lunes, 30 de diciembre de 2013

- ¿Por qué yo? - susurro en mi oído - ¿Por qué yo y no otro?
Su mano descansaba sobre mi espalda desnuda e iba de arriba a abajo haciéndome cosquillas.
- Porque eres especial, porque me haces sentir especial. Viva.
- Te hago sentir viva... - dijo, y después me beso en el lóbulo detrás de la oreja, y descendió a besos hasta mi clavícula.
Cada célula de mi piel, cada poro, quiso estallar en llamas.
Suspiré y negué con la cabeza, tocando su cuello con mi nariz y respirando su aroma.
- Me vas a volver loca.
- Eso es lo que intento - dijo sobre mi clavícula, y volvió a recorrer un camino de besos, esta vez hasta mi hombro.
Intenté encontrar las palabras y frenar mi ritmo cardíaco. Sentí cómo sonreía en mi hombro y todo se fue al traste.
- Estas intentando calmarte - dijo, y se recostó sobre la almohada para que nuestros ojos se encontrasen.
- Estoy intentándolo, porque si no me vas a volver loca - repetí.
Él sonrío.
- Me encantas.
- ¿Por qué yo? ¿Por qué yo y no otra? - le dije, entre sonrisas.
- Porque me vuelves loco, y yo no lo intento evitar, porque me gusta sentirme así por tu culpa. Me gusta la forma de tus labios, y como tu pelo cae en cascada por tu espalda. Me gustan los tres lunares junto a tu hombro, y como frunces el ceño. Me encanta la arrugita que se forma al final de tus ojos cuándo sonríes de verdad, y como intentas calmarte cuándo te vuelvo loca.
- Estás loco - le susurré.
Él soltó una carcajada, nuestros ojos se encontraron un instante, y, entonces, me besó con toda la intensidad del mundo.



Me voy a Madrid estos últimos días del año, para ver a mi querido sobrino del que tanto he escrito (¡sí, por fin lo voy a ver! Estoy tan feliz...) Bueno, ya sé que no es una gran entrada, pero quería daros las gracias por todo, por este año, por haber estado a mi lado, y que eso, que feliz año nuevo.
Un beso enooorme, os quiero.
Hasta el año que viene.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Dos mil trece.

Trescientos sesenta y un días desperdiciados. Y supongo que los cuatro que quedan también lo serán.
Doce meses echándote de menos, ocho sintiendo que ya nada sería lo mismo. Treinta días haciéndome daño con mis propios pensamientos, dejando salir a mis propios demonios y dejándome arrastrar por ellos y treinta días más arrepintiéndome de lo que había hecho. Veinte páginas quemadas de mi diario, convirtiendo en polvo quién antes era. Dos páginas nuevas a medio escribir porque ya no sabía quién era. Doce meses sintiéndome más sola que nunca. Doce meses sintiendo que todo lo que me había ocurrido era por mi culpa.
Este año ha sido un año catastrófico. Un año de abandono a mi misma. De odio. De sentimientos intensamente dolorosos a todo lo que formaba parte de mi. Ha sido un año en el que me he sentido completamente sola, por más que hubiera gente a mi lado. Un año en el que todo ha pesado tanto que no he podido con ello y me he caído la suelo. Y todavía sigo allí, y no sé si en algún momento conseguiré levantarme y seguir adelante.
Ha sido un año horrible, y cada año es aún más horrible.
Sólo le pido a dos mil catorce que sea la excepción, que sea especial, que sea diferente.
Que sea un año al que recordar con buena cara.


jueves, 26 de diciembre de 2013

¿En qué piensas?

Le ofreció un cigarro mientras se llevaba uno a la boca. Ella lo rechazó y le frunció el ceño. Él sonrió. Empezaron a caminar juntos por la calle. Uno al lado del otro, sin tocarse. Ella miraba distraía las luces de navidad y él la miraba a ella. Ella se giró y se sorprendió cuándo le vio mirándola.
- ¿En qué piensas? - le susurró él queriendo agarrar su mano.
- En lo preciosa que es la navidad.
Entre calada y calada llegaron a una calle un tanto oscura y solitaria. Ella se encogió y tembló agarrándose los brazos.
- ¿Tienes frío?
- Un poco.
Sujeto el cigarro entre los labios mientras se quitaba la cazadora y se la colocaba a ella por los hombros.
- Gracias.
Él no pudo aguantar más cuándo ella le dedico una sonrisa. Se acercó y le dio la mano. Ella le miró sorprendida. Entrelazaron sus dedos mientras se miraban fijamente. Él se acercó y ella pudo olerle, una mezcla entre tabaco y hierba recién cortada. Respiró hondo y levantó la vista hacia sus ojos. Él se volvió a acercar, ahora sólo les separaba un precioso instante. Ella estaba apoyada contra la pared de aquella callejuela oscura. Bajo una farola que iluminaba varios metros más allá. La cara de él estaba oscurecida. Podría haber hecho un sombreado perfecto de su rostro, pensó la chica. Sonrió, y el chico le devolvió la sonrisa.
- ¿En qué piensas? - le pregunto ella.
Se acercó más a ella. Y deslizo sus labios hacia su oreja. Pudo sentir el cosquilleo de su barba de tres o dos días sobre sus mejillas.
- En besarte - le susurró acariciando su oreja con sus labios.




