jueves, 28 de noviembre de 2013

Dicembre está a punto de llegar.

Calles oscuras y el frío atravesándome y partiéndome en dos, colándose por mis costillas. El vacío me reconcome por dentro. Ya nada duele, y que nada duela, duele. Siento que mi corazón se ha congelado, que yo me he congelado. Que nunca más podré sentir algo, que no sé si querré sentir algo. Siento un hueco en el pecho, allí donde debía sentir los latidos de un corazón. Pero ya no hay nada. Siento que me desvanezco. Que no soy nada. Que soy como el vaho que asciende en la noche oscura, disipándose y convirtiéndose en aire. Tengo una parte del invierno en de mi. Y te necesito. Aún puedo recordar tus manos cálidas rodeando mis manos frías. Tu aliento rozando mi mejilla. El lado izquierdo de la cama ocupado, tus chocolates calientes en pleno invierno, y cómo te entraban escalofríos cuándo rodeaba tu cuello con mis manos frías. Cuando dibujaba constelaciones y corazones en tu espalda. Recuerdo el frío en las mejillas, cómo miles de cuchillas, recuerdo que lo olvidaba cuando me concentraba en tu mano cálida aferrada a la mía. Como si yo fuese tuya y tu fueras mío. Recuerdo tus profundos y misteriosos ojos negros. Recuerdo el aroma que desprendían tus abrigos. El contraste que hacían con la nieve tus guantes negros. Recuerdo lo mucho que adoraba esa sonrisa torcida en tus labios. Aquella que me decía que todo iba a estar bien. Recuerdo tus manos deslizándose arriba y abajo por mi antebrazo. Tu voz en mi oído, tranquilizándome. Y como tus brazos disipaban todo el terror y el dolor cuándo me rodeaban. Lo recuerdo todo y ya no soy capaz de sentir nada. Tú me dabas vida, y nunca me sentiré tan viva como en aquel invierno. Lo peor de todo, incluso de este vacío en el pecho, es que Diciembre está a punto de llegar. Y tú ya no estás.


viernes, 22 de noviembre de 2013

No me gusta que la gente me abrace, porque siento que soy como un gran saco de cristales rotos y que al abrazarme todos esos cristales se rompen más y además hieren al otro. No me gusta que la gente pregunte por mi, que se preocupe por mi. No estoy acostumbrada a eso. No me gusta hablar, mantener una conversación con una persona. Me gusta mantenerme callada y observar las cosas. Imaginarme las vidas de las otras personas. A veces, cuándo me preguntas que qué me pasa quizás solo estoy mirando a un vacío inexistente, sumergida en mis pensamientos más profundos, aquellos imposibles de descifrar. O quizás estoy rompiéndome, pero, de todas formas, no te lo diría. Tampoco me gusta que la gente dependa de mi. Que me necesiten para tomar decisiones. Sencillamente, no me gusta que me necesiten. Porque si en algún momento yo no pudiera estar ahí, que es lo más posible, no tendrían a nadie. Y odiaría que les ocurriese eso. Que se llegasen a sentir tan solos como yo me siento. Cuándo era pequeña me encerraba al aseo a llorar, y de la misma manera me encerré en mi misma. Eché la llave a la única puerta que había y tiré la llave al vacío. Así que nadie ha entrado nunca a mi mundo, a este sitio, a mi vida, nadie se ha cercado a mi tanto como ha creído. Por mucho que crean que lo han hecho, nunca lo harán. A no ser que derrumben la puerta, y estoy segura de que al final me opondría. Porque tengo miedo de ser herida. Si aquí dentro puedo escuchar los gritos de las otras personas y sufrir por ellos, imagínate si dejara la puerta abierta y los viera mientras gritan. Así que nadie me ha visto en realidad, nadie sabe como es mi aspecto sin ninguna máscara. Nadie sabe cómo soy realmente. Y no sé si eso es bueno o malo.


Que ya no siento nada.

Es como un constante sabor de boca, de estos amargos. Es como si intentase gritar, cada vez más fuerte y nadie fuera capaz de escucharme. Es como si fuera una colilla consumiéndome en los labios de un desconocido. Siento que me estoy desvaneciendo. Que cada día que pasa soy menos yo. Porque ya no sonrío, ni lloro. No hay más sonrisas verdaderas, ni lágrimas que cubran mis ojos. Simplemente, no siento nada. Y, en ocasiones, existen momentos de profundo dolor. De ese dolor que cala en el pecho, ese con el que no puedes respirar, y quisieras que tu corazón parase de latir para dejar de sentir. Pero son instantes fugaces, después dejo de sentirlo, después vuelvo a no sentir nada. Y sinceramente, no sé que es peor. Sólo sé que me estoy convirtiendo en piedra. Que me estoy congelando poco a poco, lentamente. Que el frío me está llevando consigo como lo hizo el año pasado, y el anterior, y el anterior. Siento que soy demasiado débil para tanto frío. Y no hay nada que me mantenga viva. Siento que ya no existo para nadie. Ni quiero existir para nadie. Que ya no me importa nada. Que ya no siento nada.


martes, 19 de noviembre de 2013

No estoy bien.

