te atacan por la espalda.) Sentirse así es tan miserable. Siempre deseando dejar de caer, poder chocar contra algo, sentir algo, ver algo que no sea toda esa oscuridad. Ese negro que hace desparecer todo. Tu racionalidad, tus sentimientos, tu esperanza. Ese negro que incrementa ese horror a lo desconocido, esa locura de que hay alguien escondido y de que en cualquier momento se abalanzará contra ti sin que puedas hacer nada.
Llevo tanto tiempo cayendo que ya no sé quién soy. A veces siento que soy dos personas distintas, a veces me pregunto como puedo reír tanto durante el día y llorar tanto cada noche. Tanto que me ahogo en mis propias lágrimas. Y a través de esa fina capa de agua que emborrona todo puedo verlos a ellos en la superficie, con sus caras serias, e incluso, algunos, sonriendo como si hubiesen logrado la victoria tan ansiada, relamiéndose con ese brillo en los ojos, viendo como me ahogo mientras ellos se quedan de brazos cruzados.


viernes, 18 de octubre de 2013

Él la hizo débil.


Esa chica estaba malditamente rota. Tan rota que dolía solo con observarla en silencio. Le gustaba hablar lento, o simplemente quedarse callada. Y cuándo le preguntaban que por qué no hablaba solo te miraba. Le gustaba respirar hondo y mirar hacia abajo mientras el viento chocaba en su cara y calmaba su rabia, observaba el mundo desde eso puentes tan bonitos en los que cualquier suicida se enamoraría. Se maquillaba mucho, y no le importaba que al llorar se le estropeara todo. Se vestía con medias rotas, con hilos que colgaban como la sangre que goteaba de sus heridas. Heridas de tanto intentar recomponer las piezas cada vez que alguien la rompía. O cada vez que ella misma se rompía. Porque había voces en su cabeza, que le gritaban desde todas direcciones, desde los rincones más profundos y oscuros. Cómo pequeños demonios que daban pasos hacia ella poco a poco. Y por mucho que gritara nunca desaparecían del todo.
Era una chica distinta. Todo el mundo la miraba, con envidia en los ojos. Deseaban ser ella cuándo ella deseaba ser cualquier otra persona. Sonreía sin expresar sus sentimientos, con los ojos fríos y el corazón helado.
Pero lo helado también quema.
Y a ese chico le quemó. Lo volvió loco, aunque se supone que es eso lo que hace el amor. Él le dio vida. Le sacaba sonrisas todo los días. Y a ella le gustaba eso. Le gustaba abrir los ojos y desperezarse lentamente, disfrutando de aquel momento, le gustaba respirar hondo y oler su aroma. Le gustaba mirar hacia el lado izquierdo de la cama y observarle dormir cada madrugada. Cuándo el sol aún no había salido, y la luna los miraba con anhelo. Le gustaba besarle, y la forma en la que él le devolvía el beso. Con tanta pasión que escocía por dentro. Le gustaba esas ansias de devorarlo entero cada vez que el sonreía a centímetros de su boca. Se volvieron malditamente locos el uno por el otro. Adolescentes perdidamente enamorados. Dando tumbos por la calle y queriéndose salvajemente cada noche. Pero lo que él no sabía es que cada vez que ella le besaba sentía miedo. Porque todo lo que ella tocaba se rompía. Y no quería romperlo, no a él. Pero el amor fue demasiado para ella. La hizo débil, perdió el control. Y sus demonios surgieron otra vez. Se volvió a romper, o ellos la volvieron a romper. Y volvió a las mismas andadas. A mirar al vacío, a querer saltar en esos puentes destinados a suicidas.
Y el chico acabó roto, porque esta vez no puedo volver a salvarla.
Acabó tan malditamente roto como las medias de aquella chica, las medias rotas que tantas noches él había acabado de destrozar.


(Esta entrada está inspirada en Effy y Freddie, de Skins.)

martes, 15 de octubre de 2013

¿A dónde fueron todos ellos?

