sábado, 10 de mayo de 2014

Podría dibujarla mil veces, con los ojos cerrados.

Eran las tres de la mañana y él estaba despierto viendo como ella dormía en su lado izquierdo. La luz de la luna entraba por la ventana iluminándolo todo. Él tenía un boceto de ella en las manos. Ella a veces susurraba palabras incomprensibles, y movía los ojos tras los parpados de un lado al otro.
Él la observaba. Se decía así mismo que ella era preciosa, adoraba sus pecas, aquellas que formaban constelaciones en sus mejillas. Y le gustaban los tres lunares que tenía sobre el hombro derecho, formando un triangulo diminuto. Le gustaban sus pestañas, largas y oscuras. Y sus ojos castaños. Le gustaba hasta la forma de su mandíbula, perfectamente simétrica. Se perdía en sus caderas, y en sus labios finos. Aquellos que apretaba hasta formar una línea. Y le encantaban sus piernas, largas como sus ganas. Le encantaba la forma que tenía de fruncir el ceño, y que los ojos se le volviesen más claros cuando lloraba. Porque ella estaba guapa hasta cuando las lágrimas se deslizaban por su cara. Le gustaba la manera que tenía de hacerse moños, intentando ordenar su pelo, pero eran tan incontrolable como sus pensamientos. Y le gustaba la manera en la que sonreía, siempre torciendo ligeramente la comisura derecha.
Sonrío en la oscuridad. Y, se dijo así mismo que podría dibujarla mil veces, con los ojos cerrados. Se sabía de memoria cada milímetro de su cuerpo.
Ella le había salvado de la oscuridad. De sus demonios. Los había hecho desaparecer. Ahora podía despertarse a mitad de la noche, y con ella a su lado, no temía a nada.
Negó con la cabeza, maravillado por su belleza.
Se acomodó en la cama, y la abrazó. Y cuando casi ya estaba dormido, oyó de lejos como ella susurraba su nombre en sueños.




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