martes, 19 de noviembre de 2013

No estoy bien.

Recuerdo que me decíais que estaba distinta. Y me abrazabais pensando que eso lo arreglaría todo, pero lo único que hacíais era romperme un poco más. Y yo me alejaba o, simplemente, me quedaba quieta, sin devolver el abrazo, tenía miedo de cortar a la gente con mis pedazos rotos. Y me sonreíais y yo apartaba la mirada. Y me hablabais y yo me quedaba mirando al vacío, os oía, pero era incapaz de escucharos. Supongo que nunca supisteis cómo me sentía. Lo sola que me sentía. Cual era la agonía que me consumía. Nunca os conté que no podía más. Que me había quedado atascada en el momento más amargo, en el más doloroso y que se repetía constantemente en mi mente. Me caí. Me caí al suelo y no me pude levantar, y vosotros seguisteis adelante, porque cada vez que mirabais atrás os decía que estaba bien. Hasta que dejasteis de mirar. Y ahora me duele, me duele el pecho, como si algo me estuviera perforando por dentro. Como un agujero negro que se lo lleva todo. Y quiero gritar, pero el grito se queda en la garganta. Y quiero llorar, pero mis ojos están más que secos. Tuve que pediros ayuda. Pero no podía. Cada vez que iba a gritar para que alguien me rescatara me mordía la lengua. Quería levantarme por mi misma. Pero hay caídas en las que necesitas una mano para volver a alzarte,al menos ahora lo sé. Y allí me quedé, anclada en el suelo. Quise parar el tiempo, recuperar el aliento. Pero fui yo la que me quedé atrás, pues el tiempo, la vida, siguió adelante. Siempre sigue adelante. Y me quedé atascada en aquel instante. Y mírame, aquí, aislada, sola, sin nadie. Todo y todos están demasiado lejos, y yo estoy demasiada agotada para intentar nada. Sólo siento dolor, y ya no me queda esperanzas.


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