Estoy corriendo en círculos, mientras tiemblo de frío en la oscuridad. Buscando a alguien que me proteja de aquellos ojos que me observan entre las sombras. Y sé que quién está actuando mal soy yo, que no dejé que nadie estuviera a mi alrededor. Pero ellos sabían que en realidad lo necesitaba, porque hay veces en las que lo he necesitado por encima de todo (aunque dijera lo contrario) y nadie estaba. Nadie estuvo cuándo me derrumbaba en el baño, cuándo deseaba detener el tiempo o cuándo miraba el móvil cada tres segundos esperando a que alguien se diera cuenta de algo. Pero nadie lo hizo nunca, o quizás simplemente decidieron quedarse de brazos cruzados. Sé que nunca he estado para nadie cuándo alguien me ha necesitado, y que por eso no tengo el derecho de juzgar a nadie por lo que hayan o no hecho. Pero aquellos que me juraron que estarían ahí en todo momento ¿dónde están? Aquellos que sabían mis movimientos antes de que los realizara, los que sabían que era complicada, que a pesar de que dijera que estaba bien no lo estaba ¿a dónde se fueron? Porque de verdad que los he buscado entre estos bosques tan espesos, entre árboles y árboles que me arañaban los brazos a cada paso. Y no he encontrado a nadie. Y sé que quizás se cansaron de esperarme. Pero es que yo no puedo darle a nadie más de lo que ellos me dan, es algo en mi que no puedo controlar. Y si tanto me conocían se supone que lo sabían. Y si ellos me necesitaron ¿por qué no me llamaron? siempre dije que estaría ahí en cualquier momento. Pero no los encuentro.
Estoy empezando a pensar que se han marchado de verdad. Que me han abandonado en la oscuridad.




Premio: Liebster blog.


Pues ¡muchas gracias a Carla de Silencios que hablan por este premio! Estoy muy contenta de que me hayas nominado y de que no olvides el blog y aparezcas de vez en cuándo por aquí, que hay gente a la que le encanta leerte (aquí una de ellas).

Las normas dicen que se tiene que agradecer y nombrar al blog que te da el premio, responder las preguntas que te dejan y seguir al blog que te ha nominado.

Preguntas:
1. ¿Qué te impulsó a abrir un blog?
Otros blogs que conocía y leía.
2. ¿Actualmente escribes sobre lo que tenías pensado en un principio?
Si te refieres a lo que tenía pensado cuándo empecé el blog... mmm... sí. 
Si te refieres a cuándo me pongo a escribir una entrada, pues, normalmente no, empiezo con una idea en la cabeza y a medida que voy escribiendo quizás cambie totalmente el tema o los sentimientos.
3. ¿Qué te inspira para escribir?
Normalmente suelo escribir con música de fondo, una música suave que me ayude a pensar, no sé, me inspira a la hora de escribir y bueno, los sentimientos que estoy sintiendo en ese preciso momento.
4. ¿Qué habilidades te gustaría tener?
Pff.. no sé, ¿ser mejor en el deporte? la verdad es que no sé jajajaj.
5. Di 3 cosas que no te gustan de las personas.
El egocentrismo, que se crea superior cuándo no lo es, y que juzgue a las personas sin conocerlas realmente.
6. ¿Si pudieras cumplir un sueño irracional, cuál sería?
Hacer puenting.
7. ¿Tienes un 'horario' para tu blog, o escribes según surge?
Escribo según surge. Hay veces en las que escribo todos los días y otras en las que puedo tirarme dos semanas sin escribir nada por más que lo intente.
8. ¿Qué es lo último que te ha hecho reír? ¿Y llorar?
Estar con una amiga. El sentimiento de extrañar a un persona muy importante para mi que llevo años sin volver a ver, y todo, no sé, cuándo lloro... lloro por todo en general, son esos momentos en los que no puedes aguantar más y estallas sin razón aparente.
9. Cuándo no estás en el ordenador, ¿qué te gusta hacer?
Leer, ver series, tocar el piano...
10. ¿Qué te aporta tener el blog?
Un escape, un modo de desahogo, de evadirme de la realidad, de ser yo misma sin miedo a ser juzgada.
11. ¿Tienes el blog por entretenimiento o con algún fin especial?
Cómo ya he dicho antes, por poder desahogarme de algún modo.

Mis 11 preguntas son:
1. ¿Qué te hizo abrir éste blog?
2. ¿Qué te suele inspirar a la hora de escribir?
3. ¿Algún libro que te haya marcado? ¿Cuál?
4. ¿Qué tipo de libros lees con más frecuencia?
5. ¿Alguna vez has pensado en dejar el blog?
6. ¿Qué es para ti tu blog?
7. ¿Qué haces en tu tiempo libre?
8. ¿Qué cualidades son las que menos te gustan de las personas?
9. Si pudieras cambiar algo de tu vida ¿qué sería?
10. ¿Cómo te describirías?
11. ¿Le das mucha importancia a los comentarios de la gente que te lee?

