sábado, 22 de junio de 2013

Scars.

Quizás nunca jamás podré volver hacia atrás. No lo sé. Quizás fue un error hacer lo que hice. Tampoco lo sé. Sólo sé y estoy segura de que si lo hice fue por algo, quizás por odio hacia mi misma, puede que por aquella sensación de soledad, quizás por la presión de todo esto, puede que por aliviar el dolor, por debilitar aquella sensación de vacío en mi pecho, quizás lo hice porque necesitaba hacerlo para darme cuenta de cuales eran mis nuevos límites. Puede que dentro de unos meses este más consumida, a lo mejor hay una segunda, o una tercera vez. Quizás haya incluso más. Pero eso todavía no lo sé. Soy consciente de que prometí no escoger el camino fácil. Pero también lo soy de que las promesas no son mi punto fuerte. Porque en un impulso, decidí que estaba harta de luchar, de esperar a que otro camino se abriera paso entre los escombros, y salí corriendo como una cobarde hacia el camino más sencillo. El que menos dolía. El más despejado de todos. Quizás lo que hice no fue de cobardes, si no de valientes. Aún no me lo he planteado y tampoco es algo que quiera hacer. Sé que, aunque ahora este camino parece mi mejor opción, cambiaré de idea. Porque poco a poco se volverá más oscuro, mas tenebroso y más difícil de continuar. O eso creo. Quizás me equivoqué, no sé, a lo mejor este no era el camino más fácil, si no el más difícil. Y me sedujo, su oscuridad, su incertidumbre... me atrajo. Me atrajo a pesar de que había prometido esperar. Aunque... en realidad, mentí, sabía que no iba a ser capaz de esperar. Que no iba a ser lo suficientemente fuerte como para crear un camino con mis propios pies. Y al final, sucumbí. Ahora, ya no tengo miedo. Ahora he creado mis nuevos y propios límites. Mi nueva realidad. Mi nuevo yo, aunque mi pasado siempre permanecerá ahí. (Como éstas nuevas cicatrices) 
No sé si lo que hice fue lo correcto, no sé si me arrepentiré con el tiempo. Lo más probable es que si. Sólo sé que me sentí bien, que me siento bien, y que encontré nuevas fuerzas para continuar. Sé que venga lo que venga ahora... no me rendiré. (Aunque sea de una manera distinta a la de antes)


"Somos nuestro propio demonio y hacemos de este mundo nuestro propio infierno."



martes, 18 de junio de 2013

Anhelan la bala, sólo si es otro el que aprieta el gatillo.

Era principios de enero. El frío era tan intenso que era inevitable que no te dolieran los huesos. Él salía a correr todas las mañanas, temprano, cuando todo era gris y no había nadie. Después de recorrer varios kilómetros, algo que a él le parecía normal, se sentaba en el mismo banco de siempre, frente al mismo bar concurrido de siempre. Recordaba que era lunes. Sí, ese lunes, cuándo se sentó en aquel banco una chica ocupaba el otro extremo. Era una chica extraña, y distante. Parecía que su mente estaba a miles de kilómetros de allí. Él se sentó a su lado. Nunca hablaban. Y, aunque ella siempre miraba hacia la misma dirección, hacia el bar, sin apartar la vista, él la observaba en silencio. Poco a poco aquello se fue haciendo rutina. Ella lo esperaba todas las mañanas en silencio, y él la contemplaba todo el tiempo. Aquella chica siempre iba con sudaderas anchas y oscuras, con pantalones vaqueros, oscuros y ajustados. Y así, llegó el buen tiempo. A él le sorprendió verla con las mismas sudaderas, apretando los puños con las manos. Pero nunca preguntó, nunca habló. Y ella tampoco lo hizo.
Un día, mientras él la observaba ella se apartó un mechón de la cara y se lo colocó detrás de la oreja. Fue entonces cuando el lo vio y todo encajó. En su muñeca había heridas, eran cicatrices, una tras otra. En ese mismo instante, ella giró la cabeza y le miró a los ojos. Jamás se había dado cuenta de aquel color chocolate de sus pupilas. Porque jamás ella había clavado la mirada en él. Y entonces, en el momento menos esperado ella empezó a hablar.

