martes, 24 de septiembre de 2013

¿Cómo puede el diablo parecer un ángel cuándo sonríe?

Hoy vengo a escribir por ti. No para ti. Por ti. Si te digo la verdad, esto carece de explicación. Simplemente, ayer te vi y... ¿qué han pasado ya, tres, dos años? Sigues exactamente igual, pero a la vez diferente. Estabas con una chica, sería extraño que no estuvieras con una. La rodeabas con un brazo y sonreías mirando a las que pasaban por tu lado. Ella te miraba y sonreía. Ingenua. Pero, tampoco vengo aquí a juzgarte. Simplemente, me parece mal que no la mires a los ojos, que no la dejes apreciar aquel verde tan precioso. Ese verde que me hipnotizaba. Y me parece muy bien que no me saludes, total, yo tampoco lo haré. Sigues exactamente igual. Utilizando los mismos trucos, siendo el chico misterioso. Con tus pantalones anchos y caídos, tus dilataciones, tu cara perfectamente diseñada para rozar la perfección y tu blanca sonrisa. Aquella que deslumbraba a cualquiera. A mi me deslumbró. Sigues siendo el mismo chico que me sonrió como un ángel y me atrajo a la oscuridad cómo un demonio. En realidad siempre fuiste uno, pero nunca quise verlo. Porque desde que te... - iba a decir olvidar, pero eso nunca lo he hecho- ...alejé, o bueno, ni si quiera eso. En realidad no sé lo que hice. Porque a pesar de todo este tiempo, mírame, sigo escribiendo pensando en ti. Pero pensándote y recordándote, eh, no queriéndote. El caso es que, ya no soy la misma. Que conocerte marcó la diferencia entre aquella chica y la que ahora soy. Aquella chica a la que le gustaba hacer de todo, le gustaba el sol, el calor, el mar. La que conseguía ver el vaso medio lleno y no medio vacío, como ahora lo veo. Porque ahora soy la chica atraída por las sombras - sombras que tu me enseñaste, me mostraste-. Fuiste como mi gran guía, aquel que me enseñó que el infierno no es tan malo como dicen los del cielo. El que me arrastró hacía el precipicio y me dejó decidir entre dejarme caer o quedarme allí. (Y hoy en día aún no sé lo que hice.) Supongo que doliese lo que doliese tenía que conocerte. Y es que, si me preguntan si alguna vez he sentido mariposas en el estómago, sólo puedo pensar en aquel momento, cuándo tus ojos verdes se fijaban en los míos. Y si me preguntan qué siente un corazón roto sólo puedo recordar lo que dolió cuando decidí dejarte marchar. Bueno, en realidad nunca habías estado, era yo que intentaba creer lo contrario.



domingo, 22 de septiembre de 2013

Sacadme de aquí, o sacadme de mi.

El problema es que ella era el problema. Y el problema viene cuándo no queremos ver el problema, y ella no quiso verlo durante mucho tiempo. Se pasó las tardes aislada en esas cuatro paredes, repitiéndose a ella misma que eso era lo que quería. Pero jamás quiso aquello. Dejo de aceptar los halagos y se escabullía de entre todos los brazos que la intentaban abrazar en vano. Empezó a pensar que quizás ella no estaba echa para vivir. Se acostumbró a aquel bloqueo interno. A querer llorar pero no encontrar ninguna lágrima. Dejó de confiar en ella misma.  El problema era que no sabía como hablar con la gente sin sentir que le temblaba la voz, y quedarse callada frente a todos nunca resolvía nada. Pero ella prefería aquello. El problema era que se sentía culpable por todo. Incluso sentía que al mínimo movimiento molestaría a alguien. Cuando salía a la calle agachaba la cabeza e intentaba en vano ignorar a todos. Porque tan solo una sonrisa maliciosa, una risa burlona y pensaba que iba dirigida a ella. Que la juzgaban por no ser como ellos. Y es que ella quería ser perfecta, joder. ¿Y qué si la gente pensaba que la perfección no existía? ella sabía que existía y que jamás lo sería. Y eso dolía. No podía dejar de pensar que era diferente. Sentía desprecio a si misma. Se sentía malditamente sola, a pesar de estar rodeada de gente. Se preguntaba constantemente por qué no podía ser cómo los demás. Y lo peor es que sus demonios alimentaban ese miedo, ese horror hacia ella misma. Se sentía vulnerable, indefensa, débil, pequeña. No sabía donde había quedado quién antes era. El problema es que ya no era ella contra el mundo, si no el mundo contra ella. Y aquellos malditos pensamientos la mataban en silencio. No paraba de gritar Sacadme de aquí, o sacadme de mí. 







