sábado, 21 de junio de 2014

Y ahora, me he dado cuenta de que he perdido lo poco que me quedaba.

No sé para qué coño me abro de par en par, si después se me cierran todas las salidas. Al menos, respiro mejor desde que nos odiamos. Desde que ya no somos nadie, solos desconocidos. Vale, lo sé, estoy mintiendo. Estoy destrozada. Bueno, quizás no es para tanto. No sé, es extraño, te echo de menos pero a la vez no te extraño. Quiero que estés a mi lado, y a la vez no quiero. Te necesito, pero a la vez me eres indiferente. Te odio, pero a la vez te quiero. Es confuso. Y no paro de darle vueltas mientras veo que ya no hay salidas. Mientras veo, que lo mande todo a la mierda, pensando que valía la pena, y en realidad, no lo valía. Pensaba que no iba a estar sola, que todo iba a ser distinto. Pensaba que podría llenar ese vacío en mi pecho, pensaba que mis heridas podrían cicatrizar con esos pedazos rotos en su interior, pero no hacen más que sangrar. Pensaba que habría gente que me necesitaría, pero ahora solo me siento un estorbo. No le importo a nadie. Y el vacío sigue en mi pecho, igual que el nudo de mi garganta. Y, ahora, me he mirado las manos y me he dado cuenta que he perdido lo poco que me quedaba, que a pesar de aferrarme a él con las uñas, lo solté. Lo solté pensando que todo iba a estar bien, y creo que esa es la peor mentira que podría haberme dicho a mi misma. Porque pensaba que todo iba a estar bien, y nada de esto se acerca a estarlo. Todo va de peor a peor, y la oscuridad me llama, y aunque no quiero volver a ella, me llama, y sé que en algún momento sucumbiré a su llamada si no hago nada para callarla. Y en el fondo, tengo ganas, tengo ganas de encontrarme con mis demonios, con mis monstruos, porque aquí nadie me necesita, y, aunque suene ridículo, ellos son los únicos que están ahí cuando los necesito, que me dan cobijo y una mano a la que agarrarme mientras me dejo llevar hacia la negrura.










jueves, 19 de junio de 2014

La niña que se odiaba a sí misma.

La niña se abraza a su madre, y le dice 'Mamá, ¿tú me quieres?' su madre la levanta y la abraza, 'pues claro que te quiero'. La niña se queda en silencio y cuando esta apunto de susurrar 'mentira' mira a su madre a los ojos y le hace una seña para que la deje en el suelo. La niña le da un beso en la mejilla y corre al aseo. Allí en el aseo, abre el grifo del agua y mira como su reflejo llora en silencio. Lágrimas saladas caen por sus mejillas, y días tristes se ven en su mirada. La niña se lava la cara, abre mucho los ojos y se echa gotas de agua, había descubierto que si se echaba gotitas de agua que caían de la punta de sus dedos al ojo no se le quedaban rojos, y nadie se fijaba en que había llorado.
'Nadie te quiere' le susurra al espejo. Y cierra de un portazo el aseo, su madre baja, asustada y cuando ella la ve le dice 'Mamá, no quiero quedarme sola' su madre la mira, preocupada y se dice a sí misma 'qué le pasará a mi hija'. La niña niega con la cabeza y dice 'Mamá, no quiero ser quién soy'. Su madre la vuelve a mirar con el ceño fruncido '¿por qué dices eso?' La niña corre hacia su habitación y pega otro portazo, su madre toca al rato la puerta pero ella se hace la dormida y su madre se marcha. Ella le da golpes a la almohada y ahoga sus gritos en ella. Ahora no sabrá cómo explicarle todo lo que ha dicho a su madre, no quería preocuparla, pero ni si quiera sirve para eso. No sirve para nada, todo le sale mal. La niña apaga la luz y se mete debajo de la cama, había encontrado el único lugar en el que se sentía a salvo, y era allí, junto a los monstruos. Ella también era una especie de monstruo, o al menos así se veía a sí misma. Se metía debajo de la cama cuando sentía que se hacía pequeña y el mundo era tan grande que asfixiaba, o cuando discutía con su madre, eso siempre funcionaba, se quedaba una hora metida debajo de la cama con la mejilla apoyada en el frío suelo, oyendo como su madre hablaba sola por toda la casa enfadada, y cuando se callaba salía y era como si nunca hubiera pasado nada. Ojala meterse debajo de la cama siempre solucionara las cosas. Pero no era así.
No quería salir de ahí, no quería volver al colegio donde todos los niños se burlaban de ella y nadie la aceptaba, no quería sentarse todos los recreos en el mismo banco mientras veía cómo todos los niños jugaban, y menos ahora, que hace unos días atrás un niño que jugaba cerca al fútbol le tiró el balón a la cabeza mientras ella estaba acostada en el banco mirando las nubes, ¡y ni si quiera se disculpó! No quería volver a oír esos apodos que le habían puesto los chicos de su clase, y menos aún quería ver a la chica que le había dicho 'si no cambias no puedes estar con nosotras, no nos gusta como eres'. A nadie le gustaba como ella era, ni si quiera a ella, pero ella era así. 'No puedo cambiar' se decía una y otra vez cerrando los ojos muy fuerte, deseando que cuándo fuera a abrirlos fuera otra persona diferente.
Su madre siempre decía 'los niños son crueles', la niña miraba a su madre y después bajaba la vista al suelo, dándole la razón con una mirada cansada. Demasiado cansada para su edad.