- ¿Sabes? Nada en mi vida duró demasiado tiempo para ser algo que importara para mi. Y por lo tanto, yo jamás fui nadie importante en la vida de alguien. No me juzgues por mis actos o por hacerme daño. Yo jamás fui nada para nadie, y jamás encontré a alguien que fuera ese 'todo' para mi. Eso es verdad, pero un día, alguien me hizo sentir viva y se marchó. Y esa fue mi manera de soportarlo, de sobrevivir a pesar de su ausencia. De vivir con miedo a no volver a significar nada para nadie, de que mi vida no tuviese sentido. Pero, todos, consciente o inconscientemente, buscamos a alguien que aún no hemos encontrado o que hemos perdido, yo no soy la única - se quedó varios segundos callada-. ¿Ves aquel hombre de allí? - señaló a un hombre sentado en una de las mesas del bar -. Se sienta ahí todos los jueves, los sábados y los lunes, pide exactamente lo mismo de siempre, dejando siempre la silla de enfrente vacío, y no deja que nadie la aparte, frente a un plato vacío. Espera a alguien. Y cuándo empieza a beber, se queda mirando el otro lado de la mesa, a la silla vacía, y tras varios tequilas reprime las lágrimas, hasta que ya no puede más y se marcha. Y... ¿a esa mujer, la ves? - levantó la barbilla señalando a una chica de la barra- se sienta ahí toda la mañana entera desde hace varias semanas, y justo a las 11 en punto un chico pasa por ahí y ella le sigue con la mirada. Una mirada que se consume con cada paso que él da hasta el otro extremo de la acera. - Se miró el reloj -. Son las 9, ¿ves a ese chico del quinto? Ahí está, fumándose su primer cigarrillo del día. Se asoma al balcón todos los días a las nueve, se queda varios minutos contemplando a la gente que pasa debajo de su ventana, esperando ver a a la persona indicada, esperando verla a ella. ¿No te das cuenta? Tras cada calada, sus ojos lo cuentan todo.
Respiró hondo.
- Y después... después estas tú. aquel chico que a las ocho menos cuarto se sienta en el mismo extremo del banco. Aquel chico que espera algo (y no sabe el qué) de la chica que se sienta a su lado. Y la contempla en silencio, esperando una señal que determine si es ella la adecuada, la persona a la que ha estado buscando toda su vida. Pero, ¿y si no lo es? Eso... no lo sabes, pero aún así sigues aquí. Porque sientes la necesidad de que alguien te necesite, de importarle a alguien. Y piensas que a aquella chica le importas, piensas que aquella chica te espera en silencio todas las mañanas. Estás solo, te sientes solo. Lo dicen tus ojos - hizo una pausa-. Te diré algo... Hay personas que mueren por una causa, y decimos que han realizado el supremo sacrificio. Los llamamos mártires, y jamás ponemos en duda su sinceridad. Sin embargo, muchos otros pasan la vida entera buscando algo - o a alguien - por lo que valga la pena morir, y eso es muy distinto. Esos son los solitarios y los desesperados, temerosos de que su vida no tenga sentido. Anhelan la bala, sólo si es otro el que aprieta el gatillo.

Se levantó y le miró.

- Yo ya tuve a ese alguien, lo busqué sin darme cuenta, tal y como haces tú... tal y como hacen todos. Y lo encontré. Por primera vez en toda mi vida dejé de ser yo contra el mundo, dejé de sentirme sola. Dejé de tener miedo porque mi vida careciera de sentido. Tuve una persona por la que morir, por la que valiese la pena vivir. Y entonces, él se marchó. Y yo me rompí. Las heridas fueron tan graves que empezaron a verse incluso desde el exterior. Y yo no soy como un coche que se pueda reparar, jamás funcionaré bien. Así que, entiende que esto lo hago por ti. Porque yo ya encontré a esa persona por la que supe que merecía la pena morir. Y me marcho ahora, porque estoy demasiado rota como para sentir que he vuelto a encontrar a alguien así. Para sentir que tengo una segunda oportunidad. Porque sé que si la tuviera, ya no sabría qué hacer o cómo actuar. Y por esto, sé que yo no soy la persona a la que tu buscas. Sé que jamás te haré sentir vivo. Y me marcho en este mismo instante, porque sé que tienes que seguir buscando, porque te mereces seguir buscando, y yo no soy quién para impedirlo.