Recuerdo que me decíais que estaba distinta. Y me abrazabais pensando que eso lo arreglaría todo, pero lo único que hacíais era romperme un poco más. Y yo me alejaba o, simplemente, me quedaba quieta, sin devolver el abrazo, tenía miedo de cortar a la gente con mis pedazos rotos. Y me sonreíais y yo apartaba la mirada. Y me hablabais y yo me quedaba mirando al vacío, os oía, pero era incapaz de escucharos. Supongo que nunca supisteis cómo me sentía. Lo sola que me sentía. Cual era la agonía que me consumía. Nunca os conté que no podía más. Que me había quedado atascada en el momento más amargo, en el más doloroso y que se repetía constantemente en mi mente. Me caí. Me caí al suelo y no me pude levantar, y vosotros seguisteis adelante, porque cada vez que mirabais atrás os decía que estaba bien. Hasta que dejasteis de mirar. Y ahora me duele, me duele el pecho, como si algo me estuviera perforando por dentro. Como un agujero negro que se lo lleva todo. Y quiero gritar, pero el grito se queda en la garganta. Y quiero llorar, pero mis ojos están más que secos. Tuve que pediros ayuda. Pero no podía. Cada vez que iba a gritar para que alguien me rescatara me mordía la lengua. Quería levantarme por mi misma. Pero hay caídas en las que necesitas una mano para volver a alzarte,al menos ahora lo sé. Y allí me quedé, anclada en el suelo. Quise parar el tiempo, recuperar el aliento. Pero fui yo la que me quedé atrás, pues el tiempo, la vida, siguió adelante. Siempre sigue adelante. Y me quedé atascada en aquel instante. Y mírame, aquí, aislada, sola, sin nadie. Todo y todos están demasiado lejos, y yo estoy demasiada agotada para intentar nada. Sólo siento dolor, y ya no me queda esperanzas.


domingo, 17 de noviembre de 2013

Ya no le queda nada.

Niña inocente que vaga ausente rodeada de gente. De otros niños que la miran con burla en los ojos. Ella se sienta en el mismo banco cada día. Sola. Y mira como juegan los otros niños, y desea poder jugar con ellos. Y se levanta, y camina hasta que toca el timbre y vuelve a clase. Esa niña que llega a su casa y se encierra en el baño, se mira al espejo mientras ve como todas sus máscaras desaparecen, y la niña llora, llora desconsoladamente delante del espejo, delante de su miedo. Y se pregunta por qué es diferente, por qué nadie la quiere. Y suspira, se seca las lágrimas y se pone las máscaras. Sonríe al espejo, y busca la mejor máscara, esa que haga parecer que su felicidad llegue a los ojos aunque ni si quiera exista. Y esa niña vive, cada día, esperando que algún día cambie y sea querida como los otros niños. Y jamás nadie se da cuenta de nada. Y esa niña crece. Pasan los años, cada vez que se mira al espejo ve más ojeras, más tristeza y máscaras más imperfectas. Y ya no puede hacer nada para que su felicidad fingida llegue a los ojos. Parece triste. Está triste. Se mira al espejo, y en los ojos de su propio reflejo ve ese banco vacío, esas miradas acusadoras, esos niños jugando a lo lejos, todos lejos de ella, se ve a ella misma llorando delante del mismo espejo de siempre. 'Pobre niña inocente, tan ingenua' se dice. Ella creía que cuándo creciera todo sería diferente. Pero todo sigue exactamente igual que antes. Ella sigue siendo diferente. Nunca encajará en ningún lugar. Será el patito feo, pero jamás podrá convertirse en cisne. Y lo peor, lo peor es que ahora todo le da miedo. Es que el mundo le da miedo, y la rompe. La rompe tan fácilmente... Lo peor es que se ha encerrado en ella misma, ha cerrado todas las puertas y ventanas, y está rodeada de una oscuridad infinita. Lo peor es que es más frágil que nunca. Y ya no llora, se ha quedado sin lágrimas. Pero eso no hace todo esto más soportable, al contrario. Cada día es más difícil. Porque lo ha perdido todo, perdió la esperanza, la de ser querida algún día, y dicen que la esperanza es lo último que se pierde.
Entonces, a ella ya no le queda nada.


sábado, 16 de noviembre de 2013

Tus tazas de chocolate.


