domingo, 30 de marzo de 2014

Amar es destruir, y ser amado es ser destruido.


Os voy a contar un secreto. Yo no soy como el resto. Soy peor que el resto.
Antes me gustaba leer libros, fantasear, creer que algún día todo eso me sucedería a mi. Creer que algún día me perdería en los ojos de alguien, y viviría una historia de amor con todos los matices. Y correría horizontes agarrada de una mano que me protegería. Ya sabéis, como en aquellos libros que leemos. Pero ¿sabéis qué? Que nada de eso es cierto. Que eso no existe. Y de todas formas, yo no soy la chica de ningún libro. No, no lo soy. Soy la chica inútil, la ignorada, la callada, la acomplejada, la tonta. Ningún chico se podría enamorar de mi, sería como tirarse de un precipicio. Sería un suicidio. Lo rompería, tal y como rompo todo lo que toco. Lo destruiría, porque soy así. Porque no sé ser de otra manera. Y de todas formas, he llegado a la conclusión de que el amor no existe. A veces, siento un vacío, y sé que nunca podré llenarlo. Creo que me he hecho la idea. Supongo que estoy demasiada rota como para que alguien me quiera. Supongo que ya no existen suicidas que quieran enamorarse. Son suicidas, no imbéciles.

viernes, 28 de marzo de 2014

Había dejado de ahogarme.

Y, en ese instante, llegué a la superficie. Después de permanecer años bajo el agua, en las profundidades, ahogándome una y otra vez. En ese instante, me di cuenta de que había estado nadando con todas mis fuerzas a la claridad, hacia los rayos de sol que se filtraban en la superficie. Y después de tanto tiempo, había conseguido respirar hondo.
Y la primera lágrima cayó, y creí que jamás podría parar de llorar. Algo se rompió en mi, si rebobinamos hacia atrás incluso llegaríamos a oír el ruido que surgió de mi interior. Como si algo se estuviera partiendo en mil pedazos. Y las palabras surgieron de mí a borbotones, las verdades calladas durante años salían de mis labios, resbalando por ellos, sin control, entre gritos, eran palabras con sabor a lágrimas saladas.
Y ahí estaba yo, hipando como una niña pequeña, con las lágrimas surcando mi rostro, tapándome la cara con las manos, y respirando como si me estuviera ahogando.
Pero, en realidad, era todo lo contrario, había dejado de ahogarme, había llegado a la superficie y por fin estaba respirando.
Por fin se habían dado cuenta, se habían dado cuenta de que todos estos años había estado en las profundidades de aquel mar tempestuoso, ahogándome continuamente, en silencio.
Y todos estaban asombrados, porque jamás se lo habían imaginado, jamás se les habría ocurrido pensar aquello de mi. Yo era la chica fuerte, la chica que apretaba los labios para no perder la sonrisa y evitar que las lágrimas cayeran, pero había dejado de serlo. Me había arrancado la coraza de la piel, y ahí estaba, sangrando, con la coraza en una mano, totalmente desnuda respecto a cómo me sentía realmente.
Y ahora, ahora tocaba encontrar tierra firme, porque puede que lo peor hubiera pasado, pero aún me quedaba mucho para estar totalmente a salvo.



viernes, 21 de marzo de 2014

¿Cómo?

