martes, 29 de octubre de 2013

Tan malditamente enamorada de ti.


Me gustaba deslizar los dedos por los lunares de tu espalda. Trazar mapas imaginarios. Y ver como tu cara se relajaba. Como sonreías en sueños mientras tus hombros se elevaban y bajaban lentamente, al compás de tu respiración. Me gustaba acostarme a tu lado, siempre en el lado derecho. Y observar tus ojos buscando quién sabe qué bajo tus parpados. Quizás era yo. Quizás me buscabas a mi. Siempre quise creer eso. Me gustaba sonreír al ver como fruncías el ceño, y me moría de curiosidad por saber que era lo que pasaba en tus sueños. O como aliviabas la expresión y sonreías, con la boca torcida, siempre me preguntaba si sonreías por mi. Oír los latidos de tu corazón, en el silencio absoluto, era lo que me mantenía viva cuándo creía que mi corazón ya no latía. Pero si que lo hacía. Lo hacía porque podía sentirlo, podía sentir cómo buscaba una manera de salir de mi pecho cuando abrías un ojo y después el otro y te reías, o te tapabas con la almohada, al encontrarme observándote en silencio. Y después te inclinabas hacia a mi despacio, con nuestras respiraciones agitadas, y nuestros corazones desbocados, te acercabas lentamente, haciendo que mi ansia aumentara por cada centímetro que me separaba de ti, y cuándo a penas nuestros labios se rozaban podía sentir como las comisuras de tus labios se elevaban y sonreías antes de besarme como si ese fuera el último beso del mundo. Era en aquellos momentos cuándo podía sentir mi corazón en todas partes, y los escalofríos desde la espalda hasta la punta de los dedos. Podía sentir cada centímetro de mi piel vibrando por ti. Era en aquellos momentos cuándo sentía miedo, miedo por quererte tanto. Por estar tan malditamente enamorada de ti.
Pero me gustaba, sobre todo eso, trazar mapas con los lunares de tu espalda y poder ver como sonreías en sueños.


viernes, 25 de octubre de 2013

Sus pecas.

A él le gustaba trazar constelaciones con sus pecas. Ver cómo sus ojos se movían sobre sus párpados mientras dormía. Le gustaba observarla cuándo parecía distante, o cuándo se reía dejando echar la cabeza para atrás y su pelo negro le caía por la espalda. Ondulándose y rizándose como él sólo sabía al final de su espalda, como la cascada rompiendo en el agua. Y le gustaba quedarse dormido junto a ella, él siempre a la izquierda y ella siempre a la derecha. Le gustaba rodearla con los brazos y mirar el techo, y sonreír como un jodido infeliz que al final ha encontrado aquello que le ha dado la razón para vivir. Le gustaba despertarse con su pierna por encima, enrollada en su cintura, su brazo sobre el pecho, su cara apoyada en el hombro y su pelo negro cosquilleándole la piel del brazo. Le gustaba cuándo se enfadaba y se negaba a hablar, o lo mucho que odiaba que él imitara la voz chillona que le salía cuándo mentía. Le gustaba mirarse a sus ojos y verse reflejado en ellos. Le gustaba rodearle el cuello con las manos y apoyar los pulgares en sus mejillas rosadas, llenas de constelaciones. Le gustaba verla con el pelo recogido y desordenado, como si intentara darle sentido, como si intentara que su pelo la entendiera. Pero su pelo era libre, tan libre como ella. Se enamoraba cada vez más de ella cuándo aparecía por detrás y le abrazaba por la espalda. O cuando apoyaba las manos en su pecho y la barbilla en el hueco de su cuello. Le gustaba sentirla cerca. Como un aroma del que nunca te consigues desprender. Le gustaba rodearla cuándo por las noches temblaba, llena de sus miedos. Le gustaba secarle las lágrimas que se deslizaban intrépidas queriendo unir esos trazos imaginarios entre sus pecas. Le gustaba poder sentir todo aquello por una persona. Le gustaba que ella le enseñara a sobrevivir cada día, porque ¿cómo no hacerlo con su risa de fondo como melodía? Le gustaba porque sentía que él la protegía (de todo ese miedo que ella escondía en su mirada y que según ella sólo él era capaz de ver) pero, la verdad, es que fue ella quién le protegió a él en todo momento.
La que le dio sentido a su absurda existencia.
¿Y sabéis? Ella decía que odiaba sus pecas y él solo pensaba...
...¡pero cómo odiarlas si con tan solo mirarlas te llevan a otra galaxia!







miércoles, 23 de octubre de 2013

Me ahogo.