No sé si será por el frío, pero últimamente no hago más que pensarte. No hago más que imaginarte en el lado izquierdo de la cama mirándome. Observándome, con esa sonrisa torcida en los labios. No hago más que recordar tú espalda desnuda y cómo se erizaba tu piel cuando mis dedos la rozaban. No hago más que memorizar tus labios, de comisura a comisura. Recordando cómo sabían. Y ahora, cuándo siento frío, me obligo a pensar en tus brazos rodeándome en la oscuridad, en los dos bajo las mantas. No sé si todo esto será bueno para mi. Sí cerrar los ojos y sentir tus dedos deslizándose por mi antebrazo, de arriba a abajo, será bueno para mi cordura. No lo sé, pero tampoco es que me importe. Al menos así me olvido del frío. Es irónico. Seguro que recuerdas lo mucho que me gustaba, lo mucho que amaba esas tardes acurrucada en la cama... contigo, el frío, la lluvia y la tormenta sonando fuera. Sí, antes amaba todo eso, porque estabas tú. Porque te amaba a ti. Y amarte a ti conllevaba amar esos momentos, esas tardes acurrucada en tus brazos, cuándo me apoyaba en tu pecho y descansaba mi cabeza en tu hombro, y veíamos la película sin verla, porque cada cinco minutos giraba la cabeza y te besaba. Y tú me devolvías el beso con toda la intensidad del mundo, y nos olvidábamos de la película. Del frío, de la lluvia, de la tormenta. Sólo estábamos tu y yo. Y no sabes cuánto extraño enredar mis dedos en tu cabello, o atraerte a mi rodeando tu cuello con mis brazos. No sabes cuánto echo de menos esa sonrisa que aparecía en tus labios cuándo estaban a centímetros de rozar los míos. No sabes cuánto echo de menos tus tazas de chocolate en pleno Noviembre. Ya no tengo a nadie que me las prepare. Ya no tengo a nadie que me abrace y que ahuyente al frío que me consume.                                                            

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Se odiaba.

Ella rehuía del frío, ese frío que se colaba entre sus costillas y le oprimía el pecho. Pero a la vez le gustaba. Le gustaba, porque la congelaba y no sentía nada. No sentía todo ese dolor agobiante. Ese nudo en la garganta que no le permitía respirar. Esa sensación de querer llorar hasta vaciar un océano y que, sin embargo, no le saliera ninguna lágrima. Era frustrante. Todo eso era frustrante e ilógico. E irónico. Hace menos de un mes estaba molesta porque no era capaz de sentir nada. Su vida era monótona, llena de trivialidades. Una rutina constante, sin un cambio que diferenciara un día de otro. Y ahora se sentía colapsada. Eran demasiados sentimientos. Todos mezclándose en su pecho. Cómo si quisieran arrancarle el corazón, o hacer que ella se lo arrancase para dejar de sentir dolor. Sentía que todos sus monstruos habían salido de la oscuridad a la vez, todos aquellos que ella sabía que la acechaban desde las sombras. Y eran más de los que ella imaginaba, de los que ella había calculado. Eran demasiados, y demasiado fuertes, y ella era tan débil. Porque se sentía frágil constantemente. Apunto de romperse. Cómo el hielo deshaciéndose que se resquebraja poco a poco. Y ella estaba ahí, entre las grietas, intentando no moverse. Pero el hielo cada vez se rompía más y más, y ella sólo podía pensar en que cuando cayera se congelaría. Y en realidad, no sabía si temía esa caída. Si congelarse sería tan malo. Porque dejaría de sentir dolor. Aunque había oído que caer en aguas de esas temperaturas era como clavarse miles de cuchillos en la piel. Pero, la verdad, es que tampoco le importaba mucho. Se odiaba, y necesitaba hacer algo. Se odiaba tanto que a veces ella misma se asustaba. Era asfixiante temer a tu propia sombra, temerte a ti misma. Era asfixiante odiarse tanto. Como si cada paso que diera fuera en la dirección equivocada, como si cada decisión que tomaba la acercara más a esos seres que la esperaban en la oscuridad de sus propias entrañas.
Y se odiaba, se odiaba a sí misma y a aquellos seres que habitaban en ella. Deseaba acabar con ellos. Pero no era lo suficiente, nunca era lo suficiente. Sus demonios siempre aumentaban y se la llevaban, arrastrada a las tinieblas. Y ella sólo podía pensar 'No, acabo de salir de ahí, no quiero volver, no quiero regresar a la oscuridad, por favor' pero lo único que hacían sus demonios era sonreír con un brillo de malicia en los ojos.