lunes, 23 de diciembre de 2013

Nos hemos dejado atrás.

¿Qué nos ha pasado? ¿Qué nos ha pasado a todos? Nos hemos convertido en marionetas del destino. Como Romeo juraba ser. Nos hemos convertido en nada. En polvo que se deja llevar por el aire. Nos hemos convertido en nuestro propio vaho, ese que asciende en la noche oscura y se pierde convirtiéndose en nada. Nos hemos alejado, distanciado. Nos hemos hecho sumisos de la rutina. Máquinas programadas. Nos hemos dejado arrastrar por la corriente como peces muertos. Hemos dejado de hablar. De comunicarnos, de llorar, de reír. Hemos dejado de vivir. Hemos dejado todo atrás. Lo que antes era parte de nosotros ahora ya no es nada. Los momentos, aquellos momentos, se han quedado atrás, han desaparecido entre la niebla del camino. Y nos hemos quedado solos. Con un camino interminable que recorrer y sin nadie. Porque nos hemos alejado de todos. Hemos dejado a algunos atrás y otros, simplemente, han echado a correr dejándonos atrás a nosotros.



Os quería comentar que mi maravillosos internet junto a la página de blogger no me deja comentar en vuestros blogs, me dice que hay un problema o yo que sé. Así que, hasta que no descubra la manera de comentar, no me vais a ver por vuestros blogs. Lo siento mucho, pero quiero que sepáis que a pesar de eso siempre os leo. 
Un beso enoooorme.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Sola.

Hay un pensamiento que me quita el sueño. Y por eso me veo hoy escribiendo, cuando las luces están encendidas y la ciudad calla. Duerme. Cuando la ciudad está silenciada. Cuando no hay nadie por las calles, solo un par de borrachos y algún que otro desconocido. Cuando la oscuridad lo embulle todo como la boca de un lobo. Cuando me da miedo mirar debajo de la cama. Porque están los monstruos, los mismos que discuten en mi mente sin descansar, sin dejar un atisbo de paz. Y mi corazón está tan desnudo como las calles de la ciudad bajo la luz de la luna. Tan vacío. La soledad se hace eco de sus latidos. Por más que lo intente. Por más que me esfuerce. Vaya a donde vaya, diga lo que diga, y haga lo que haga me siento sola. Me siento una extraña. Fuera de lugar. Como un judío en Alemania. Como si no perteneciera a ningún sitio. Como si ningún sitio fuera el mío. Y qué más da la gente que haya, la gente que este a mi lado, sea como sea, me siento sola. Como si no hubiera nadie. Como si nunca lo fuera a haber.


Corazón coraza.

Corazón coraza. Aquel que está hecho de inviernos y que nunca siente nada. Aquel que huye de los sentimientos, sobretodo de los intensos. De aquellos que te convierten en otra persona. De aquellos en los que necesitas a otra persona para sentirte completo. Ella siempre fue un corazón coraza. Porque a ella las mejillas no se le sonrojaban, ni los ojos le brillaban, ni sentía mariposas. Porque su corazón era como un invierno en Finlandia. Porque no sabía como comportarse con las personas. Como acercarse a las personas que la querían sin sentir la necesidad de huir. Porque no sabía cómo mirar a alguien a los ojos mientras le devolvían la mirada. Y tampoco como contemplar su reflejo en las pupilas de otro. No sabía caminar cogida de la mano. Ni cual era la manera correcta de dar un abrazo. O como dejar de estar a a defensiva y sentirse protegida. Pero a pesar de todo eso, él ha conseguido hacerse hueco. Hacerla mirar al suelo, para no sentir como le sostenía la mirada. O como se le enrojecían las mejillas mientras observa su reflejo en sus pupilas. Y odiaba que se le quedase mirando (¡como si ella no supiera que la observaba!) y que a consecuencia de ello sintiera mariposas en su estómago. Él le había hecho sentirse atraída por la opción de quedarse y no salir huyendo. Y le daba miedo, porque había conseguido convertir su invierno en primavera. Y destruir un poco su coraza.



jueves, 19 de diciembre de 2013

Los pedazos rotos cortan.

