viernes, 31 de enero de 2014

Quererte dolía.

Dijiste que volverías aquella tarde de Diciembre. Cerraste la puerta y te fuiste como un suspiro, con una promesa en los labios. Oh, yo sólo podía recordar, una y otra vez, que tan frágil fuiste cuándo te tuve entre mis brazos, cuándo te monté pieza a pieza con tus pedazos rotos. Y la sangre que emanaba de tus heridas era tan escarlata como tu carmín, y aún así yo te quise. Te quise irrevocablemente. Te quise tanto que incluso cada respiración que no fuera cerca de ti dolía. Dolía cuándo a pesar de haber unido todos los pedazos rotos, te desmoronabas. Dolía verte amanecer cubierta de lágrimas, o despertar oyendo tus gritos de fondo en mis sueños. Pero dolía menos cuándo te abrazaba, y calmabas tu llanto en mi hombro. Eras como un animal herido. Y yo sólo quería salvarte. Salvarte de ti misma. De tus propios demonios. Pero te marchaste, quizás para no dañarme. Porque eras tan destructiva... Todo lo que tocabas se rompía. Me prometiste que volverías antes de que el café que calentaba mis manos se enfriase, y ahora el café ya no es café de lo frío que está. Y ese frío se me mete entre los huesos, directo a mi pecho. No sé si volverás, pero a pesar de todo, por mucho que quererte dolía, no me importaría que doliese otra vez.



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