domingo, 15 de septiembre de 2013

¿Qué escondes?


Te miro, y sonrío. Sonríes. Extiendes el brazo y me das la mano. Caminamos sin saber a donde. Pero ¿a quién le importa? Todos los caminos conducen a Roma. Y Roma escrito al revés es lo que yo anhelo. Y lo tengo. Te tengo. Y no te dejo. Pero si ni si quiera te conozco, esto es de locos. Y vuelves a sonreír, como si pudieras leer mis pensamientos. Y me detienes. Te quedas quieto. 'No, no, yo quiero seguir huyendo' pienso. Pero levantas tu dedo índice y lo dejas descansar sobre mis labios. Que se entre abren y respiran agitados. Sonríes, esta vez es una sonrisa pícara. Incluso llego a ver un brillo en tus ojos que me asusta. Pero no importa.
- ¿A dónde vamos?
- ¿A caso importa? - dices, con una voz cargada de misterio.
Tus ojos me vuelven a hipnotizar. Demasiado azules, demasiado fríos. ¿Qué podrían ocultar? Sonrío.
- ¿Me dejarás ver detrás de tus ojos?
Instintivamente levantas una ceja.
- ¿A qué te refieres?
- Sé que escondes- susurro, intentando en vano que mi voz no tiemble.
Una sonrisa torcida, y tus ojos vuelven a brillar con algo que no conozco. Te acercas más a mi y yo me alejo. Pero mi espalda choca contra la pared. Tu risa resuena en la calle vacía. Una de tus manos desciende por mi brazo y un escalofrío recorre mi cuerpo. Siento que allí donde me tocas me quemas. Te acercas con los labios entre abiertos. Y yo entre abro los míos. Hambrientos. Ambos labios anhelando los del otro. Cierro los ojos y me concentro en tus labios sobre los míos. Algo en mi interior estalla. Cómo una bomba que esperaba tu contacto para ser activada. Tus labios y los míos, buscándose y encontrándose. Dulces y a la vez ansiosos. Te alejas y sonríes. Nuestras respiraciones agitadas es todo lo que se oye. Acercas tus labios a mi cuello y me lo recorres a besos. Desde el hueco de mi clavícula hasta mi oreja. Y te detienes allí. Tiemblo cuando escucho tu voz.
- Todo el mundo esconde algo, Celia- susurras en mi oído con voz áspera.



viernes, 13 de septiembre de 2013

Segunda carta.

Querido (des)conocido:

