viernes, 28 de marzo de 2014

Había dejado de ahogarme.

Y, en ese instante, llegué a la superficie. Después de permanecer años bajo el agua, en las profundidades, ahogándome una y otra vez. En ese instante, me di cuenta de que había estado nadando con todas mis fuerzas a la claridad, hacia los rayos de sol que se filtraban en la superficie. Y después de tanto tiempo, había conseguido respirar hondo.
Y la primera lágrima cayó, y creí que jamás podría parar de llorar. Algo se rompió en mi, si rebobinamos hacia atrás incluso llegaríamos a oír el ruido que surgió de mi interior. Como si algo se estuviera partiendo en mil pedazos. Y las palabras surgieron de mí a borbotones, las verdades calladas durante años salían de mis labios, resbalando por ellos, sin control, entre gritos, eran palabras con sabor a lágrimas saladas.
Y ahí estaba yo, hipando como una niña pequeña, con las lágrimas surcando mi rostro, tapándome la cara con las manos, y respirando como si me estuviera ahogando.
Pero, en realidad, era todo lo contrario, había dejado de ahogarme, había llegado a la superficie y por fin estaba respirando.
Por fin se habían dado cuenta, se habían dado cuenta de que todos estos años había estado en las profundidades de aquel mar tempestuoso, ahogándome continuamente, en silencio.
Y todos estaban asombrados, porque jamás se lo habían imaginado, jamás se les habría ocurrido pensar aquello de mi. Yo era la chica fuerte, la chica que apretaba los labios para no perder la sonrisa y evitar que las lágrimas cayeran, pero había dejado de serlo. Me había arrancado la coraza de la piel, y ahí estaba, sangrando, con la coraza en una mano, totalmente desnuda respecto a cómo me sentía realmente.
Y ahora, ahora tocaba encontrar tierra firme, porque puede que lo peor hubiera pasado, pero aún me quedaba mucho para estar totalmente a salvo.



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