lunes, 26 de agosto de 2013

Mar.

Intenté concentrarme en no pensar en nada. Es difícil cuándo has perdido el control de tus propios pensamientos. Respiré hondo y el olor a sal me rasgó la garganta. Abrí los ojos, lo único que llegaba a ver era el horizonte. El mar confundiéndose con el cielo crepuscular. Deslicé mi mano sobre el agua, las pequeñas olas chocaban contra ella. Intenté ponerme en pie sin tambalearme y me deslicé hasta un lado, doblé las rodillas, cogí impulso y me lancé al agua. Durante unos segundos la sensación de vacío se hizo constante, pero no dolía. Sentía que podía seguir bajando por la fuerza de la caída, y jamás tocaría fondo. Porque estaba demasiado profundo. Fue como si en a penas unos segundos todo hubiera desaparecido, como si en ese instante yo hubiera desaparecido. Y eso era lo que más quería. Pero a mi pesar, no me podía quedar allí sin más, necesitaba respirar. Levante los brazos y me impulsé con ellos en el agua. En el mar. Respiré hondo cuándo llegué a la superficie y miré a mi alrededor. Nadar a mar abierto es una de las mejores sensaciones que existen en esta vida. Sólo eres tu, rodeada de agua. Lejos de la orilla más cercana. Lejos de los problemas que te rodeaban en la tierra. Intenté no pensar en nada. Respiré hondo otra vez... y me zambullí en el agua. Desaparecí, arrastrada por la oscuridad del agua.





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