viernes, 18 de octubre de 2013

Él la hizo débil.


Esa chica estaba malditamente rota. Tan rota que dolía solo con observarla en silencio. Le gustaba hablar lento, o simplemente quedarse callada. Y cuándo le preguntaban que por qué no hablaba solo te miraba. Le gustaba respirar hondo y mirar hacia abajo mientras el viento chocaba en su cara y calmaba su rabia, observaba el mundo desde eso puentes tan bonitos en los que cualquier suicida se enamoraría. Se maquillaba mucho, y no le importaba que al llorar se le estropeara todo. Se vestía con medias rotas, con hilos que colgaban como la sangre que goteaba de sus heridas. Heridas de tanto intentar recomponer las piezas cada vez que alguien la rompía. O cada vez que ella misma se rompía. Porque había voces en su cabeza, que le gritaban desde todas direcciones, desde los rincones más profundos y oscuros. Cómo pequeños demonios que daban pasos hacia ella poco a poco. Y por mucho que gritara nunca desaparecían del todo.
Era una chica distinta. Todo el mundo la miraba, con envidia en los ojos. Deseaban ser ella cuándo ella deseaba ser cualquier otra persona. Sonreía sin expresar sus sentimientos, con los ojos fríos y el corazón helado.
Pero lo helado también quema.
Y a ese chico le quemó. Lo volvió loco, aunque se supone que es eso lo que hace el amor. Él le dio vida. Le sacaba sonrisas todo los días. Y a ella le gustaba eso. Le gustaba abrir los ojos y desperezarse lentamente, disfrutando de aquel momento, le gustaba respirar hondo y oler su aroma. Le gustaba mirar hacia el lado izquierdo de la cama y observarle dormir cada madrugada. Cuándo el sol aún no había salido, y la luna los miraba con anhelo. Le gustaba besarle, y la forma en la que él le devolvía el beso. Con tanta pasión que escocía por dentro. Le gustaba esas ansias de devorarlo entero cada vez que el sonreía a centímetros de su boca. Se volvieron malditamente locos el uno por el otro. Adolescentes perdidamente enamorados. Dando tumbos por la calle y queriéndose salvajemente cada noche. Pero lo que él no sabía es que cada vez que ella le besaba sentía miedo. Porque todo lo que ella tocaba se rompía. Y no quería romperlo, no a él. Pero el amor fue demasiado para ella. La hizo débil, perdió el control. Y sus demonios surgieron otra vez. Se volvió a romper, o ellos la volvieron a romper. Y volvió a las mismas andadas. A mirar al vacío, a querer saltar en esos puentes destinados a suicidas.
Y el chico acabó roto, porque esta vez no puedo volver a salvarla.
Acabó tan malditamente roto como las medias de aquella chica, las medias rotas que tantas noches él había acabado de destrozar.


(Esta entrada está inspirada en Effy y Freddie, de Skins.)

2 comentarios:

  1. Se me pusieron los pelos de punta, has descrito parte de un proceso muy complicado y muy feliz de mi vida.
    Un beso muy grande!

    ResponderEliminar
  2. Amo skins, amo a Effy y asdfghjkl, tu blog es tan genial...

    Espero la siguiente <3

    ResponderEliminar