¿Qué cómo puedo odiarme? ¿No es obvio? No hay nada bueno en mi. No soy lo suficientemente buena en nada. No sé dibujar bien, ni tocar el piano bien, ni la guitarra, ni sé escribir bien. No sé cómo tratar a la gente, no sé qué debo contestar cuando me hablan. Solo abro la boca para demostrar que soy idiota. No sé mantener a la gente que quiero a mi lado. No sé dar abrazos. No sé ayudar a las personas. No sé cuál es el camino correcto cuándo me encuentro dos bifurcaciones en el camino. No sé salir de las sombras. No sé abandonar este túnel, aunque vea la luz al final de él, nada me empuja a seguirla. Y, oye, que seguramente sea la del infierno. Aquel infierno desatado en mi propio mundo. Con mis propios demonios.
No sé ver nada bueno en mi aspecto cuando me miro al espejo. Lo único que veo son defectos. Lo primero que pienso 'Odio mi sonrisa', que viene seguido de un 'odio mis ojos, odio mi boca, odio mi nariz, odio mi pelo, odio mi cuerpo. Me odio'. Y algo dentro de mi me grita 'Empieza a odiarte un poco menos'. Pero es que no puedo, no puedo. No puedo evitar odiarme cuando veo a toda la gente, que parece que siempre va un paso por delante que yo. Más perfectos, más guapos, mejor vestidos, mejores notas, mejores dibujos, mejores textos, mejor guitarrista, mejor pianista. Por Dios, me esfuerzo mil en las cosas más simples, y sea cómo sea siempre hay alguien que lo haga mejor que yo sin esforzarse a penas.
Y después están esas miradas de asco, y afirmo con la cabeza y pienso '¿Si yo me odio como no van a odiarme ellos?'. Lo veo algo lógico. Es fácil odiarme.
Porque no sé hacer nada bien. No sé mantener a las personas a mi lado. Todos huyen, huyen de mi, ninguno se preocupa de si estoy bien o de si estoy mal, hace meses que nadie me pregunta realmente cómo estoy.
Por Dios, si es viernes por la tarde y mi tarde y noche se pueden resumir en 'cama, series, libros', a parte de las constantes miradas desesperadas a mi móvil esperando a que alguien me diga 'Eh, ¿vienes?'.
Y me odio. Soy un desastre. Soy el arquitecto de mi propia demolición. Sólo se pulsar el botón rojo de 'Auto-destruir' una y otra vez, con la esperanza de que de repente oiga un bum y todo desaparezca. Pero sin embargo, sigo aquí. Consumida en mi propio odio.


domingo, 16 de marzo de 2014

No puedes huir de ti misma.

Tengo miedo a quedarme sola. A que todo el mundo se olvide de mi. A que todos se olviden y se marchen. Y yo me quede sola en una oscuridad aplastante, tanto que ni si quiera pueda respirar. Que el miedo haga que lo único que pueda escuchar es a mi corazón palpitar como si fuera una carrera, como si estuviera demostrando cuan veloz es. Y, hace que ese dolor en el pecho se haga más doloroso de lo que siempre ha sido.
Tengo miedo a quedarme sola, a que todos se rindan y que nadie luche por mi. Tengo miedo a que nada vuelva a ser como antes. Lo sé, ya nada es como antes. Pero aún mantengo la esperanza de que todo vuelva a cambiar, a ser igual. A que pueda reír y llorar al lado de aquellos que cuentas con los dedos de una mano.
Pero... siento que nadie quiere luchar por mi. Que todos se han cansado. Que han estado ahí siempre, pero ahora, ahora ya no están. Y ¿se supone que tu tienes que seguir luchando cuando todos se han rendido contigo? No lo veo justo, porque ellos pueden echar a correr, pueden alejarse de mi, huir. Pero yo no.
Y, el problema es que la gente se cansa de luchar contigo, o simplemente de esperar a que todo pase. Tú también te cansas, pero no puedes marcharte.



lunes, 10 de marzo de 2014

Se odiaba.

Odiaba sentir que se rompía constantemente. Odiaba sentirse tan frágil. Odiaba no estar ahí para la gente que la necesitaba. Odiaba no ser de ayuda por más que lo intentase. Odiaba su coraza, porque le impedía tener sentimientos. Odiaba su sonrisa, y aquellas arrugitas que se le formaban alrededor de los ojos cuando reía. Odiaba no saber como dar abrazos. Y odiaba no saber como querer a la gente. Odiaba no saber como expresar sus sentimientos. Odiaba ser como era. Ser tan cruel, tan dañina, tan destructiva. Lo odiaba. Porque todo lo que tocaba se rompía. Odiaba todo en ella. Todo. No había ni un pequeño detalle que no odiara. Odiaba ser ella. Cada mañana deseaba mirarse al espejo y ser otra persona. Y no sabía cómo huir de aquel sentimiento, porque hiciera lo que hiciera, fuera a donde fuera, seguiría siendo ella, y mientras fuera ella, ese odio continuaría a su lado. Aquel odio que alimentaba a sus demonios. Aquel odio que hacía gruñir a su monstruo, aquel monstruo que había mantenido callado a base de mil esfuerzos y que recobraba fuerzas por momentos.
Ya no sabía que hacer. Sólo quería dejar de ser ella. Solo quería dejar de destruir todo. Solo quería dejar ese odio a un lado. Pero no podía. Porque se odiaba. Se odiaba más que nadie.


Holiis, ya estoy de vuelta por aquí. Ha sido un viaje genial omitiendo el detalle de que vi a un tio suicidarse en un centro comercial.
Espero que no me hayáis echado mucho de menos.
(Of course not, but...)

martes, 4 de marzo de 2014

Rodeados de oscuridad.