miércoles, 18 de junio de 2014

Te llenan el corazón de promesas, y después se marchan.

Sé poco sobre amar, pero mucho sobre doler. También sé bastante sobre perder a personas, puesto que llevo toda mi vida perdiéndolas, sé cómo se siente uno y cómo se siente de intensa la nostalgia que llega después. Y sé cómo saben todos esos momentos amargos, amargos porque por muy bonitos que fueron, se perdieron. Y, claro, empezaste a odiarlos. Odiaste todo de ellos, los odiaste más que a la propia persona que había en ellos y que se había marchado, los odiaste por no odiarte a ti mismo. Ya que dejaste que esa persona se marchara. También sé mucho sobre el odio, y cómo decía Robert Frost con aquel poema que me enamoró 'si por dos veces el mundo pareciera, creo que conozco lo bastante el odio, para decir que, en cuanto a destrucción, también el hielo es grande y suficiente'. El odio es un sentimiento muy intenso, y doloroso. Lo peor de todo es que empiezas a odiar al mundo entero, porque nadie permanece a tu lado. Y empiezas a odiarlos, a ellos, por no estar ahí cuando los necesitas, y empiezas a odiarte, a ti misma, por no ser lo que ellos esperaban, por ser tú el problema. Porque el problema no está en ellos, el problema reside dentro de ti, en tus entrañas, donde más duele. También sé mucho sobre el paso del tiempo, se hace doloroso, increíblemente doloroso, y se te queda la boca con un sabor agridulce, porque aún recuerdas todos aquellos momentos felices, pero no puedes volver a sentir aquella felicidad. Y eso jode, joder, no sabéis bien cuánto jode. Aunque, lo que más jode, es saber que esa persona ha seguido adelante mientras tu te has quedado estancada ahí, en el preciso instante en que te diste cuenta de que había pasado página y tú, con la esquina cogida y la mano temblorosa, tenías las letras emborronadas de tantas lágrimas. Y cómo os decía, sé poco sobre amar, Bukowski decía 'si tienes capacidad de amar, ámate a ti mismo primero', pero, claro, yo sé poco sobre amar, y ya ni os digo sobre amarte a ti mismo, porque el odio hacia uno mismo es más intenso, y aunque parezca extraño, es más fácil de llevar. Y claro, lo poco que sé, lo pierdo una y otra vez, cuando me llenan el corazón de promesas y tequieros, yo me esfuerzo en querer a esa persona aún sabiendo lo poco que sé sobre amar, y claro, quizás por eso nunca aprendo lo suficiente, porque, lo doy todo, y después se marchan, y me quedo sin nada.

Perdonadme éste lío de palabras, es que hoy mi mente no está muy clara.

martes, 17 de junio de 2014

Nuestro final.

