miércoles, 28 de mayo de 2014

Efecto colateral.

Fragmento de 'Bajo la misma estrella' desde el punto de vista de Augustus.

Ambos estábamos rotos. Ambos teníamos los días contados.
Pero eso no nos importaba. No me importaba. Porque me encantaba la forma en que su pelo castaño acariciaba sus orejas, y me encantaba la forma en la que se lo echaba para atrás como si le molestara, a pesar de llevarlo corto. Me encantaban las arruguitas que se formaban en sus ojos cuando sonreía, y, estaba enamorado de sus ojos verdes. Sus ojos esmeralda me volvían loco. De pies a cabeza, bueno, más bien de un pie a la cabeza. Pero aquella pierna ortopédica a ella le daba igual, y la verdad, es que han habido muchas chicas que se han echado para atrás al verla. Pero ella era especial. Ella me entendía. Y, a mi me daba igual aquella bombona de oxigeno que arrastraba a sus espaldas, Philip, la habría llevado millones de veces si ella me hubiera dejado hacerlo.
Me apetecía darle la mano, pero mantuve las manos quietas y la mirada en la película. La verdad, es que me asustaba un poco aquello de volar, pero a la vez me parecía emocionante. Aunque tenerla a mi lado superaba todas las emociones.
Levantó la cabeza de mi hombro y me miró en silencio.
Seguí mirando la película, los buenos habían perdido, pero mantuve la sonrisa, porque ella se volvió a acomodar a mi lado, con los ojos cerrados.
Fue entonces, cuando aparte la mirada de la película y la miré.
Debería estar prohibido que gente tan preciosa como ella existiera. Todo en ella era perfecto. La forma de sus labios, sus pestañas, largas y espesas, su pelo liso. Era un chica extraña, y eso era lo que más me gustaba. No era como el resto, era ella, siempre era ella misma. Y eso es algo difícil de ser. Y sé que estaba rota, ambos estábamos rotos, pero a pesar de eso, ella habría hecho lo que fuera necesario para no hacerme daño. Aunque eso significará alejarse de mi, pero yo no la quería lejos de mi. No, desde que la conocí aquel día en el grupo de apoyo, la había necesitado para vivir, para respirar.
Abrió los ojos y yo volví a fijarlos en la pantalla. Vi cómo movía la boca, y me quite los auriculares.
- Perdona, estaba totalmente metido en el noble sacrificio. ¿Qué me decías? - le pregunté.
Levantó la mirada y me miró, pestañeo varias veces y se volvió a acomodar en mi hombro, sonriendo.
- ¿Cuánta gente crees que ha muerto? - pregunto con un hilo de voz.
- ¿Preguntas cuánta gente ficticia muere en esta película de ficción? - sonreí-. No la suficiente.
- No. Quiero decir desde siempre. ¿Cuánta gente crees que ha muerto en total?
Estaba pensando en la muerte, pensar en la muerte era un efecto colateral de tener cáncer y estar muriéndose.
- Pues resulta que puedo responderte- le dije-. Hay siete mil millones de personas vivas, y alrededor de noventa y ocho mil millones muertas.
- Vaya - contestó, asombrada.- Hay unos catorce muertos por cada vivo.
Asentí.
Recuerdo que mi miedo al olvido me hizo buscar información sobre el tema.
- Investigué un poco este tema hace un par de años. Me preguntaba si era posible recordar a todo el mundo. Si nos organizáramos y asignáramos determinada cantidad de cadáveres a cada persona, ¿habría suficientes personas vivas para recordar a todos los muertos?
- ¿Las habría?
- Claro. Todo el mundo puede recordar a catorce muertos. Pero somos plañideras desorganizadas, así que muchos acaban recordando a Shakespeare, pero nadie recuerda a la persona sobre la que escribió el soneto 55.
No hablamos mucho más, ella se puso a leer poesía y yo cogí el libro de Un dolor imperial para releerlo.
Después de un rato, le pedí que me recitará algún poema que se supiera de memoria, ella empezó, indecisa.
Y mientras hablaba, mientras su boca recitaba esos versos, que a penas escuchaba, ya que la forma en que sus labios se movían me hipnotizaban... me di cuenta de hasta que punto estaba enamorado de ella. De todo lo que ella conllevaba. Estaba enamorado de sus pedazos rotos. Y hasta de los días contados que nos quedaban a los dos. Y quería vivir, quería vivir aquel pequeño infinito, amándola, y sabiendo que ella me amaba. Así que no pude contenerme, apreté los puños, y en cuanto terminó el último verso, le dije:
- Estoy enamorado de ti.
- Augustus - dijo ella, con voz ahogada.
- Lo estoy. Estoy enamorado de ti, y no me apetece privarme del sencillo placer de decir la verdad. Estoy enamorado de ti y sé que el amor es solo un grito en el vacío, que es inevitable el olvido, que estamos todos condenados y que llegará el día en que todos nuestro esfuerzos volverán al polvo. Y sé que el sol engullirá la única tierra que vamos a tener, y - hice una pausa, y cogí aire para continuar- estoy enamorado de ti.
- Augustus - repitió, esta vez al borde de las lágrimas.
Lágrimas de emoción, supuse. Yo también tenía ganas de llorar. Porque era tal sentimiento el que me embriagaba que no lo podía soportar. Nunca había sentido el corazón tan lleno, no me extrañaría que en cualquier momento explotara de felicidad.
La miré, la miré en silencio, y ella me devolvió la mirada. Sacudí la cabeza, y miré por la ventana, porque si seguía mirando esos ojos esmeralda, moriría de amor.


Mi única intención con ésto ha sido daros a conocer este maravilloso libro, que todo aquel que se precie debería leer. Y bueno, cómo no hacerlo con uno de mis fragmentos favoritos.

2 comentarios:

  1. Me muero por ver esta película ya.

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    1. Ay, yo también. Pero en España somos unos retrasados para todo, jo, encima, cuando la estrenen, estaré fuera del país y sufro, sufro mucho.

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