Bueno, aquí estoy de nuevo. Quería decirte otra vez que te echo de menos. He estado viendo tus últimas fotos, te veo tan feliz con aquellos rostros desconocidos para mi. Y me pregunto si eres realmente feliz. Y te admiro, porque supiste salir y vivir. Hiciste todo lo contrario a mi.
Recuerdo esas tardes, cuándo esas personas a las que ahora llamas 'amigos' no existían. Cuándo sólo eramos tu y yo, y nos pasábamos las tardes enteras riéndonos bajo el mismo árbol sentados en la tierra. Recuerdo cómo me hacías sonreír por el mínimo detalle, y me pregunto si alguien te hace sonreír a ti así ahora. Te vuelvo a decir que contigo fui feliz. No sé, repetirte eso es cómo pedir perdón por no habértelo dicho en aquellos momentos. Y me gustaría saber si tú también eras feliz a mi lado.
A veces me quedo mirando a la nada, preguntándome cuando empezó todo. Cuándo terminó. Realmente no lo sé ¿recuerdas tú cómo empezó todo? Eramos desconocidos, y a los dos días eramos inseparables. Y de repente, después de dos años, nos fuimos distanciando, ambos. Pasamos de hablar cada segundo a no hablar en meses. Y es que me resulta irónico que no te haya visto en todo el verano viviendo en el mismo pueblo. No sé quién falló a quién de los dos. Aunque probablemente fui yo, y sí es así, te pido perdón.
Pero aún así me alivia saber que estás bien. Que seguiste adelante. Me alegra saber que eres feliz ahora. Que hiciste una nueva vida mientras yo me quedaba atascada en la antigua.
Sé que nunca llegaras a leer esto. Y que aún si lo hicieras todo este montón de palabras no cambiarían nada. Pero es que hay días en los que me duele tanto. En los que te extraño tanto.
Y, sólo quería decirte que te echo de menos. Que me encantaría abrazarte de nuevo.
Con mucho cariño,
Tu mejor amiga.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Y la herida sangró un poco más.

Era de esperar que sucediera algo así. Ni si quiera sé cómo me pude hacer tantas ilusiones. Y eso que... sé de ante mano que mis ilusiones siempre acaban hechas pedazos. Pero aún así me dolió tanto. Ni si quiera podía mirarle. Ni si quiera sabía a donde dirigir la mirada, a donde mirar. Y él esperaba una respuesta. Una respuesta a una pregunta que... había dolido tanto. Me estaba desmoronando a pedazos ¿es que nadie se daba cuenta?
Me mordí el labio y eso me hizo más daño. Nunca podrían hacer nada para arreglar este desastre. Viniera aquí las veces que viniera, nunca lo conseguirían. No sé porque mi madre se empeñaba tanto en algo que nunca funcionaría. Las lágrimas me escocían en los ojos. Pestañeé y me crucé de brazos.
Respiré hondo y les miré a los ojos. Primero a mi madre, aunque a penas le sostuve la mirada. Transmitía tanta tristeza. Después dirigí mis ojos a él. 'No llores. No llores. Joder. No llores.' Me repetí interiormente mientras mantenía la mirada en sus ojos marrones. El paso del tiempo le había cambiado tanto como a mi. Arrugas nuevas marcaban su rostro y las canas eran perfectamente visibles. Parecía increíble que hubieran pasado ya 11 años desde la primera vez que entré por esa puerta.
- No... no es nada - mentí.
Quería decir que era todo. Que estaba cansada. Que jamás conseguiría nada de lo que tanto he ansiado. Que lo daba por perdido durante meses y que cada vez que volvía a allí me llenaba de ilusiones , y eso me jodía, porque siempre salía más vacía y dolorida. Quería gritar. Sí. Quería gritar y decirles que no aguantaba más. Mis pensamientos empezaron a ser asfixiantes, una tras de otro, cada vez dolían más. Se asustarían si fueran capaces de escucharlos. Quería echar a correr y perderme.
Él empezó a decir lo delicado que era todo tratándose de mi. Mi madre asentía con la cabeza. No quería ser participe de aquella conversación. Puse todo mi empeño en observar detrás de ellos a aquellos niños jugueteando y sonriendo. Sonriendo.
De repente, él levantó un brazo y lo apoyó en mi hombro. Me obligó a mirarle a los ojos. Supongo que los míos ya estarían rojos, o vidriosos.
- Sé lo difícil que es esto para ti. Es normal que te sientas así - dijo, cómo si realmente lo comprendiera.
Las lágrimas afloraron a la superficie de mis ojos. De repente, todo se emborronó. Me di la vuelta y empecé a andar antes de que nadie me viera llorar.
'No. No lo entiendes. Nadie sabe lo difícil que llega a ser esto. Nadie sabe lo acomplejada que me siento.'