"Ojalá utilizando la tercera persona el dolor dejase de ser mío. Ojalá fuese de ella, y ella no tuviera nada que ver conmigo."


domingo, 10 de noviembre de 2013

Lo siento.

Recuerdo tus chistes malos, y mis risas sonoras. Recuerdo cómo caminabas dando saltos, desprendiendo felicidad a cada paso. Supongo que ahora es cuándo puedo decir lo mucho que te extraño. Lo mucho que extraño esas tardes cargadas de entusiasmo. De ti riéndote sin motivos. Y, hablo en serio, no sabes lo mucho que extraño como sonaba mi risa a tu lado. Porque sonaba distinta, más alegre, más viva. Más viva de lo que jamás me he sentido desde que te has ido. Y sé que aún estás aquí, pero ya no estás aquí. No de la misma manera que antes. Ya no puedo abrazarte y sentirme segura. Ya no puedo llorar con el teléfono en una mano escuchando tu voz tranquilizándome al otro lado. Porque tu voz ya no está ahí, y yo estoy demasiada asustada cómo para coger el teléfono y llamarte. Porque siento que te odio, pero a la vez me odio a mi misma por hacerlo. Y las lágrimas ya no salen, porque tú ya no estás para ayudarme.  No como antes. Te extraño hasta cuándo estás junto a mi. Porque siento que ya no eres tú, y quiero, necesito, que vuelvas a serlo. Que vuelvas a estar ahí en las buenas y en las malas. Que me perdones, que sabes que soy idiota, y que necesitas perdonarme. Por no haber estado ahí cuándo lo necesitabas. Por no haber estado ahí para dejarte llorar sobre mi hombro. Y sé que dices que no tienes nada que perdonarme, pero lo tienes. Porque necesito que lo hagas. Necesito tenerte a mi lado. Necesito que vuelvas a ser quién antes eras. Porque no te extraño a ti, no a quién ahora eres, porque ya a penas te conozco, extraño a la persona que eras. Sé que necesito pedirte perdón, y que tu necesitas escucharlo. Pero.. es que ya no encuentro las palabras, ni el valor.





lunes, 4 de noviembre de 2013

Solo tú sabes cómo destruirme.

Deslicé los dedos por la hierba de mi alrededor, rozándolos con las ramas de los árboles más cercanos mientras caminaba. Caminaba agarrada a su mano fría. Siempre fría. Los árboles silbaban y sus copas eran mecidas por el viento. Y las nubes avecinaban tormenta. Tormentas de truenos y rayos. Como a él le gustaban. La verdad es que aún no sé que hacíamos en ese bosque tan espeso. Con tanta maleza de por medio. Se paró en seco en un lugar donde los árboles hacían hueco. Tan escondido que era incapaz de encontrarse, a no ser que supieras cómo. Y él sabía como encontrarlo. A pesar de todos esos árboles que a mi me parecían iguales, él había memorizado cada detalle.
- ¿Qué estamos haciendo aquí? - susurré, más para mi que para él.
- Querías ver quién era realmente. Querías ver detrás de todas mis máscaras.
- Sí. - Aún recuerdo como me acerqué a él por detrás y le susurré que estaba harta de quitarle miles de máscaras y nunca saber quién era él realmente, y como sus fríos labios, y a la vez cálidos, apretaron los míos y susurraron sobre ellos que le siguiera- Pero aún no entiendo que estamos haciendo aquí.
- Es el único lugar en el que puedo ser quien realmente yo. Sin miedo. Sin...
- ¿Sin ninguna máscara?
- Sin ninguna- me aseguró, asintiendo.
Miré a mi alrededor más detalladamente. No se distinguía en casi nada a todo lo demás, pero tenía algo especial. Si respiraba hondo podía sentir cómo la humedad y el aroma a lluvia, entremezclados, se apoderaban de mi. Podía sentir como el frío se colaba entre mis costillas, congelándome poco a poco por dentro. Y podía oír ese silbido espeluznante de los árboles contra el viento.
Él me apretó la mano. Y un escalofrío me recorrió la espalda. 
- ¿Por qué te gusta tanto este lugar?
- Porque nadie puede encontrarlo, cuándo lo intentan sólo ven un montón de árboles verdes, por lo tanto, nadie puede destruirlo.
- A ti nadie puede encontrarte - puntualicé y me quedé mirando la hoja de un árbol hasta que todo cobró sentido-. Ni destruirte - susurré.
Él se quedó callado, a la espera de que siguiera atando los cabos.
- Por eso nunca te muestras como realmente eres. Tienes miedo. Tienes miedo a que la gente pueda llegar a destruirte, ha hacerte daño.
Me abrazó por la espalda y apoyó su barbilla en mi hombro.
- Sí, ya lo has descubierto.
Me apretó más fuerte.
- Y ahora, solo tú sabes cómo destruirme. - susurró en mi oído.