Y mis nominados son:

Y bueno, ahora mismo no se me ocurre ninguno más, quién quiera hacerlo que lo haga, y si no pues da igual... cuántos premios no habré hecho yo simplemente por pereza.
Un besazo enorme. 
Nos leemos.

domingo, 13 de octubre de 2013

Nada.

Me siento extraña por dentro. Mis pensamientos son arrastrados por el viento, tomando caminos que mi mente no advierte. Me siento cansada todo el tiempo, como si hubiera estado corriendo durante meses. Luchando una guerra que no era mía. Cómo si me hubiera precipitado al vacío y nunca hubiera llegado a caer del todo. Como si me hubiera quedado suspendida en la oscuridad de aquel vacío. Quizás por eso me sienta vacía. Quizás por eso no sienta... nada. Ni dolor, ni pesar, ni agonía. Ni si quiera soy capaz de sangrar. Estoy aquí, abriéndome heridas con la esperanza de sentir algo, pero todo es en vano. Es como si hubiera agotado todos los motivos por los que seguir luchando. Cada día que despierto... no hay nadie, ni nada. Simplemente yo, corriendo en un bosque espeso sin saber a donde voy ni de qué huyo. Corriendo a pesar de las heridas que me provocan los roces de aquellas garras que dificultan mis pasos. Y quiero salir de aquí. Quiero irme lejos y no volver. Y me da igual si suena egoísta, pero quiero que todos aquellos lloren por mi ausencia igual que yo lloro todas las noches por las de ellos. Y necesito encontrar ese sitio que llevo buscando tanto tiempo entre los árboles de esa continua y maldita pesadilla. Necesito sentir algo. Sentirme querida de alguna manera. Sólo quiero sentir que mi existencia significa algo tan sumamente importante para alguien que sería capaz de dejarlo todo por mi para que me quede. Sólo quiero sentir algo que me obligue a quedarme. Pero, siento que nunca he significado nada, que nunca he sido nada y eso sólo me incita a seguir huyendo.






sábado, 5 de octubre de 2013

Me gustaría echar a correr. Huir. Escapar. Desaparecer. Pasar a cámara rápida todos los momentos de llantos, de soledad, esas tardes encerrada en mi habitación fingiendo que eso es lo que quiero. Pasar esos momentos tan rápido que ni si quiera me de tiempo a visualizarlos. Me gustaría parar la cinta de mi vida en algún momento en el que por fin consiguiera ser feliz y no sentirme sola. Como saltarte toda la parte triste de un libro y empezar a leer en las páginas donde realmente la protagonista empieza a vivir. Me gustaría saber si en algún momento alguien estará a mi lado, si yo viviré de verdad algún día. Si alguien me dará la mano en vez de arrojarme al vacío, o, simplemente, quedarse con los brazos cruzados mientras ven como resbalo. Porque eso es lo que hacen todos. Porque estoy harta de caer y caer. Y caer. Y no encontrar nunca ha nadie que me ayude a levantarme. Y, lo peor, es mirar a tu alrededor mientras caes y verlo todo oscuro. Sin nadie a tu lado. Simplemente tú, suspendida en medio de la oscuridad. Dejando que tus demonios te arrastren a su antojo. Porque estoy harta de sentirme tan sola. De ver cómo la gente habla a mi alrededor y de mantenerme callada. De alejarme de la gente. De necesitar que me salven pero no querer ser salvada. De impedir a todos ver en mi interior. De creer conocerme y darme cuenta de que ya no sé nada de mi, que ya no sé en quién me he convertido.





martes, 24 de septiembre de 2013

¿Cómo puede el diablo parecer un ángel cuándo sonríe?