¿Alguna vez has sentido lo qué es caer al abismo? Lo que es resbalar y por haber cometido un simple desliz, o, lo que no sé si es peor aún, ver como la gente que te aguantaba, que te ayudaba, te empuja sin ni si quiera pestañear. ¿Alguna vez has sentido todo ese vacío? Hay veces en las que yo lo veo en los ojos de la gente. Cuando andas por la calle y las miradas se cruzan entre desconocidos. Cuándo te asomas en esos ojos cansados y tristes y te ves reflejado en ellos, y te ves caer. ¿Sabes lo que es verte rodeada de toda esa oscuridad? Sin saber si hay ojos mirándote en cada rincón, acechándote, preparándose. Sin saber por donde van a atacarte primero, y eso es una ventaja para ellos que se convierte en tu peor debilidad. Te sientes totalmente desprotegida (porque esos brazos extendidos no van a servir de nada si te atacan por la espalda.) Sentirse así es tan miserable. Siempre deseando dejar de caer, poder chocar contra algo, sentir algo, ver algo que no sea toda esa oscuridad. Ese negro que hace desparecer todo. Tu racionalidad, tus sentimientos, tu esperanza. Ese negro que incrementa ese horror a lo desconocido, esa locura de que hay alguien escondido y de que en cualquier momento se abalanzará contra ti sin que puedas hacer nada.
Llevo tanto tiempo cayendo que ya no sé quién soy. A veces siento que soy dos personas distintas, a veces me pregunto como puedo reír tanto durante el día y llorar tanto cada noche. Tanto que me ahogo en mis propias lágrimas. Y a través de esa fina capa de agua que emborrona todo puedo verlos a ellos en la superficie, con sus caras serias, e incluso, algunos, sonriendo como si hubiesen logrado la victoria tan ansiada, relamiéndose con ese brillo en los ojos, viendo como me ahogo mientras ellos se quedan de brazos cruzados.


viernes, 18 de octubre de 2013

Él la hizo débil.


Esa chica estaba malditamente rota. Tan rota que dolía solo con observarla en silencio. Le gustaba hablar lento, o simplemente quedarse callada. Y cuándo le preguntaban que por qué no hablaba solo te miraba. Le gustaba respirar hondo y mirar hacia abajo mientras el viento chocaba en su cara y calmaba su rabia, observaba el mundo desde eso puentes tan bonitos en los que cualquier suicida se enamoraría. Se maquillaba mucho, y no le importaba que al llorar se le estropeara todo. Se vestía con medias rotas, con hilos que colgaban como la sangre que goteaba de sus heridas. Heridas de tanto intentar recomponer las piezas cada vez que alguien la rompía. O cada vez que ella misma se rompía. Porque había voces en su cabeza, que le gritaban desde todas direcciones, desde los rincones más profundos y oscuros. Cómo pequeños demonios que daban pasos hacia ella poco a poco. Y por mucho que gritara nunca desaparecían del todo.
Era una chica distinta. Todo el mundo la miraba, con envidia en los ojos. Deseaban ser ella cuándo ella deseaba ser cualquier otra persona. Sonreía sin expresar sus sentimientos, con los ojos fríos y el corazón helado.
Pero lo helado también quema.
Y a ese chico le quemó. Lo volvió loco, aunque se supone que es eso lo que hace el amor. Él le dio vida. Le sacaba sonrisas todo los días. Y a ella le gustaba eso. Le gustaba abrir los ojos y desperezarse lentamente, disfrutando de aquel momento, le gustaba respirar hondo y oler su aroma. Le gustaba mirar hacia el lado izquierdo de la cama y observarle dormir cada madrugada. Cuándo el sol aún no había salido, y la luna los miraba con anhelo. Le gustaba besarle, y la forma en la que él le devolvía el beso. Con tanta pasión que escocía por dentro. Le gustaba esas ansias de devorarlo entero cada vez que el sonreía a centímetros de su boca. Se volvieron malditamente locos el uno por el otro. Adolescentes perdidamente enamorados. Dando tumbos por la calle y queriéndose salvajemente cada noche. Pero lo que él no sabía es que cada vez que ella le besaba sentía miedo. Porque todo lo que ella tocaba se rompía. Y no quería romperlo, no a él. Pero el amor fue demasiado para ella. La hizo débil, perdió el control. Y sus demonios surgieron otra vez. Se volvió a romper, o ellos la volvieron a romper. Y volvió a las mismas andadas. A mirar al vacío, a querer saltar en esos puentes destinados a suicidas.
Y el chico acabó roto, porque esta vez no puedo volver a salvarla.
Acabó tan malditamente roto como las medias de aquella chica, las medias rotas que tantas noches él había acabado de destrozar.


