miércoles, 13 de noviembre de 2013

Se odiaba.

Ella rehuía del frío, ese frío que se colaba entre sus costillas y le oprimía el pecho. Pero a la vez le gustaba. Le gustaba, porque la congelaba y no sentía nada. No sentía todo ese dolor agobiante. Ese nudo en la garganta que no le permitía respirar. Esa sensación de querer llorar hasta vaciar un océano y que, sin embargo, no le saliera ninguna lágrima. Era frustrante. Todo eso era frustrante e ilógico. E irónico. Hace menos de un mes estaba molesta porque no era capaz de sentir nada. Su vida era monótona, llena de trivialidades. Una rutina constante, sin un cambio que diferenciara un día de otro. Y ahora se sentía colapsada. Eran demasiados sentimientos. Todos mezclándose en su pecho. Cómo si quisieran arrancarle el corazón, o hacer que ella se lo arrancase para dejar de sentir dolor. Sentía que todos sus monstruos habían salido de la oscuridad a la vez, todos aquellos que ella sabía que la acechaban desde las sombras. Y eran más de los que ella imaginaba, de los que ella había calculado. Eran demasiados, y demasiado fuertes, y ella era tan débil. Porque se sentía frágil constantemente. Apunto de romperse. Cómo el hielo deshaciéndose que se resquebraja poco a poco. Y ella estaba ahí, entre las grietas, intentando no moverse. Pero el hielo cada vez se rompía más y más, y ella sólo podía pensar en que cuando cayera se congelaría. Y en realidad, no sabía si temía esa caída. Si congelarse sería tan malo. Porque dejaría de sentir dolor. Aunque había oído que caer en aguas de esas temperaturas era como clavarse miles de cuchillos en la piel. Pero, la verdad, es que tampoco le importaba mucho. Se odiaba, y necesitaba hacer algo. Se odiaba tanto que a veces ella misma se asustaba. Era asfixiante temer a tu propia sombra, temerte a ti misma. Era asfixiante odiarse tanto. Como si cada paso que diera fuera en la dirección equivocada, como si cada decisión que tomaba la acercara más a esos seres que la esperaban en la oscuridad de sus propias entrañas.
Y se odiaba, se odiaba a sí misma y a aquellos seres que habitaban en ella. Deseaba acabar con ellos. Pero no era lo suficiente, nunca era lo suficiente. Sus demonios siempre aumentaban y se la llevaban, arrastrada a las tinieblas. Y ella sólo podía pensar 'No, acabo de salir de ahí, no quiero volver, no quiero regresar a la oscuridad, por favor' pero lo único que hacían sus demonios era sonreír con un brillo de malicia en los ojos.


"Ojalá utilizando la tercera persona el dolor dejase de ser mío. Ojalá fuese de ella, y ella no tuviera nada que ver conmigo."


2 comentarios:

  1. Es que escribes perfección, chica.

    Te admiro y me identifico siempre.
    Besos.

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    1. Ay, no me digáis esas cosas, que no son verdad.
      Tú si que escribes perfección.
      Un besazo enorme.

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