Él intentaba controlar sus demonios, pero eran sus demonios los que le controlaban a él. Lo torturaban en sus pesadillas, en sus sueños más oscuros. Y no sé callaban, jamás, no había un maldito minuto de silencio por más que se lo pidiera de rodillas, suplicando. No cesaban de gritar, de vocear, eran como sombras que se deslizaban de un lado a otro por su mente, nublándole la vista y los pensamientos. Había veces que lo veía todo oscuro y lloraba, porque no sabía qué más hacer. Hasta que la encontró a ella.
Ella luchaba contra su demonios, pero eran sus demonios los que la controlaban a ella. Lloraba sangre, y se hacía daño a sí misma. Estaba cubierta de heridas que se abría apropósito con la única esperanza de mitigar el dolor con dolor físico. Pero el verdadero dolor, aquel que le arañaba las entrañas, aquel que la ahogaba en sus sueños más terribles, siempre estaba ahí. Apretando fuerte la cuerda invisible que le rodeaba el cuello y que la amordazaba. Y en su mente nunca había silencio, era una constante batalla. Entre ella y las voces que le gritaban y manipulaban. Voces que solamente ella escuchaba. Hasta que le encontró a él.
Cuando él la vio, en su mente, los gritos de sus demonios aflojaron, era como si alguien les hubiera bajado el volumen, seguían estando ahí, pero ya no le gritaban. Y dejaban de deslizarse y por fin podía verlo todo con claridad. Podía verla a ella, rodeada de oscuridad, pero sin embargo, iluminada.
Cuándo ella le vio, el dolor se suavizó. Y la cuerda de su cuello dejó de apretar, y aunque aún la sentía, allí, invisible, por fin podía respirar. Dejó de abrirse heridas, porque él se lo hizo prometer. Y empezó a llorar lágrimas saladas, en vez de sangre escarlata. Las voces se callaron, y empezaron a ser un susurro lejano. Podía verle a él, rodeado de oscuridad, pero sin embargo, iluminado.
Y así fue cómo ambos se querían, a su manera, como suicidas enamorados. Así era como ambos vivían. Uno al lado del otro intentando ver en la oscuridad.



Esta entrada esta inspirada en Violet y Tate, de AHS.

domingo, 2 de marzo de 2014

Puedes ver una luz al final del túnel y que nada te empuje a seguirla.

La gente se aleja, se aleja despacio, tan despacio que ni si quiera te percatas. Pero se van. Te dejan poco a poco sola, con tu sombra. Aquella sombra que se convierte en tu propio monstruo cuando nadie mira. Y me gustaría que por una vez alguien se quedara. Que supiera como soy yo realmente, que se diera cuenta de que jamás pido ayuda, y que aún así, se quedara porque sabe que la necesito. Que necesito aquella mano a la que aferrarme cuando mi mundo se desmorone. Pero no hay nadie. Y los que estan, estan ausentes. Y supongo que en parte todo esto es culpa mía. Por ser como soy, por no saber ayudar a la gente. Y no dejo de culparme. Y de odiar lo que veo en el espejo. Porque no lo entiendo. Todo el mundo se marcha. Y estoy sumida en una completa oscuridad, sola. Y necesito a alguien que me diga que todo va a salir bien. No sé por qué, nunca he sabido mantener a las personas que quiero a mi lado. Y me cabreo conmigo misma, porque... si esa persona me necesita y yo la necesito ¿por qué se aleja? Últimamente estropeo tantas cosas que ya no sé que estoy haciendo. Solo quiero decirle a alguien que necesito ayuda pero no sé como pedirla. Como decir que necesito a alguien. Como contar lo que me esta ocurriendo. Y a veces todo me da miedo. Me da miedo no salir de esta oscuridad, no saber como dejar las sombras. Porque aunque no lo parezca, es difícil. Puedes ver una luz al final del túnel y que nada te empuje a seguirla. Y que te quedes congelada en aquel momento. Paralizada. Sin nada que obstaculice tu camino, sin nada que te impida continuar, y sin embargo, no lo haces, no continuas. Te quedas ahí, sola y asustada. Viendo como todo el mundo se aleja de ti sin hacer nada.



Esta semana no he escrito gran cosa, y esta entrada la he escrito sin inspiración, porque no me vais a tener por aquí en una semana ¡porque mañana me voy a Inglaterra! y quería dejaros algo antes de irme.
Cuando venga subiré las fotos a mi otro blog y os dejaré el link para que os paséis.
Tener una buena semana.