Perdón por esta entrada tan sumamente depresiva y extraña. Es normal si no acabáis de comprendedla. Está escrita para mi.. Ya sabéis, la típica entrada que nadie termina de comprender realmente a excepción de ti misma.
Es algo muy personal que me sucede y bueno...
Ayer fue un día bastante malo, como habréis podido comprobar.

martes, 10 de septiembre de 2013

¿Era distinta?

Las ojeras y el cansancio se hicieron rutina en su día a día, 'preocúpate cuándo eso ocurra' le decían. A ella no le preocupó. Cuando necesitaba un abrazo se abrazaba a ella misma. O a veces se refugiaba bajo el abrazo de su propia sombra, pero por las noches todo estaba tan oscuro que se quedaba sola. El silencio era lo que le instaba a gritar. Quería romperlo. Pero jamás lo hacía. Porque, en el fondo, le gustaba. Se sentía triste, cansada. No sabía por qué. Y aquel pozo sin fondo se convirtió en su refugio. A pesar de que prometió salir de él... ella siguió yendo a escondidas. La oscuridad le atraía. Allí podía gritar sin miedo a romper el silencio, podía llorar sin miedo a ser descubierta. Allí podía ser ella misma. Y en aquel lugar siempre hacía frío. Un frío que te carcomía los huesos. Algo que necesitaba constantemente. Le gustaba el frío porque era la única forma de sentirse igual por fuera que por dentro. Y se quedó anclada, atrapada. Ahora ya no sale de aquel túnel oscuro. De aquel pozo. Nada le empuja hacia la luz. Allí fuera el mundo es cruel, nadie le entiende. No la comprenden. No es su culpa que sea distinta al resto. Ella no quiere ser feliz. ¿Por qué todo el mundo le dice que tiene que ser feliz? A ella le gustaba su tristeza. ¿Tan malo era? Ella quería quedarse en aquella oscuridad para siempre. ¿Estaba loca? No la entendían. A ella la felicidad le dolía.





Siento esta entrada tan rara. Lo sé. Ni yo la entiendo.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Quiero contarlo todo.

¿Y qué decir cuándo quieres decirlo todo y no eres capaz de decir nada? Porque... a veces me encuentro imaginándome como sería explotar delante de alguien. Decir que necesito que me pregunten si estoy bien y ser capaz de contestar que no. Que no estoy bien, que llevo mucho tiempo sin saber que significa estar bien. Pero llevo tanto tiempo encerrando todo lo que siento que... ya no sé como abrirme. Como contar que no soporto estos gritos, que todo esto es agobiante, asfixiante. Que me estoy ahogando constantemente. Que me perdí a mi misma hace meses y aun intento recuperarme. Que hice cosas de las que de verdad me arrepiento. Y que ya no puedo hacer nada para borrar esos recuerdos. Como contarle a alguien lo asustada, aislada, y sola que me siento. Que llevo semanas preguntándome si mi vida será a sí siempre. Con meses en los que quisiera salir huyendo, salir de este pueblo. Con meses de soledad, encerrada en mi casa y rodeada de libros. Con meses tristes y meses vacíos. Quisiera contarle a alguien todo lo que me ha sucedido. Todo lo que he estado callando. Pero no sé como hacerlo. Y estás lágrimas están llenas de momentos incómodos, en los que me he querido echar a llorar y he extrañado como se siente el recibir un abrazo, pero he pestañeado y lo he ignorado. He ignorado todo. El dolor, el vacío, la necesidad de que algo ocurra, de que alguien se de cuenta de todo, o de que esto cambie. Y es que ya no sé ni porque estoy llorando mientras escribo esto. La gente se ha marchado sin despedirse y a mi no me ha dado tiempo ni a observarlos por última vez, y los que se han quedado... no son los de antes. No son iguales. Es que nada es igual ya. Joder. Y todo esto me duele, o yo que sé. Ya no sé ni lo que siento ni lo que quiero sentir. Ya no sé quién soy, de donde vine o adonde quiero ir. Y quisiera que alguien me escuchara, que al menos alguien me escuchara. Quisiera contarlo todo, pero no sé cómo.