sábado, 10 de mayo de 2014

Porque hay que arriesgarse.

Estoy luchando, todos los días. Estoy luchando, contra el mundo y contra mi misma. Estoy luchando contra el impulso de llamarme fea cuando me miro al espejo, estoy luchando contra los pensamientos de inseguridad y de odio. Estoy aguantando las torturas de mis demonios. Y estoy ganando. Poco a poco me van liberando. Hace una semana que mi risa es verdadera, y hace tres días que mis sonrisas son sinceras. Dejo de odiarme y de ser la chica triste a ratos. Me obligo a salir, y divertirme. Me obligo a hablar, y reírme. Y la verdad, es que nunca había estado tan feliz.
Había olvidado lo que era reírse y llorar de felicidad, había olvidado lo que era salir con tus amigas y no querer volver a casa. Ya no recordaba como se sentía uno cuando formabas parte de algo, cuando no te sentías fuera de lugar. Incluso había olvidado lo que era existir para las personas. 
Y sí, sigo teniendo bajones. Porque estar de bajón es humano. Sigo mirándome al espejo, diciéndome lo horrible que soy. Sigo siendo insegura. Y sigo temiendo que mis demonios me hagan daño. E, incluso ahora, que soy feliz, sigo teniendo miedo. Tengo miedo de perderlo todo, de volver a los días oscuros, de volver a la oscuridad, y estar rodeada por mis demonios. Y, aunque a ratos, sigo volviendo a aquel lugar, porque, aún no sé el motivo, me hace sentir segura, cada vez quiero estar menos allí.
Porque he descubierto lo que significa esa luz al final del camino, o ese rayo atravesando las nubes de la tormenta. He descubierto, que a veces, vale la pena vivir. Y ser feliz.
Que ser la chica triste a ratos está bien, pero ser la chica feliz también está bien.


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