sábado, 9 de marzo de 2013

Como si no perteneciera a ningún lugar y no tuviera ningún lugar al que ir.

Respiré hondo. Cuando bajé la vista me di cuenta de que mis manos entrelazadas temblaban un poco. Sería el frío. Levanté la vista y observé a la gente caminando de un lado a otro. Yo seguía sentada en el mismo banco. A los ojos de la gente parecía que esperaba a alguien, alguien que me había dejado de lado, que se había olvidado de mi. ¿Pero estaba realmente esperando a alguien? 
Hacía frío. 
Últimamente todo tenía ese aspecto frío. Como si todo estuviera sacado de una de esas películas antiguas. No había ningún toque de color en ningún sitio. No uno que yo fuera capaz de atisbar. 
Mantuve la mirada fija en la gente. Gente que caminaba de un lado a otro. Que no se paraba a observar los detalles. Que sabían perfectamente al lugar donde iban. Y el lugar donde pertenecían. 
Yo jamas fui así. Siempre me paré a ver los detalles de las cosas. A pensar en una vida distinta. Siempre me sentí desplazada. Rodeada de soledad. Como si no fuera uno de ellos. Como si no perteneciera a ningún lugar y no tuviera ningún lugar al que ir. 
Miré a ambos lados, no había nadie. 
Tampoco había nadie allí que se parase a preguntar que hacía sentada en aquel banco desgastado. Supongo que a nadie le importaba.
Inhalé aire por la boca, ese aire tan frío que me arañaba la garganta, y me abracé a mi misma en silencio. Bajé la vista otra vez hacia mis manos. Estaban pálidas, frías. Temblaban ligeramente. 
Sentía que algo me abría el pecho cada vez que respiraba.
Me pregunté en silencio que hacía allí, a quién estaba esperando. 
Me pregunté a donde iría cuando me levantara...si nadie me quería en ningún lugar.




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