Hoy vengo a escribir por ti. No para ti. Por ti. Si te digo la verdad, esto carece de explicación. Simplemente, ayer te vi y... ¿qué han pasado ya, tres, dos años? Sigues exactamente igual, pero a la vez diferente. Estabas con una chica, sería extraño que no estuvieras con una. La rodeabas con un brazo y sonreías mirando a las que pasaban por tu lado. Ella te miraba y sonreía. Ingenua. Pero, tampoco vengo aquí a juzgarte. Simplemente, me parece mal que no la mires a los ojos, que no la dejes apreciar aquel verde tan precioso. Ese verde que me hipnotizaba. Y me parece muy bien que no me saludes, total, yo tampoco lo haré. Sigues exactamente igual. Utilizando los mismos trucos, siendo el chico misterioso. Con tus pantalones anchos y caídos, tus dilataciones, tu cara perfectamente diseñada para rozar la perfección y tu blanca sonrisa. Aquella que deslumbraba a cualquiera. A mi me deslumbró. Sigues siendo el mismo chico que me sonrió como un ángel y me atrajo a la oscuridad cómo un demonio. En realidad siempre fuiste uno, pero nunca quise verlo. Porque desde que te... - iba a decir olvidar, pero eso nunca lo he hecho- ...alejé, o bueno, ni si quiera eso. En realidad no sé lo que hice. Porque a pesar de todo este tiempo, mírame, sigo escribiendo pensando en ti. Pero pensándote y recordándote, eh, no queriéndote. El caso es que, ya no soy la misma. Que conocerte marcó la diferencia entre aquella chica y la que ahora soy. Aquella chica a la que le gustaba hacer de todo, le gustaba el sol, el calor, el mar. La que conseguía ver el vaso medio lleno y no medio vacío, como ahora lo veo. Porque ahora soy la chica atraída por las sombras - sombras que tu me enseñaste, me mostraste-. Fuiste como mi gran guía, aquel que me enseñó que el infierno no es tan malo como dicen los del cielo. El que me arrastró hacía el precipicio y me dejó decidir entre dejarme caer o quedarme allí. (Y hoy en día aún no sé lo que hice.) Supongo que doliese lo que doliese tenía que conocerte. Y es que, si me preguntan si alguna vez he sentido mariposas en el estómago, sólo puedo pensar en aquel momento, cuándo tus ojos verdes se fijaban en los míos. Y si me preguntan qué siente un corazón roto sólo puedo recordar lo que dolió cuando decidí dejarte marchar. Bueno, en realidad nunca habías estado, era yo que intentaba creer lo contrario.



domingo, 22 de septiembre de 2013

Sacadme de aquí, o sacadme de mi.

El problema es que ella era el problema. Y el problema viene cuándo no queremos ver el problema, y ella no quiso verlo durante mucho tiempo. Se pasó las tardes aislada en esas cuatro paredes, repitiéndose a ella misma que eso era lo que quería. Pero jamás quiso aquello. Dejo de aceptar los halagos y se escabullía de entre todos los brazos que la intentaban abrazar en vano. Empezó a pensar que quizás ella no estaba echa para vivir. Se acostumbró a aquel bloqueo interno. A querer llorar pero no encontrar ninguna lágrima. Dejó de confiar en ella misma.  El problema era que no sabía como hablar con la gente sin sentir que le temblaba la voz, y quedarse callada frente a todos nunca resolvía nada. Pero ella prefería aquello. El problema era que se sentía culpable por todo. Incluso sentía que al mínimo movimiento molestaría a alguien. Cuando salía a la calle agachaba la cabeza e intentaba en vano ignorar a todos. Porque tan solo una sonrisa maliciosa, una risa burlona y pensaba que iba dirigida a ella. Que la juzgaban por no ser como ellos. Y es que ella quería ser perfecta, joder. ¿Y qué si la gente pensaba que la perfección no existía? ella sabía que existía y que jamás lo sería. Y eso dolía. No podía dejar de pensar que era diferente. Sentía desprecio a si misma. Se sentía malditamente sola, a pesar de estar rodeada de gente. Se preguntaba constantemente por qué no podía ser cómo los demás. Y lo peor es que sus demonios alimentaban ese miedo, ese horror hacia ella misma. Se sentía vulnerable, indefensa, débil, pequeña. No sabía donde había quedado quién antes era. El problema es que ya no era ella contra el mundo, si no el mundo contra ella. Y aquellos malditos pensamientos la mataban en silencio. No paraba de gritar Sacadme de aquí, o sacadme de mí. 







domingo, 15 de septiembre de 2013

¿Qué escondes?


