sábado, 1 de junio de 2013

Esa chica.

Le gustaba esa chica. Tenía algo diferente. Salía todos los días a la misma hora de su casa y comenzaba a andar con la mirada perdida. Vacía. Hacía varios días que había comenzado a seguirla. Se metía por calles estrechas y solitarias, por las que él nunca había estado, como si fueran calles invisibles que sólo ella conocía. Mientras caminaba, cerraba los ojos y deslizaba los dedos por las paredes. Parecía que el simple contacto de las yemas de sus dedos con la pintura desgastada le hiciese desconectar de todo. En algunas ocasiones se ponía los cascos y subía tanto la música que incluso él, escondido, conseguía oírla. Y entonces, empezaba a balancearse hacía los lados. Ajena al mundo. Cómo si no existiera nada, ni nadie. Le gustaba esa chica porque era distinta. Era diferente. No era cómo las demás. Jamás la había escuchado hablar, aunque susurraba letras de canciones desconocidas para él. Parecía tan distante y vulnerable. Tan frágil. Suspiraba cuándo el sol le acariciaba la piel, y cuándo llovía salía corriendo pero después comenzaba a andar aunque la lluvia empapara su ropa. Y después de caminar, cada vez por un lugar distinto, aunque siempre solitario, se paraba en seco y volvía a retroceder sobre sus pasos. Daba la sensación de que se dejara guiar por sus pies. Cómo si nunca supiera a donde la llevarían. A veces, había visto cómo lloraba en silencio, aunque nunca se paraba, era cómo si esas lágrimas no fueran motivo suficiente para evitar que sus pies la llevarán a algún lugar lejano. Él la volvía a seguir hasta su casa. Ella, como siempre, se quedaba varios minutos en el portal. Cerraba los ojos, respiraba hondo y entraba.
Él siempre sabía que la volvería a ver al día siguiente.
Que ella volvería a estar allí, caminando sin ningún motivo.
Como si todo fuera inexistente durante unos minutos.









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