sábado, 2 de noviembre de 2013

Hay una guerra dentro de mi.

Siento como si aquí dentro hubieran dos personas. Como si ambas partes se pasaran todo el día discutiendo, empujándose, aplastándose la una a la otra. Siento que me va a estallar la cabeza, o el corazón, ya no lo sé. Es como ese cuento del diablo en un hombro y el ángel en el otro, pero esto es mil veces peor. Porque ambas lucen como yo, con mi mismo aspecto. Ambas partes están dentro de mi, haciéndose hueco. Y sí, siempre están discutiendo, pero hay una cosa en la que siempre se ponen de acuerdo; a ambas les encanta apretarme la garganta hasta el punto de llegar a ahogarme. Y estoy frustrada, angustiada, asfixiada, cansada. Porque me estoy desvaneciendo, vencida por esas dos partes. Ya no sé si soy más de la una o de la otra, o si realmente en algún momento les pertenecí a alguna. Una de ellas me obliga a quedarme en casa, a taparme con las mantas y quedarme viendo películas durante toda la tarde. La otra me obliga a salir fuera, aunque sabe que lo paso peor, pero eso a ella no le importa. Sólo sé que ambas están de acuerdo cuándo me miro al espejo, cuándo alguien se ríe y giro la cabeza instantáneamente pensando que soy el blanco de sus risas y burlas. Estoy paranoica, lo sé. Pero es que no puedo convivir con tanto ruido dentro de mi. Con esas dos voces siempre gritándose, ignorando que yo estoy en medio de todo. Que cada palabra que se dicen me traspasa a mi antes de llegar a la otra. Y ya estoy rota, llena de agujeros por donde se filtraron sus gritos. Y ambas partes me obligan a pensar que soy una diana a la que todos apuntan y aciertan. Las dos me obligan a mirarme al espejo y odiar lo que veo. Las dos me obligan a sentirme inferior y cansada, da igual si esté dentro o fuera de casa. Siento que están intentando hacerme ser alguien que no soy, pero es que... yo tampoco quiero ser quien soy.
Y estoy harta. Sólo quiero un poco de tranquilidad aquí dentro. Pero nunca consigo que haya silencio.






viernes, 1 de noviembre de 2013

Sólo quería decirte de nuevo lo mucho que lo siento.

Sigo confiando en que algún día, después de todos estos años, llegues a leer todo esto y te des cuenta de lo mucho que te he estado echando de menos. De lo difícil que se me hacía todo esto. De que por las noches soñaba que te volvía a tener, y que te volvía a perder. Y créeme que, como ya te escribí en algún momento, antes preferiría arrancarme el corazón del pecho que volver a sentir que te pierdo. Porque vivo con miedo. Con miedo a que un día me veas y no me reconozcas, que no me quieras mirar, que no me quieras escuchar. Que no me dejes explicarte todo lo que ocurrió. Supongo que por eso te escribo. Para que cuándo llegue ese día te pueda enseñar cómo me sentía. Y ojalá logres perdonarme, perdonarme por todo lo que ha sucedido. Y pueda volver a cogerte entre mis brazos y levantarte para que roces el cielo con tus manos. Aunque quizás ya peses demasiado para eso, pero me da igual, volvería a hacerlo. Sólo para poder ver aquella sonrisa que ahora tanto me tortura por las noches. Porque ya he perdido la cuenta de las veces en las que me he quedado dormida mientras lloraba recordando cada detalle de tu cara para no olvidarlo. Para poder decirte lo mucho que has cambiado cuándo te vuelva a ver. Porque lo haré, juro que lo haré. Y es que este nudo de la garganta me aprieta tan fuerte que en ocasiones realmente quisiera que me ahogase y terminara con todo. Pero no puedo, tengo que volver a encontrarte. Explicarte por qué aquel día te dejé marchar, por qué solté aquellas manitas que se aferraban a las mías con tanta fuerza.