jueves, 19 de diciembre de 2013

Los pedazos rotos cortan.

Le gustaban los tres lunares de su espalda, que formaban un triángulo. Él siempre decía que era el triángulo de las bermudas porque siempre se perdía en ellos. Le gustaba la manera que tenía de mojarse los labios con la lengua antes de decir algo que le desagradaba. La manera que tenía de entreabrir la boca cuándo no comprendía algo, o cuándo fruncía el ceño disgustada. Le gustaba la forma de su cara cuándo estaba enfadada, como sus cejas formaban una línea perfecta y como sus ojos centelleaban. le gustaba la voz que ponía cuándo se enfadaba, esa voz más aguda de lo normal. Le gustaba la manera en la que suspiraba, y cómo echaba la cabeza hacia atrás cuándo se reía a carcajadas. Le gustaba la marca de su carmín rojo en su cuello cuando le besaba. Y las pecas que formaban constelaciones en sus mejillas. Le gustaba el contraste que hacía su piel pálida con su pelo oscuro. Y los rizos que se le pegaban a las mejillas. Le gustaba su pelo largo, aquel que le hacía cosquillas en los brazos cuándo se recostaba a su lado. Le gustaba sus ojos azules, aquellos ojos fríos que hipnotizaban y nunca expresaban nada. Le gustaban, porque aún así sus gestos lo expresaban todo. Le gustaba calmarla cuando se despertaba a mitad de la noche llorando. Le gustaba verla sonreír con lágrimas deslizándose silenciosas por su rostro. Le gustaba como disfrutaba del frío, del invierno. Como le quedaba de bien la nieve en el pelo. A veces se quedaba callada y miraba a un vacío inexistente, era entonces el momento de hacerle cosquillas y sacarla de su ensoñación a risas. Le gustaba que a pesar de todo, a pesar de que ella era feliz a su lado, se preocupaba más por él que por ella misma, y por eso, cada vez que él la iba a abrazar ella le susurraba 'cuidado con los pedazos rotos, pueden cortar'.

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