lunes, 4 de marzo de 2013

Vacía.

Quizás nunca me había sentido tan vacía como en aquel momento. Ni si quiera tuve tiempo para sentir cualquier otro sentimiento, para sentir dolor, tristeza o simplemente agonía. No sentí nada.
Fue como si en tan solo unos segundos me hubieran quitado absolutamente todo lo que me llenaba por dentro.
No sentí el típico nudo de la garganta, la sensación de claustrofobia, ni si quiera tuve que esforzarme en reprimir las lágrimas, porque... no había lágrimas. Solamente un vacío. Como si alguien me hubiese abierto en dos y me lo hubiese quitado todo. Como si no me quedará nada por lo que luchar, o por lo que seguir adelante. Simplemente sentí que no había ningún motivo para permanecer allí mas tiempo.
Como si todo careciera de sentido.
Recuerdo que me senté y miré fijamente la pared durante una media hora. Sin decir nada, sin articular palabra, sin ni si quiera moverme.
Me había quedado en blanco. Sentía que todo era una pesadilla, que todo era un sueño. Supongo que llegué a pensar que en algún momento despertaría.
Era como si me hubiesen anestesiado para operarme. Sí, puede que no sintiera nada, pero... lo veía todo.
Después aparecieron las lágrimas, supongo que fue en el momento en el que me di cuenta de que no era una pesadilla y que no iba a despertar. Que era la realidad. Fueron cayendo, una a una, deslizándose silenciosas por mis mejillas mientras mi mirada vacía se perdía en la oscuridad.
Me sentí abatida, cansada, vacía. Sí, sobre todo eso... vacía.



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