Y entonces, se le cristalizó la mirada y se fue. Se marchó.





(Siento si el texto se os ha hecho muy largo, ese día estaba inspirada o algo y no podía parar de escribir.)

viernes, 14 de junio de 2013

Tengo miedo.

Yo no soy así. No quiero ser así. Pero hay una parte de mi que me invita a serlo. Y tengo miedo. Tengo miedo porque siento que en mi interior habitan dos personas distintas. Una de ellas cobra fuerzas cada día, y la otra cada vez es más débil. Y aquella parte, la parte más fuerte, me invita a hacerlo. Me hace sentir la necesidad de ser así. Pero no quiero serlo, así que me refugio en la parte más débil, la que sólo sabe llorar asustada. Asustada porque cada vez me siento menos yo. Cada vez, siento que voy perdiendo las fuerzas. Y estoy harta de esta lucha continua contra mi misma que todos desconocen. Y no quiero hacerlo, no quiero hacerlo porque sé que si hay una primera vez habrá una segunda, y una tercera, y una cuarta. Y aunque algo en mi interior me dice que estaré bien... no quiero creerlo. Así que, allí estoy, al fondo de esa habitación, a oscuras. Acurrucada y abrazándome las piernas. Sujetándome las manos. Evitando caer en la tentación. Las lágrimas caen por mis mejillas en silencio, pero ya no las siento. Las muñecas me arden. Tengo que hacerlo. Pero no quiero hacerlo.
¿Por qué siento que ya no soy yo? ¿En quién me he convertido si no? ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué quiero hacer esto? ¿Por qué estoy sintiendo esto?
Joder, son tantas preguntas sin respuestas. Y sólo lloro, porque sé que no puedo hacer nada más. Sé que soy fuerte, al menos, eso creía. Quizás no sea del todo cierto. Pero creo que soy más fuerte que esto. Y quiero pensar que es verdad, aunque cada vez me sienta más débil. Quiero creer que no escogeré el camino fácil, por mucho que me tiente hacerlo. Me quedaré aquí, en silencio, llorando, hasta que encuentre una salida. Un lugar por el que escapar y huir.
Porque yo no quiero ser así.






(No quiero asustaros con esta entrada. Es algo que llevo dentro desde hace varias semanas, y necesitaba escribirlo. Necesitaba contároslo. Necesitaba desahogarme.)

jueves, 13 de junio de 2013

Ya no existió ningún punto de luz por el que luchar.

A veces, en momentos cómo este, dejo de intentarlo. Dejo de intentar vivir, dejo de intentar sobrevivir. Y lo único que hago es respirar. Respirar. Hacía tiempo que no lo hacía. Pero sigo sin sentir ningún alivio. Me gustaría volver a mirar al cielo y ver una noche estrellada. Pero lo único que veo ahora mismo es una oscuridad infinita, sin estrellas, sin luna. Mi vida es exactamente igual. Cómo una noche sin luna, sin estrellas. Sin ningún punto de luz por el que luchar. Bajo la vista hacia la ciudad que descansa a mis pies. Se esta bien aquí. Recuerdo que antes solía venir a menudo. Venía porque lo necesitaba. Porque era el único lugar en el que podía respirar. Porque me gustaba contemplar en silencio las luces de la ciudad. Pero una noche vine, respiré y no sentí nada. Esa noche era como esta. Las luces de las estrellas eran demasiado débiles para que yo las viera. Y era una noche de luna nueva. Después de esa noche, todas las demás fueron iguales. Jamás volví a ver las estrellas, e, incluso, cuándo había luna llena aquel nudo en la garganta y aquella sensación de añoranza permanecían en mi. Veía como mi vida pasaba frente a mi sin que yo hiciera nada, sin que yo quisiera hacer nada para detenerla. Ya no sentía nada, y cuándo miraba a la ciudad ya no veía nada, ya no veía las luces, ya no pensaba en nada. Simplemente dejé que el silencio se adueñara de mi. Que aquel vacío me consumiera sin poner resistencia. Jamás supe porque ocurrió esto. Simplemente, había luchado y luchado porque el dolor que me oprimía el pecho desapareciera, y lo hizo. Aquella noche el dolor desapareció. Pero se llevó todo lo demás con él.
Se llevó las ganas de luchar, las ganas de vivir, las ganas de seguir.





lunes, 3 de junio de 2013

Esta vez es diferente.