Te miro, y sonrío. Sonríes. Extiendes el brazo y me das la mano. Caminamos sin saber a donde. Pero ¿a quién le importa? Todos los caminos conducen a Roma. Y Roma escrito al revés es lo que yo anhelo. Y lo tengo. Te tengo. Y no te dejo. Pero si ni si quiera te conozco, esto es de locos. Y vuelves a sonreír, como si pudieras leer mis pensamientos. Y me detienes. Te quedas quieto. 'No, no, yo quiero seguir huyendo' pienso. Pero levantas tu dedo índice y lo dejas descansar sobre mis labios. Que se entre abren y respiran agitados. Sonríes, esta vez es una sonrisa pícara. Incluso llego a ver un brillo en tus ojos que me asusta. Pero no importa.
- ¿A dónde vamos?
- ¿A caso importa? - dices, con una voz cargada de misterio.
Tus ojos me vuelven a hipnotizar. Demasiado azules, demasiado fríos. ¿Qué podrían ocultar? Sonrío.
- ¿Me dejarás ver detrás de tus ojos?
Instintivamente levantas una ceja.
- ¿A qué te refieres?
- Sé que escondes- susurro, intentando en vano que mi voz no tiemble.
Una sonrisa torcida, y tus ojos vuelven a brillar con algo que no conozco. Te acercas más a mi y yo me alejo. Pero mi espalda choca contra la pared. Tu risa resuena en la calle vacía. Una de tus manos desciende por mi brazo y un escalofrío recorre mi cuerpo. Siento que allí donde me tocas me quemas. Te acercas con los labios entre abiertos. Y yo entre abro los míos. Hambrientos. Ambos labios anhelando los del otro. Cierro los ojos y me concentro en tus labios sobre los míos. Algo en mi interior estalla. Cómo una bomba que esperaba tu contacto para ser activada. Tus labios y los míos, buscándose y encontrándose. Dulces y a la vez ansiosos. Te alejas y sonríes. Nuestras respiraciones agitadas es todo lo que se oye. Acercas tus labios a mi cuello y me lo recorres a besos. Desde el hueco de mi clavícula hasta mi oreja. Y te detienes allí. Tiemblo cuando escucho tu voz.
- Todo el mundo esconde algo, Celia- susurras en mi oído con voz áspera.



viernes, 13 de septiembre de 2013

Segunda carta.

Querido (des)conocido:

Bueno, aquí estoy de nuevo. Quería decirte otra vez que te echo de menos. He estado viendo tus últimas fotos, te veo tan feliz con aquellos rostros desconocidos para mi. Y me pregunto si eres realmente feliz. Y te admiro, porque supiste salir y vivir. Hiciste todo lo contrario a mi.
Recuerdo esas tardes, cuándo esas personas a las que ahora llamas 'amigos' no existían. Cuándo sólo eramos tu y yo, y nos pasábamos las tardes enteras riéndonos bajo el mismo árbol sentados en la tierra. Recuerdo cómo me hacías sonreír por el mínimo detalle, y me pregunto si alguien te hace sonreír a ti así ahora. Te vuelvo a decir que contigo fui feliz. No sé, repetirte eso es cómo pedir perdón por no habértelo dicho en aquellos momentos. Y me gustaría saber si tú también eras feliz a mi lado.
A veces me quedo mirando a la nada, preguntándome cuando empezó todo. Cuándo terminó. Realmente no lo sé ¿recuerdas tú cómo empezó todo? Eramos desconocidos, y a los dos días eramos inseparables. Y de repente, después de dos años, nos fuimos distanciando, ambos. Pasamos de hablar cada segundo a no hablar en meses. Y es que me resulta irónico que no te haya visto en todo el verano viviendo en el mismo pueblo. No sé quién falló a quién de los dos. Aunque probablemente fui yo, y sí es así, te pido perdón.
Pero aún así me alivia saber que estás bien. Que seguiste adelante. Me alegra saber que eres feliz ahora. Que hiciste una nueva vida mientras yo me quedaba atascada en la antigua.
Sé que nunca llegaras a leer esto. Y que aún si lo hicieras todo este montón de palabras no cambiarían nada. Pero es que hay días en los que me duele tanto. En los que te extraño tanto.
Y, sólo quería decirte que te echo de menos. Que me encantaría abrazarte de nuevo.
Con mucho cariño,
Tu mejor amiga.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Y la herida sangró un poco más.