Le gustaban los tres lunares de su espalda, que formaban un triángulo. Él siempre decía que era el triángulo de las bermudas porque siempre se perdía en ellos. Le gustaba la manera que tenía de mojarse los labios con la lengua antes de decir algo que le desagradaba. La manera que tenía de entreabrir la boca cuándo no comprendía algo, o cuándo fruncía el ceño disgustada. Le gustaba la forma de su cara cuándo estaba enfadada, como sus cejas formaban una línea perfecta y como sus ojos centelleaban. le gustaba la voz que ponía cuándo se enfadaba, esa voz más aguda de lo normal. Le gustaba la manera en la que suspiraba, y cómo echaba la cabeza hacia atrás cuándo se reía a carcajadas. Le gustaba la marca de su carmín rojo en su cuello cuando le besaba. Y las pecas que formaban constelaciones en sus mejillas. Le gustaba el contraste que hacía su piel pálida con su pelo oscuro. Y los rizos que se le pegaban a las mejillas. Le gustaba su pelo largo, aquel que le hacía cosquillas en los brazos cuándo se recostaba a su lado. Le gustaba sus ojos azules, aquellos ojos fríos que hipnotizaban y nunca expresaban nada. Le gustaban, porque aún así sus gestos lo expresaban todo. Le gustaba calmarla cuando se despertaba a mitad de la noche llorando. Le gustaba verla sonreír con lágrimas deslizándose silenciosas por su rostro. Le gustaba como disfrutaba del frío, del invierno. Como le quedaba de bien la nieve en el pelo. A veces se quedaba callada y miraba a un vacío inexistente, era entonces el momento de hacerle cosquillas y sacarla de su ensoñación a risas. Le gustaba que a pesar de todo, a pesar de que ella era feliz a su lado, se preocupaba más por él que por ella misma, y por eso, cada vez que él la iba a abrazar ella le susurraba 'cuidado con los pedazos rotos, pueden cortar'.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Y callo.

Miro, y callo. Escucho, y callo. Abro la boca para decir algo... y callo. Y nadie nota nada. Nadie nota como mi sonrisa se desvanece y los ojos se entristecen. Como me hecho hacia atrás y encojo los hombros como si quisiera protegerme. Como miro a otro lado y lucho contra mis pensamientos. Aquellos que dicen que no importa lo que fuera a decir, que no importo. Que no soy nadie. Que soy inferior a todos ellos. Me muerdo el labio y pestañeo intentando desvanecer las lágrimas que surgen en mis ojos. Me hecho más para atrás y salgo de la conversación sin decir nada, sin que nadie note nada. Me llevo los puños del jersey a las mejillas y borro el rastro de esas lágrimas silenciosas e invisibles. Los observo a todos. Observo como gritan y como sonríen. Como hablan entre ellos, como ríen. Como vuelven a insultarse entre risas, y como suenan sus carcajadas. Los observo y callo. Y miro hacia el suelo mientras dejo que esas voces interiores me pisoteen con fuerza. Y suspiro, y callo, y mis labios sonríen irónicos mientras otra lagrima cae silenciosa y nadie se da cuenta. Y a nadie le importa. Y a nadie le importo.


lunes, 9 de diciembre de 2013

Nadie nota nada.

Y otra vez esa risa tonta, esa sonrisa en tus labios. Esa sonrisa que tiene menos verdad que tu boca diciendo que todo estará bien. Y otra vez ese encogimiento de hombros, y esa mirada gacha, intentando no mostrar cuanto duele que te abran las heridas. Porque lo hacen, con cada mirada, con cada palabra. Y otra vez ponerte la máscara, fingir que todo está bien cuando nada lo está. Cuando estás hecha pedazos de tantos golpes, y tan rota que cortas. Cuando te levantas por las mañanas y tus propios pensamientos te insultan. Cuando te maquillas las ojeras para que parezca que estas viva. Que hay alguien ahí dentro que respira. Pero en realidad no hay nadie, la que antes había lleva desaparecida varios años, dejando un cuerpo sin vida por dentro pero que tiene que parecer vivo por fuera. Para que la gente se crea tus mentiras. Todas tus mentiras. Porque son tantas ya que incluso tu misma te las crees. Porque son tantas que no sabes cuanto más puedes aguantar. Porque has aprendido a mentir mirando a los ojos, a mostrar una cara feliz aunque te estés muriendo interiormente, a reírte como si nada te hubiera hecho llorar nunca, aunque llores todas las noches bajo edredones. Porque has perdonado tantas veces que se han acostumbrado a joderte. Porque has llorado tantas veces que ya no te importa una o dos lágrimas más. Porque has luchado tantas veces contra ti misma, y has perdido tantas veces, que ya estás cansada. Cansada de todo. Cansada de que nadie se de cuenta de cuánto duele todo. De cuanto duele levantarse cada día. Levantarse y vivir.


