domingo, 20 de abril de 2014

Con él me sentía capaz de todo.

Él no sabía como combatir sus demonios, pero intentaba domar los míos. Me abrazaba en silencio, sin decir nada, cuando me levantaba llorando y gritando por las noches. Me secaba las lágrimas a besos. Y me susurraba al oído lo preciosa que era aunque yo no quisiera oírlo y no le creyera. Lo necesitaba, como se necesita el oxígeno en los pulmones. Lo necesitaba para vivir. No podía hacerlo si no era cerca de él. Me moría por dentro cuando no estaba merodeando por su lado. Cuando él no me agarraba la mano sentía que perdía el equilibrio, sentía que andaba en una cuerda floja que era la vida, y que en cualquier momento me caería al vacío. Cuándo él no me abrazaba veía garras surgiendo de la oscuridad que me intentaban atrapar. Cuando él no estaba cerca me sentía indefensa, débil, cómo si en cualquier momento me fuera a romper a pedazos. Pero él siempre estaba ahí, agarrándome en el último momento cuándo iba a caer al vacío, convirtiendo el suelo en algo firme. Él siempre estaba ahí, cuando las garras surgían de la oscuridad él las espantaba con su luz. Cuando él estaba cerca me sentía más valiente, como si tuviera más fuerza. Como si tuviera la fuerza necesaria para vivir.

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