(Esta entrada está inspirada en Effy y Freddie, de Skins.)

martes, 15 de octubre de 2013

¿A dónde fueron todos ellos?

Estoy corriendo en círculos, mientras tiemblo de frío en la oscuridad. Buscando a alguien que me proteja de aquellos ojos que me observan entre las sombras. Y sé que quién está actuando mal soy yo, que no dejé que nadie estuviera a mi alrededor. Pero ellos sabían que en realidad lo necesitaba, porque hay veces en las que lo he necesitado por encima de todo (aunque dijera lo contrario) y nadie estaba. Nadie estuvo cuándo me derrumbaba en el baño, cuándo deseaba detener el tiempo o cuándo miraba el móvil cada tres segundos esperando a que alguien se diera cuenta de algo. Pero nadie lo hizo nunca, o quizás simplemente decidieron quedarse de brazos cruzados. Sé que nunca he estado para nadie cuándo alguien me ha necesitado, y que por eso no tengo el derecho de juzgar a nadie por lo que hayan o no hecho. Pero aquellos que me juraron que estarían ahí en todo momento ¿dónde están? Aquellos que sabían mis movimientos antes de que los realizara, los que sabían que era complicada, que a pesar de que dijera que estaba bien no lo estaba ¿a dónde se fueron? Porque de verdad que los he buscado entre estos bosques tan espesos, entre árboles y árboles que me arañaban los brazos a cada paso. Y no he encontrado a nadie. Y sé que quizás se cansaron de esperarme. Pero es que yo no puedo darle a nadie más de lo que ellos me dan, es algo en mi que no puedo controlar. Y si tanto me conocían se supone que lo sabían. Y si ellos me necesitaron ¿por qué no me llamaron? siempre dije que estaría ahí en cualquier momento. Pero no los encuentro.
Estoy empezando a pensar que se han marchado de verdad. Que me han abandonado en la oscuridad.




Premio: Liebster blog.


Pues ¡muchas gracias a Carla de Silencios que hablan por este premio! Estoy muy contenta de que me hayas nominado y de que no olvides el blog y aparezcas de vez en cuándo por aquí, que hay gente a la que le encanta leerte (aquí una de ellas).

Las normas dicen que se tiene que agradecer y nombrar al blog que te da el premio, responder las preguntas que te dejan y seguir al blog que te ha nominado.

Preguntas:
1. ¿Qué te impulsó a abrir un blog?
Otros blogs que conocía y leía.
2. ¿Actualmente escribes sobre lo que tenías pensado en un principio?
Si te refieres a lo que tenía pensado cuándo empecé el blog... mmm... sí. 
Si te refieres a cuándo me pongo a escribir una entrada, pues, normalmente no, empiezo con una idea en la cabeza y a medida que voy escribiendo quizás cambie totalmente el tema o los sentimientos.
3. ¿Qué te inspira para escribir?
Normalmente suelo escribir con música de fondo, una música suave que me ayude a pensar, no sé, me inspira a la hora de escribir y bueno, los sentimientos que estoy sintiendo en ese preciso momento.
4. ¿Qué habilidades te gustaría tener?
Pff.. no sé, ¿ser mejor en el deporte? la verdad es que no sé jajajaj.
5. Di 3 cosas que no te gustan de las personas.
El egocentrismo, que se crea superior cuándo no lo es, y que juzgue a las personas sin conocerlas realmente.
6. ¿Si pudieras cumplir un sueño irracional, cuál sería?
Hacer puenting.
7. ¿Tienes un 'horario' para tu blog, o escribes según surge?
Escribo según surge. Hay veces en las que escribo todos los días y otras en las que puedo tirarme dos semanas sin escribir nada por más que lo intente.
8. ¿Qué es lo último que te ha hecho reír? ¿Y llorar?
Estar con una amiga. El sentimiento de extrañar a un persona muy importante para mi que llevo años sin volver a ver, y todo, no sé, cuándo lloro... lloro por todo en general, son esos momentos en los que no puedes aguantar más y estallas sin razón aparente.
9. Cuándo no estás en el ordenador, ¿qué te gusta hacer?
Leer, ver series, tocar el piano...
10. ¿Qué te aporta tener el blog?
Un escape, un modo de desahogo, de evadirme de la realidad, de ser yo misma sin miedo a ser juzgada.
11. ¿Tienes el blog por entretenimiento o con algún fin especial?
Cómo ya he dicho antes, por poder desahogarme de algún modo.