Era de esperar que sucediera algo así. Ni si quiera sé cómo me pude hacer tantas ilusiones. Y eso que... sé de ante mano que mis ilusiones siempre acaban hechas pedazos. Pero aún así me dolió tanto. Ni si quiera podía mirarle. Ni si quiera sabía a donde dirigir la mirada, a donde mirar. Y él esperaba una respuesta. Una respuesta a una pregunta que... había dolido tanto. Me estaba desmoronando a pedazos ¿es que nadie se daba cuenta?
Me mordí el labio y eso me hizo más daño. Nunca podrían hacer nada para arreglar este desastre. Viniera aquí las veces que viniera, nunca lo conseguirían. No sé porque mi madre se empeñaba tanto en algo que nunca funcionaría. Las lágrimas me escocían en los ojos. Pestañeé y me crucé de brazos.
Respiré hondo y les miré a los ojos. Primero a mi madre, aunque a penas le sostuve la mirada. Transmitía tanta tristeza. Después dirigí mis ojos a él. 'No llores. No llores. Joder. No llores.' Me repetí interiormente mientras mantenía la mirada en sus ojos marrones. El paso del tiempo le había cambiado tanto como a mi. Arrugas nuevas marcaban su rostro y las canas eran perfectamente visibles. Parecía increíble que hubieran pasado ya 11 años desde la primera vez que entré por esa puerta.
- No... no es nada - mentí.
Quería decir que era todo. Que estaba cansada. Que jamás conseguiría nada de lo que tanto he ansiado. Que lo daba por perdido durante meses y que cada vez que volvía a allí me llenaba de ilusiones , y eso me jodía, porque siempre salía más vacía y dolorida. Quería gritar. Sí. Quería gritar y decirles que no aguantaba más. Mis pensamientos empezaron a ser asfixiantes, una tras de otro, cada vez dolían más. Se asustarían si fueran capaces de escucharlos. Quería echar a correr y perderme.
Él empezó a decir lo delicado que era todo tratándose de mi. Mi madre asentía con la cabeza. No quería ser participe de aquella conversación. Puse todo mi empeño en observar detrás de ellos a aquellos niños jugueteando y sonriendo. Sonriendo.
De repente, él levantó un brazo y lo apoyó en mi hombro. Me obligó a mirarle a los ojos. Supongo que los míos ya estarían rojos, o vidriosos.
- Sé lo difícil que es esto para ti. Es normal que te sientas así - dijo, cómo si realmente lo comprendiera.
Las lágrimas afloraron a la superficie de mis ojos. De repente, todo se emborronó. Me di la vuelta y empecé a andar antes de que nadie me viera llorar.
'No. No lo entiendes. Nadie sabe lo difícil que llega a ser esto. Nadie sabe lo acomplejada que me siento.'



Perdón por esta entrada tan sumamente depresiva y extraña. Es normal si no acabáis de comprendedla. Está escrita para mi.. Ya sabéis, la típica entrada que nadie termina de comprender realmente a excepción de ti misma.
Es algo muy personal que me sucede y bueno...
Ayer fue un día bastante malo, como habréis podido comprobar.

martes, 10 de septiembre de 2013

¿Era distinta?

Las ojeras y el cansancio se hicieron rutina en su día a día, 'preocúpate cuándo eso ocurra' le decían. A ella no le preocupó. Cuando necesitaba un abrazo se abrazaba a ella misma. O a veces se refugiaba bajo el abrazo de su propia sombra, pero por las noches todo estaba tan oscuro que se quedaba sola. El silencio era lo que le instaba a gritar. Quería romperlo. Pero jamás lo hacía. Porque, en el fondo, le gustaba. Se sentía triste, cansada. No sabía por qué. Y aquel pozo sin fondo se convirtió en su refugio. A pesar de que prometió salir de él... ella siguió yendo a escondidas. La oscuridad le atraía. Allí podía gritar sin miedo a romper el silencio, podía llorar sin miedo a ser descubierta. Allí podía ser ella misma. Y en aquel lugar siempre hacía frío. Un frío que te carcomía los huesos. Algo que necesitaba constantemente. Le gustaba el frío porque era la única forma de sentirse igual por fuera que por dentro. Y se quedó anclada, atrapada. Ahora ya no sale de aquel túnel oscuro. De aquel pozo. Nada le empuja hacia la luz. Allí fuera el mundo es cruel, nadie le entiende. No la comprenden. No es su culpa que sea distinta al resto. Ella no quiere ser feliz. ¿Por qué todo el mundo le dice que tiene que ser feliz? A ella le gustaba su tristeza. ¿Tan malo era? Ella quería quedarse en aquella oscuridad para siempre. ¿Estaba loca? No la entendían. A ella la felicidad le dolía.





Siento esta entrada tan rara. Lo sé. Ni yo la entiendo.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Quiero contarlo todo.