No sé que es lo que más me sorprende de ti, si tu orgullo, tu egoísmo y o tu indiferencia. Actúas cómo si yo hubiera querido esto desde el principio, y sin embargo, yo estoy destrozada porque todo haya acabado así. Y nos espera un largo verano, y no sé que será de ti y de mi cuándo volvamos a vernos las caras. Quizás nunca te importé. Quizás nunca signifiqué pare ti lo que creía que significaba. Y no me intentes dejar a mi como la mala, porque yo hice todo porque te quedaras. Lo intenté una y mil veces contigo, y jamás me rendí, te busqué cuándo te encontrabas mal, y me quedé, en silencio, pero estuve ahí. Sin embargo, tú nunca estuviste ahí, y es ahora cuando me doy cuenta de todo eso. De que nunca te importé, y si lo hice, lo siento, pero nunca me lo demostraste. No sé en que momento se perdió la magia, no sé en que momento dejé atrás todo lo que eramos, todo lo que fuimos, no sé en qué momento los abrazos carecieron de sentido, y las sonrisas no fueron lo suficientemente verdaderas. Y lo siento, joder, lo siento. Pero ahora sé que yo nunca tuve la culpa de nada de esto, que estuve intentándolo hasta que me quedé sin fuerzas y se convirtió en algo imposible. Y si se convirtió en algo imposible fue porque tu no hiciste nada. Y en esto, ambas partes tienen que poner algo, tienen que esforzarse por el otro, tienen que confiar en el otro, tienen que preocuparse por el otro. Y tú nunca hiciste nada de eso, y si lo hiciste, no lo demostraste. Lo que ahora sé, es quién eres realmente. Y me duele. Me duele mucho, muchísimo. No sé en qué momento cambiamos, no sé en que momento nos convertimos en lo que ahora somos. Pero esto no es culpa mía, y no hagas como si lo fuera. Porque no, porque estoy harta de ser siempre yo la culpable. Estoy harta de que siempre haya tenido yo la culpa de que todos se hayan alejado de mi, estoy harta de echarme la culpa por estar sola. Joder, yo no tengo la culpa de nada. Soy así, y no puedo cambiarlo. Y sé que a la gente no le importa las personas cómo yo, sé que la gente cómo yo no vale la pena. Pero ésta vez, no me echaré la culpa a mi misma, esta vez no me sentiré la mala de la película, porque no lo soy. Porque yo no tengo la culpa de que todos se acaben marchando, y si la tengo, no me lo merezco. No he hecho nada para que todo esto acabara así, siempre fui yo la que más lo intentó. Y me jode darle tantas vueltas, simplemente, la vida es así. Y no puedo hacer nada para cambiar todo ésto. Las cosas suceden por un motivo. Quizás ya era la hora de separar nuestros caminos. Las personas no son eternas, nada es para siempre, nada. Y ésto, tu y yo, ha llegado a su final.
Pero, para mi esto no es el final, es solo el final de un capítulo de mi vida, ahora es la hora de otro capítulo, del comienzo de algo que aún desconozco.
Y, espero que tú también sigas adelante.


domingo, 15 de junio de 2014

Lo has perdido todo.

Le gustaba protegerse del mundo. Bajo esas mantas que espantaban sus peores demonios. Le gustaba olvidarse de todo. De todos. Le daba miedo depender de la gente, confiar en la gente. Le daba miedo la gente. Ya no se fiaba ni de su propia sombra, aquella que aparecía y desaparecía cuándo quería. Cómo todas aquellas personas que dijeron que estarían ahí y no estuvieron. En ningún momento. Las personas que realmente nos quieren nunca nos abandonan. A ella le habían abandonado todos. Había mirado hacía atrás cuándo sólo le quedaban centímetros para saltar y un poco de voluntad, y los había visto a todos retroceder, de brazos cruzados, y se había dejado caer. Se había dejado caer con el pensamiento de que no le importaba a nadie. De que nunca le había importado a nadie. Y decidió dejarlo así. Decidió no darle más vueltas. Decidió dejarse caer al vacío vacía. Sin sentimientos, sin recuerdos, sin dolor. Simplemente se abalanzó a su propia ruina. Como si eso fuera a hacer algo de todo eso más soportable. Cómo si alguien se fuera a tirar junto a ella, o a salvarla en el último momento agarrando su muñeca. Pero sólo caía y caía en ese inmenso vacío. Y, mientras caía, se preguntó, se preguntó por todas aquellas promesas, por esas lágrimas, por esas risas, esas sonrisas, y se dio cuenta de que todo carecía de sentido. Que las personas se rompen antes o después y todo deja de tener sentido. Porque, simplemente, eres tú contra el vacío. Eres tú, sin nadie a tu lado. Sin nadie que te agarre de la mano en el último segundo. Y mantienes la esperanza de que lo hagan, de significar algo para alguien. Porque, ya sabes, la esperanza es lo último que se pierde. Y cuándo te ves arrojada al vacío ya no te queda nada, ya lo has perdido todo.


viernes, 6 de junio de 2014

Café.

Le gustaba el olor a café recién hecho. Lo aspiraba, como si se tratase de oxígeno. Él sonreía cuando veía cómo se acercaba a la cafetera por las mañanas y ponía la nariz tan cerca que pensaba que algún día se la quemaría con el café recién hecho.
Mientras él se comía su tostada, la observaba, cogía una taza, echaba un poco de café y siempre siempre siempre una gota resbalaba por la taza, ella, haciendo caso omiso de aquello, le echaba un poco de leche condensada por encima, con la lengua entre los labios y el ceño fruncido, pero no echaba mucha, porque le encantaba que estuviera amargo. Después cogía la taza, y se manchaba los dedos de café, pero a penas se daba cuenta. Se sentaba al lado de él y dejaba la taza de café en la mesa, la cogía con las dos manos y se quedaba mirando por la ventana.
Él nunca supo qué miraba, se quedaba observando las nubes, en silencio, o eso creía él. Observaba el color celeste del cielo. Y el  sol proyectaba sombras en su cara, y reflejos rojos se veían en su pelo.
Entonces, pestañeaba y salía de su ensimismamiento, y levantaba la taza para llevársela a los labios y probaba el café.
- Está un poco frío. - susurraba siempre.
- Dame, yo te lo caliento - él le cogía la taza y la llevaba al microondas mientras pensaba qué había en su mente, ¿por qué pensaba durante tanto tiempo que el café dejaba de ser café de lo frío que estaba?
Y, mientras él estaba vuelto, mirando el café dar vueltas en el microondas, pensando qué habitaba en la cabeza de aquella chica, a ella, se le escapaban un par de lágrimas. Pero se las secaba rápidamente, y juntaba sus pedazos rotos para que él no se cortara con ellos cuando volviese con el café entre las manos.