Mis 11 preguntas son:
1. ¿Qué te hizo abrir éste blog?
2. ¿Qué te suele inspirar a la hora de escribir?
3. ¿Algún libro que te haya marcado? ¿Cuál?
4. ¿Qué tipo de libros lees con más frecuencia?
5. ¿Alguna vez has pensado en dejar el blog?
6. ¿Qué es para ti tu blog?
7. ¿Qué haces en tu tiempo libre?
8. ¿Qué cualidades son las que menos te gustan de las personas?
9. Si pudieras cambiar algo de tu vida ¿qué sería?
10. ¿Cómo te describirías?
11. ¿Le das mucha importancia a los comentarios de la gente que te lee?

Y mis nominados son:

Y bueno, ahora mismo no se me ocurre ninguno más, quién quiera hacerlo que lo haga, y si no pues da igual... cuántos premios no habré hecho yo simplemente por pereza.
Un besazo enorme. 
Nos leemos.

domingo, 13 de octubre de 2013

Nada.

Me siento extraña por dentro. Mis pensamientos son arrastrados por el viento, tomando caminos que mi mente no advierte. Me siento cansada todo el tiempo, como si hubiera estado corriendo durante meses. Luchando una guerra que no era mía. Cómo si me hubiera precipitado al vacío y nunca hubiera llegado a caer del todo. Como si me hubiera quedado suspendida en la oscuridad de aquel vacío. Quizás por eso me sienta vacía. Quizás por eso no sienta... nada. Ni dolor, ni pesar, ni agonía. Ni si quiera soy capaz de sangrar. Estoy aquí, abriéndome heridas con la esperanza de sentir algo, pero todo es en vano. Es como si hubiera agotado todos los motivos por los que seguir luchando. Cada día que despierto... no hay nadie, ni nada. Simplemente yo, corriendo en un bosque espeso sin saber a donde voy ni de qué huyo. Corriendo a pesar de las heridas que me provocan los roces de aquellas garras que dificultan mis pasos. Y quiero salir de aquí. Quiero irme lejos y no volver. Y me da igual si suena egoísta, pero quiero que todos aquellos lloren por mi ausencia igual que yo lloro todas las noches por las de ellos. Y necesito encontrar ese sitio que llevo buscando tanto tiempo entre los árboles de esa continua y maldita pesadilla. Necesito sentir algo. Sentirme querida de alguna manera. Sólo quiero sentir que mi existencia significa algo tan sumamente importante para alguien que sería capaz de dejarlo todo por mi para que me quede. Sólo quiero sentir algo que me obligue a quedarme. Pero, siento que nunca he significado nada, que nunca he sido nada y eso sólo me incita a seguir huyendo.






sábado, 5 de octubre de 2013

Me gustaría echar a correr. Huir. Escapar. Desaparecer. Pasar a cámara rápida todos los momentos de llantos, de soledad, esas tardes encerrada en mi habitación fingiendo que eso es lo que quiero. Pasar esos momentos tan rápido que ni si quiera me de tiempo a visualizarlos. Me gustaría parar la cinta de mi vida en algún momento en el que por fin consiguiera ser feliz y no sentirme sola. Como saltarte toda la parte triste de un libro y empezar a leer en las páginas donde realmente la protagonista empieza a vivir. Me gustaría saber si en algún momento alguien estará a mi lado, si yo viviré de verdad algún día. Si alguien me dará la mano en vez de arrojarme al vacío, o, simplemente, quedarse con los brazos cruzados mientras ven como resbalo. Porque eso es lo que hacen todos. Porque estoy harta de caer y caer. Y caer. Y no encontrar nunca ha nadie que me ayude a levantarme. Y, lo peor, es mirar a tu alrededor mientras caes y verlo todo oscuro. Sin nadie a tu lado. Simplemente tú, suspendida en medio de la oscuridad. Dejando que tus demonios te arrastren a su antojo. Porque estoy harta de sentirme tan sola. De ver cómo la gente habla a mi alrededor y de mantenerme callada. De alejarme de la gente. De necesitar que me salven pero no querer ser salvada. De impedir a todos ver en mi interior. De creer conocerme y darme cuenta de que ya no sé nada de mi, que ya no sé en quién me he convertido.