¿Y qué decir cuándo quieres decirlo todo y no eres capaz de decir nada? Porque... a veces me encuentro imaginándome como sería explotar delante de alguien. Decir que necesito que me pregunten si estoy bien y ser capaz de contestar que no. Que no estoy bien, que llevo mucho tiempo sin saber que significa estar bien. Pero llevo tanto tiempo encerrando todo lo que siento que... ya no sé como abrirme. Como contar que no soporto estos gritos, que todo esto es agobiante, asfixiante. Que me estoy ahogando constantemente. Que me perdí a mi misma hace meses y aun intento recuperarme. Que hice cosas de las que de verdad me arrepiento. Y que ya no puedo hacer nada para borrar esos recuerdos. Como contarle a alguien lo asustada, aislada, y sola que me siento. Que llevo semanas preguntándome si mi vida será a sí siempre. Con meses en los que quisiera salir huyendo, salir de este pueblo. Con meses de soledad, encerrada en mi casa y rodeada de libros. Con meses tristes y meses vacíos. Quisiera contarle a alguien todo lo que me ha sucedido. Todo lo que he estado callando. Pero no sé como hacerlo. Y estás lágrimas están llenas de momentos incómodos, en los que me he querido echar a llorar y he extrañado como se siente el recibir un abrazo, pero he pestañeado y lo he ignorado. He ignorado todo. El dolor, el vacío, la necesidad de que algo ocurra, de que alguien se de cuenta de todo, o de que esto cambie. Y es que ya no sé ni porque estoy llorando mientras escribo esto. La gente se ha marchado sin despedirse y a mi no me ha dado tiempo ni a observarlos por última vez, y los que se han quedado... no son los de antes. No son iguales. Es que nada es igual ya. Joder. Y todo esto me duele, o yo que sé. Ya no sé ni lo que siento ni lo que quiero sentir. Ya no sé quién soy, de donde vine o adonde quiero ir. Y quisiera que alguien me escuchara, que al menos alguien me escuchara. Quisiera contarlo todo, pero no sé cómo.



viernes, 30 de agosto de 2013

Ya no puede.

Está rota. Y no quiere que nadie se dé cuenta. Cuándo le sonríes finge que todo esta bien. Aprieta los labios, formando una delgada línea, frunce el entrecejo y mira hacía el vacío. Se pierde entre sus pensamientos. Cómo si estuviera manteniendo una conversación en su interior, cómo si estuviera librando una de sus batallas interiores. Después, entreabre los labios y da la sensación de que quiere decir algo. Pero en el último momento retrocede y sus labios vuelven a contraerse. Aunque, en esta ocasión sus ojos son distintos. Piden ayuda. Pero se niega a aceptarla. Se le cristaliza la mirada y pestañea rápidamente para que nadie se percate de que está reprimiendo las lágrimas. Pero la gente sigue sin detenerse en sus ojos, y cuándo miras en ellos te da la sensación de que algo en su interior se está rompiendo. Y realmente lo está haciendo. Algunas personas son capaces de ver el abismo por el que ella esta cayendo constantemente. Pero nadie se atreve a ayudarla. Duele demasiado sólo con mirarla. Y ella no pide ayuda porque piensa que no la necesita.
Aunque, esta vez es distinto. Esta vez es demasiado débil. Y está asustada, porque nunca fue tan frágil y vulnerable. Tiene miedo. Y por primera vez, no es capaz de retener las lágrimas. Porque está cansada. Está cansada de fingir. Y esta cabreada consigo misma. Porque esta vez sus conversaciones interiores ya no son iguales, esta vez sus batallas no las gana ella. Esta vez sus demonios son más fuertes. Y tiene miedo. Porque no sabe cuales son las consecuencias de las decisiones que esta tomando. Y esta vez, esta vez no es capaz de engañar a nadie. Esta vez necesita ayuda realmente. Pero nadie es capaz de ofrecérsela y ella no es capaz de pedirla. Se está consumiendo. Esta vez ella misma se está rindiendo. Quiere que el mundo se detenga. Que alguien derrumbe los muros que un día interpuso para evitar que nadie la viera como realmente era. Aunque sólo sea una milésima de segundo, necesita detener todo esto. Todo lo que está sintiendo. Pero eso nunca ocurre. Y sus silencios son los gritos más fuertes. Está cansada de perderse continuamente. Esta cansada porque sabe que esta vez va a ser realmente difícil volver a ser quién era. Porque todo lo que le hacía ser ella ha desaparecido de repente sin motivo alguno. Porque ha dejado de luchar contra sus demonios y ahora está del lado de ellos. Y esta esperando que alguien la traiga de vuelta. Demasiado orgullosa para admitir que ya no puede hacerlo por sí sola. Y esta asustada, porque no quiere dejar que nadie le ayude aunque sabe que esta vez no puede contra ella misma.

lunes, 26 de agosto de 2013

Mar.