Hablo en serio cuando digo que ya no puedo, que todo esto me supera. Porque realmente ya no tengo más fuerzas. Esta vez es distinto. Esta vez algo ha cambiado. Ahora realmente siento que me estoy desmoronando. Siento que el mundo entero se me cae a pedazos. Esta vez mis demonios se han desatado. Solos. Y ya no soy capaz de detener esto, me cuesta horrores que nadie se de cuenta de que estoy al borde de las lágrimas. Y es que siento que cada día que pasa me consumo más. Siento que en mi interior habitan dos personas, dos partes totalmente distintas la una a la otra. Y siento que una es más fuerte. Y tengo miedo. Tengo miedo porque sé que es una parte de mi que no quiero sacar a la luz. Y ahora, cuando miro a mi alrededor, me doy cuenta de que nadie esta aquí para ayudarme a impedir que salga a la superficie. Y sé que esta es la peor versión de mi misma. Y la odio con todas mis fuerzas. Aquella que me hace cometer actos que yo no quiero. Aquella que me hace sentir culpable. Aquella que me obliga a encerrarme en el baño, que me aleja de las personas a las que quiero y que me controla con más resistencia cada día. Y es que, esta vez... esta vez todo ha sobrepasado incluso mis propios límites y sé que la situación se me ha ido de las manos. Ya no sé que hacer para detener esto. Para detenerme a mi misma. Es demasiado tarde, porque esta vez siento que mis lágrimas son más pesadas que nunca, que acumulan tantos sentimientos... que ya no sé como evitarlas. Y duelen. Cada lágrima derramada es un puñal en mi alma, en mi corazón, en mi piel, es un recuerdo doloroso y olvidado, que, de repente, cobra vida sólo para volver ha hacerme daño. 





sábado, 1 de junio de 2013

Esa chica.

Le gustaba esa chica. Tenía algo diferente. Salía todos los días a la misma hora de su casa y comenzaba a andar con la mirada perdida. Vacía. Hacía varios días que había comenzado a seguirla. Se metía por calles estrechas y solitarias, por las que él nunca había estado, como si fueran calles invisibles que sólo ella conocía. Mientras caminaba, cerraba los ojos y deslizaba los dedos por las paredes. Parecía que el simple contacto de las yemas de sus dedos con la pintura desgastada le hiciese desconectar de todo. En algunas ocasiones se ponía los cascos y subía tanto la música que incluso él, escondido, conseguía oírla. Y entonces, empezaba a balancearse hacía los lados. Ajena al mundo. Cómo si no existiera nada, ni nadie. Le gustaba esa chica porque era distinta. Era diferente. No era cómo las demás. Jamás la había escuchado hablar, aunque susurraba letras de canciones desconocidas para él. Parecía tan distante y vulnerable. Tan frágil. Suspiraba cuándo el sol le acariciaba la piel, y cuándo llovía salía corriendo pero después comenzaba a andar aunque la lluvia empapara su ropa. Y después de caminar, cada vez por un lugar distinto, aunque siempre solitario, se paraba en seco y volvía a retroceder sobre sus pasos. Daba la sensación de que se dejara guiar por sus pies. Cómo si nunca supiera a donde la llevarían. A veces, había visto cómo lloraba en silencio, aunque nunca se paraba, era cómo si esas lágrimas no fueran motivo suficiente para evitar que sus pies la llevarán a algún lugar lejano. Él la volvía a seguir hasta su casa. Ella, como siempre, se quedaba varios minutos en el portal. Cerraba los ojos, respiraba hondo y entraba.
Él siempre sabía que la volvería a ver al día siguiente.
Que ella volvería a estar allí, caminando sin ningún motivo.
Como si todo fuera inexistente durante unos minutos.