jueves, 10 de enero de 2013

Estaba bien, lo estaba ¿no?

Era tarde, casi de noche. Estaba sentada en aquel banco. Aspiraba y observaba en silencio el vaho de mi respiración ascender por la oscuridad. Sentía que me disipaba como él. Me sentía deshacer. Me sentía, débil, frágil y pequeña. Pequeña en un mundo de grandes. Un mundo que ya no comprendía. Miré a mi alrededor. La gente iba y venía, cada uno de un lugar y con un rumbo distinto. Seguían el transcurso de su vida, como si nada fuera capaz de interrumpir tal cosa.
Y yo, en ese momento, estaba a punto de derrumbarme y no veía a nadie por allí que fuera a evitar tal cosa. Sentía miedo de ser feliz. Aunque fuera una milésima de segundo, porque temía que en esa milésima de segundo todo se fuera a la mierda, otra vez. Pero tampoco quería estar condenada a la tristeza.
Aunque, en realidad, me sentía bien. Estaba bien. Lo estaba, ¿no? La duda había empezado a estar ahí. ¿Estaba realmente bien? ¿Lo estaba de verdad? Quién sabe. Supongo que no. ¿O si?
¿A quién quería engañar?
Me abracé el cuerpo cuando sentí que un escalofrío me recorría la espalda.
Me levanté y volví a mirar a las demás personas.
Yo no tenía un rumbo fijo hacia donde ir. Iba dando tumbos por el camino, a zancadas, sin mirar hacia el frente. Siempre con la vista en el suelo y la cabeza gacha.
 Me levantaba todas las mañanas con imposibles pintados en la cara. Y cuando me miraba al espejo los complejos me superaban. Llevaba arrastras mi autoestima, era tanto el tiempo que llevaba tirando de ella que estaba por abandonarla. Me escondía detrás de sonrisas aparentemente felices. Y después lloraba hasta quedarme dormida.
Empecé a andar, ajena a las personas que me rodeaban. Me sentía sola. Era ese tipo de soledad que se siente aún estando rodeada de gente. Sentía que con cada mirada me hundía un poco más, por lo tanto, evitaba el contacto visual.
Había creado tal armazón que ya no sentía nada. Lo había creado para protegerme de las personas. Porque a veces las personas son tan crueles. Seguía levantándome cada día con una sonrisa en la cara a pesar de llorar todas las noches. Seguía sacando sonrisas a aquellos que se la merecían. Pero ya no contaba con nadie. Y nadie contaba conmigo. No confiaba de nadie. Mis problemas los solucionaba yo misma. Y las lágrimas me las secaba yo con los puños de las mangas frente al espejo. Porque había aprendido que nadie me las iba a secar por mi. Me había vuelto una persona frívola. Anteponía mis sentimientos a los de los demás. Y eso me hacia sentir más segura. Me hacia sentir mejor, o eso creía.


2 comentarios:

  1. "Todo esta bien" típicas frases que nos repetimos para intentar engañar lo que realmente nos esta sucediendo... Lo difícil no es seguir de pie lo difícil es hacerlo tan vacía de ganas...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Exacto, nos repetimos eso constantemente sin apenas sentirlo.
      Gracias por pasarte, muchos besos.

      Eliminar