Intenté concentrarme en no pensar en nada. Es difícil cuándo has perdido el control de tus propios pensamientos. Respiré hondo y el olor a sal me rasgó la garganta. Abrí los ojos, lo único que llegaba a ver era el horizonte. El mar confundiéndose con el cielo crepuscular. Deslicé mi mano sobre el agua, las pequeñas olas chocaban contra ella. Intenté ponerme en pie sin tambalearme y me deslicé hasta un lado, doblé las rodillas, cogí impulso y me lancé al agua. Durante unos segundos la sensación de vacío se hizo constante, pero no dolía. Sentía que podía seguir bajando por la fuerza de la caída, y jamás tocaría fondo. Porque estaba demasiado profundo. Fue como si en a penas unos segundos todo hubiera desaparecido, como si en ese instante yo hubiera desaparecido. Y eso era lo que más quería. Pero a mi pesar, no me podía quedar allí sin más, necesitaba respirar. Levante los brazos y me impulsé con ellos en el agua. En el mar. Respiré hondo cuándo llegué a la superficie y miré a mi alrededor. Nadar a mar abierto es una de las mejores sensaciones que existen en esta vida. Sólo eres tu, rodeada de agua. Lejos de la orilla más cercana. Lejos de los problemas que te rodeaban en la tierra. Intenté no pensar en nada. Respiré hondo otra vez... y me zambullí en el agua. Desaparecí, arrastrada por la oscuridad del agua.





miércoles, 21 de agosto de 2013

Frío.

Las paredes del color verde desgastado del aseo me acorralan. Respiro hondo y cierro los ojos. Oigo el grifo de mi derecha gotear silenciosamente. Abro los ojos. La luz que entra por la ventana disminuye. Me apoyo sobre el lavabo. Miro al espejo e intento encontrar sentido a lo que veo. Tengo la cara húmeda, pálida. Los labios resecos. El pelo castaño me cae descontrolado por los lados. Las ojeras contrastan en mi cara y reflejan todos mis miedos.
Me siento vacía por dentro. Asustada. Siento como si por el mínimo detalle me fuera a romper. Y nadie me podrá ayudar.
 La chica que antes era desapareció.
Me tapo la cara antes de ver como las lágrimas se deslizan por mis mejillas. Doy un traspié y caigo al suelo, frío, casi sin sentirlo. Dejo que las lágrimas se deslicen por mi cara hasta que el timbre suena. Salgo fuera como si no hubiese pasado nada.  Ni si quiera recuerdo que la profesora me espera en clase para saber si estoy mejor. El pasillo se llena de gente. Mochilas pesadas, caras cansadas. Deseosas de llegar a sus casas. Siento claustrofobia entre tanta gente. Porque a pesar de todo, me siento sola. Como si fuera la única persona del mundo. Como si acabase de aterrizar de un mundo lejano. Como si fuera una desconocida, una extraña. Salgo fuera. El viento desordena mi pelo. Y el frío invernal hace que por un momento mi corazón se insensibilice y no pueda sentir dolor. Solo frío. Siento hielo en mis venas. Y mis ojos se llenan de lágrima una vez mas. Pestañeo para evitarlas. Algunas personas me saludan, y yo les devuelvo el saludo. Monótono. Casi sin vida. Nadie nota nada. Nadie me siente nada extraño. Intento hablar de cualquier tontería. Evito el contacto visual, porque sé que si mis ojos se empañan no podré volver a evitar las lágrimas. Dejo atrás a todo el mundo y comienzo a caminar. Camino deprisa. La capucha casi me tapa la mitad de los ojos, y mi pelo, alborotado, no me deja ver mas allá del suelo que tengo debajo. Pero da igual. No necesito ver nada más. Porque en aquel momento las lágrimas corren por mis mejillas descontroladas. Oigo gritos lejanos. Alguien me llama. Pero yo no me giro, sigo andando hasta que son silenciados por el silbido del aire en mis oídos.
El frío glacial se clava en mis mejillas como miles de agujas diminutas. Mis manos se descoloran, pálidas. No siento los dedos. Y los surcos de las lágrimas se secan dejando el recorrido del agua salada por mi cara. El corazón ya no lo siento. Siento un vacío. Un frío que lo remplaza todo.




PD: Esta entrada es de Diciembre, la dejé como un borrador pero la leí hace unos días y he decido publicarla ahora.