miércoles, 21 de agosto de 2013

Frío.

Las paredes del color verde desgastado del aseo me acorralan. Respiro hondo y cierro los ojos. Oigo el grifo de mi derecha gotear silenciosamente. Abro los ojos. La luz que entra por la ventana disminuye. Me apoyo sobre el lavabo. Miro al espejo e intento encontrar sentido a lo que veo. Tengo la cara húmeda, pálida. Los labios resecos. El pelo castaño me cae descontrolado por los lados. Las ojeras contrastan en mi cara y reflejan todos mis miedos.
Me siento vacía por dentro. Asustada. Siento como si por el mínimo detalle me fuera a romper. Y nadie me podrá ayudar.
 La chica que antes era desapareció.
Me tapo la cara antes de ver como las lágrimas se deslizan por mis mejillas. Doy un traspié y caigo al suelo, frío, casi sin sentirlo. Dejo que las lágrimas se deslicen por mi cara hasta que el timbre suena. Salgo fuera como si no hubiese pasado nada.  Ni si quiera recuerdo que la profesora me espera en clase para saber si estoy mejor. El pasillo se llena de gente. Mochilas pesadas, caras cansadas. Deseosas de llegar a sus casas. Siento claustrofobia entre tanta gente. Porque a pesar de todo, me siento sola. Como si fuera la única persona del mundo. Como si acabase de aterrizar de un mundo lejano. Como si fuera una desconocida, una extraña. Salgo fuera. El viento desordena mi pelo. Y el frío invernal hace que por un momento mi corazón se insensibilice y no pueda sentir dolor. Solo frío. Siento hielo en mis venas. Y mis ojos se llenan de lágrima una vez mas. Pestañeo para evitarlas. Algunas personas me saludan, y yo les devuelvo el saludo. Monótono. Casi sin vida. Nadie nota nada. Nadie me siente nada extraño. Intento hablar de cualquier tontería. Evito el contacto visual, porque sé que si mis ojos se empañan no podré volver a evitar las lágrimas. Dejo atrás a todo el mundo y comienzo a caminar. Camino deprisa. La capucha casi me tapa la mitad de los ojos, y mi pelo, alborotado, no me deja ver mas allá del suelo que tengo debajo. Pero da igual. No necesito ver nada más. Porque en aquel momento las lágrimas corren por mis mejillas descontroladas. Oigo gritos lejanos. Alguien me llama. Pero yo no me giro, sigo andando hasta que son silenciados por el silbido del aire en mis oídos.
El frío glacial se clava en mis mejillas como miles de agujas diminutas. Mis manos se descoloran, pálidas. No siento los dedos. Y los surcos de las lágrimas se secan dejando el recorrido del agua salada por mi cara. El corazón ya no lo siento. Siento un vacío. Un frío que lo remplaza todo.




PD: Esta entrada es de Diciembre, la dejé como un borrador pero la leí hace unos días y he decido publicarla ahora.


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