Os prometo que la próxima entrada será más 'bonita'.
Un beso.

viernes, 6 de diciembre de 2013

La chica se movía al compás de la música, sus dedos se deslizaban sobre las teclas como si el piano fuera una parte de ella. Una extensión más de su cuerpo. Era una música lenta, melancólica y que transmitía dolor en cada una de sus notas. Pero ella solo sabía tocar esas melodías. Tenía las manos frías. Era pleno Diciembre y las teclas estaban congeladas. No se sentía los dedos, pero no podía parar de tocar. El vacío del pecho cada vez se hacía más intenso. Y el dolor profundizaba cada vez más con cada pentagrama. Su taza de café le esperaba a un lado, la cogía de vez en cuándo para calentarse las manos. Le gustaba el café un tanto amargo. Le gustaba aquel sabor que dejaba después de cada trago. Podía oler la ausencia en el aire, en la música, podía sentir el dolor, el anhelo. Con cada nota un recuerdo; una sonrisa, una lagrima, un abrazo, una despedida, un beso. Sentía que la vida se le escapaba y que la oscuridad la llamaba. Ese lugar lleno de desesperanza, ese lugar donde habitan los demonios que uno tiene en el interior. Se dejaba llevar como sus dedos por el teclado, estaba cansada de luchar. Se había cansado de luchar contra la corriente, ahora simplemente se dejaba llevar como los peces muertos. Y le gustaba, aunque sabía que estaba mal, le gustaba. Podía cerrar los ojos y olvidarse del mundo. Olvidarse de que tenía que avanzar, de que el paso del tiempo dolía como puñales. Podía quedarse vagando entre recuerdos. Así que vivía de eso. De las ojeras, de las noches desvelada, de cafés, de música y de recuerdos, sobre todo de recuerdos. Se había rendido, se había dejado arrastrar por sus demonios, por la oscuridad. Y le gustaba un poco. Pero claro, como una vez le contaron, hasta el infierno puede parecer cómodo una vez que te acostumbras.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Al final fui yo quién se rompió.

Tus ojos tristes eran preciosos para mi. Tus ojeras oscuras, y tu cabello desordenado. Aquel que te caía por la espalda formando una cascada. Supongo que fui un tonto al enamorarme de la chica de los pedazos rotos. Aquellos pedazos que cortaban con tan solo tocarlos. Que dolían tanto que no podían ni ser mirados. Igual que dolía verte ausente, con el corazón encogido y el nudo apretando en la garganta. Ese nudo que fui incapaz de desenredarte. Tú siempre me decías que era un estúpido, por querer a alguien que estaba roto. Me decías que todo lo que tocabas se rompía y que tenías miedo de romperme. Pero a pesar de todo yo estuve ahí, calentando tus manos frías con las mías, sonriendo al ver cómo tu nariz enrojecía a pesar de las espesas bufandas que te ponías para protegerte del frío. A pesar de todo, quise volverte a unir, volver a unir tus pedazos, como un puzzle difícil de montar. Te enfadabas cuándo me pillabas mirándote con el ceño fruncido. Pero intentaba averiguar como funcionabas. Porque funcionabas distinta al resto, sonreías por cosas por las que nadie sonreía y estabas ausente la mayor parte del tiempo. Me decías que te preguntabas cómo una persona tan viva como yo podía estar con alguien como tú. Pero es que tu me hacías sentir vivo, todo el tiempo. Tu pelo, tu piel, tus ojos miel, todo en ti hacía que cada célula de mi cuerpo vibrara, y eso jamás había ocurrido antes. Pero tenías razón, era tan peligroso quererte, porque cortabas, porque tus pedazos rotos cortaban, y a pesar de que me lo advertiste miles de veces estaba tan empeñado en recomponerte que al final fui yo quién se rompió.