sábado, 15 de febrero de 2014

Algunas personas, simplemente, no quieren ser salvadas.

Hablaba de la vida con un café calentando sus manos. Con los ojos cansados, y las ojeras marcando su rostro. Hablaba arrastrando las palabras y con la mirada desviada. Hablaba de que nada tenía sentido. De que todo carecía de importancia. Hablaba como si le pesara la vida. Cerraba los ojos y suspiraba, y se llevaba la taza a los labios, con los hombros caídos y el ceño fruncido. Después, se volvía a a acomodar en el sillón y contestaba a las preguntas que le hacían con evasivas.
Sentía que todo iba a acabar en algún momento. Y que ella a penas se iba a dar cuenta. Lo veía todo distante.
Hablaba de como odiaba los latidos de su corazón, o de como odiaba despertar cada mañana.
Hablaba de la vida misma.
Hablaba de su historia. Hablaba de que nunca se había sentido de otra manera. Ella nunca se había sentido más que una extraña. Nunca había encontrado su lugar en la tierra. Y nadie la comprendía. Nadie quería comprenderla.
Y levantaba las piernas y apoyaba la barbilla entre las rodillas.
Y se callaba. Y cerraba los ojos, con los labios entre abiertos y con gesto cansado.
Aún, no sé cuando era peor, cuando hablaba o cuando callaba.
Pero en su expresión se notaba que no quería seguir adelante, que no quería luchar. Y ella sabía que algún día tendría que avanzar, que tendría que decir basta y continuar. Pero a ella le gustaba. ¿Era posible acostumbrarse a la tristeza, a la melancolía? Ella lo había hecho. Y la única manera que tenía para ser feliz era ser triste.
Y no sabía como iba a salir de aquel error, no sabía como iba a recuperar las ganas de vivir si nunca las había tenido. No sabía como iban a salvarla si no quería ser salvada.





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