martes, 18 de febrero de 2014

Demonios.

Había una vez una niña que jugaba sola y temía a las sombras. Aquellas sombras que formaban círculos sobre sus pupilas. Que entristecían su mirada. Y que la atormentaban por las noches. Porque le decían que querían ser sus amigas, pero ella sabía que mentían. Aunque, a veces se acercaba a ellas cautelosa, en mitad de la noche, y las tocaba. Y las sombras reían, y temblaban.
Tenía sueños horribles. Y cuándo despertaba veía a aquellas sombras alrededor de ella. Y gritaba haciendo despertar a sus padres, y les decía que eran las causantes de sus pesadillas mientras las señalaba. Pero nadie las veía. Nadie la creía.
Todo el mundo reía, con las mismas risas que sus sombras.
Los demás niños se burlaban, y le estiraban del pelo llamándola rara. Ella sollozaba pero nunca lloraba.
Nunca lloraba hasta que cerraba tras de sí la puerta del baño. Entonces, se creaba un mar de lágrimas. Lágrimas saladas. Y las sombras, aquella sombras que temía, eran las únicas que le daban abrazos mientras lloraba. Y en aquellos momentos, donde mostraba sus debilidades, las sombras corrían y la atravesaban.
Y un día, aunque sabía que no debía, se hizo amiga de las sombras. Y desde aquel día, todo su mundo se convirtió en una tormenta de sombras. Las sombras se trasladaron a su cabeza, estaban dentro de ella. Persiguiéndose entre ellas, riendo y temblando. Por las noches a penas dormía, procuraba no hacerlo para evitar las pesadillas, que ahora se habían intensificado. Y por el día, no hablaba con nadie, no miraba a nadie, no sonreía, no lloraba.
Y le gustaba, le gustaba tener a sus sombras revoloteando dentro de ella como mariposas asesinas porque antes siempre había estado sola, pero ahora, ahora las tenía a ellas. No estaba sola. Las tenía a ellas y al frío.
Porque las sombras traían frío consigo, ese frío que te cala, que se te mete entre las costillas directo al pecho. Y era como si absorbieran cada momento en el que había sido feliz. Y éste desaparecía, quedando solo los malos.
Las lágrimas, los gritos, el dolor en el pecho.
Y se acostumbró, se acostumbró a convivir con sus sombras, creció y sus sombras crecieron con ella y su mundo se centró en aquel dolor tan doloroso que habitaba en su pecho. No veía personas, veía sombras, había aprendido a ver las sombras de los demás.
Porque, siendo sinceros, ella había descubierto que todo el mundo tenía demonios interiores (así fue como llamó a sus sombras cuándo creció) pero los suyos, sus demonios, eran especiales.
Porque la mayoría de las personas luchaban contra sus demonios, pero ella se llevaba bien con los suyos.



2 comentarios:

  1. Nuestro pasado siempre será nuestra mejor musa.
    Te he encontrado gracias a los Liebster!
    Y creo que vengo para quedarme, porque le he echado un vistazo a tu blog y me gusta.
    Más que mucho.
    Un beso♥

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  2. "Porque la mayoría de las personas luchaban contra sus
    demonios, pero ella se llevaba bien con los suyos."
    tu forma de escribir es hermosa. no sabes cómo me
    identifico, has convertido mis sentimientos en palabras.
    te admiro.
    nunca dejes de escribir, por favor.

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