El tiempo pasa, y las personas con él.

La vida pasa muy deprisa, a veces pienso, que me he saltado varias señales de stop, pero, me detengo mientras veo cómo el tiempo pasa sin pausa y me doy cuenta de que nunca hubo una. De que el mundo no se para por nadie, ni por nada.
Y he dejado atrás a personas que necesitaba, y ahora no puedo volver a por ellas. Y las he abandonado con orgullo, sin mirar hacia atrás, sin una despedida, sin un adiós, sin tan si quiera un 'hasta luego'. Y ahora, todo ese peso cae sobre mi, sobre mis hombros, cansados y desgastados. Sobre mi espalda, que ha soportado tanto dolor que ya no sabe como mantenerse derecha.
Lo cierto, es que, a veces, me paro a pensar en cómo aquellas personas me alegraban los días, me hacían reír, me soportaban, me secaban las lágrimas. Y ahora, ahora somos dos desconocidos.
He dejado a mucha gente atrás por el camino, y odio hacerlo, pero es algo que todos debemos hacer, para vivir, para seguir adelante.
Porque, el paso del tiempo no se detiene. Y, cuando tomas la decisión de dejar atrás a alguien, tienes que aceptar que solo quedaran recuerdos.
Recuerdos de sus ojos, de su sonrisa, de sus chistes malos, de sus tonterías.
Pero, ese pasado jamás volverá a ser presente, y si vuelve a serlo, no lo será igual que antes, no lo será con la misma intensidad.
Y, aunque creas que todo el peso recae sobre ti, no es cierto. Y eso es lo que me mantiene viviendo. El creer, y, aunque no estoy segura, decidme a mi misma 'tú no tienes toda la culpa'.
Porque si esa persona hubiera querido seguir en tu vida, seguiría.
Porque sí, el tiempo pasa, pero abandonarse el uno al otro, depende de ambos.
Puede que yo te dejará marchar, sin mirar hacia atrás, pero también sabes que te tendí la mano mientras caminaba hacia adelante en tantas ocasiones que perdí la cuenta, y tu nunca la cogiste.
Yo hice todo lo que pude, por no olvidarnos, por no convertirnos en desconocidos después de todo lo vivido, pero tú no hiciste nada, te quedaste con los brazos cruzados mientras veías como me alejaba, como miraba hacia atrás una y otra vez hasta que dejé de hacerlo. Y eso, saber que yo hice todo lo que pude para que tu siguieras a mi lado, es lo que evita que me caiga a pedazos.

martes, 3 de junio de 2014

Porque solo sé ser doliendo.

Hay momentos en la vida que te marcan. Que te hacen decir basta.
Quizás no tenga que luchar contra mis demonios, quizás ellos tienen que ser mis amigos, quizás solo es cuestión de hacerles creer que me tienen entre sus garras, y que jamás podré escaparme de ellos. Hacerles creer que soy feliz en las sombras. Que soy feliz con ellos a mi lado. Quizás así bajen la guardia, y dejen de apretarme el pecho con esa maldita cuerda que me tiene atada, quizás así dejen de toquetear mi corazón, y de meterse en mi cabeza para hacerme creer que he dejado de estar cuerda. Porque, sé, que en el fondo, soy lo suficientemente fuerte para combatir contra ellos. Solo tengo que ser más lista, más audaz.
Pero claro, esa es la parte fácil. Lo más arduo de todo será la tentación. Porque el fuego del infierno me puede hacer caer, porque puedo sucumbir a la oscuridad y convertirme en nada. Porque, quizás, no soy lo suficientemente fuerte, y me haga realmente amiga de mis demonios. Quizás, en el fondo, me gusta que me toqueteen el corazón, y que me presionen la garganta, convirtiendo mi mundo en un nudo imposible de desatar, quizás, en realidad, no esté totalmente cuerda, y quizás me guste el dolor que me producen sus garras, agarrándome fuertemente, hundiéndome sus zarpas, mientras gotitas escarlata se deslizan por mi piel. Porque a fin y al cabo, es el dolor el que me hace seguir respirando, el que me da fuerzas para seguir avanzando.
Entonces, la cuestión reside ahí, porque no sé cual es la opción correcta, porque ninguna de las dos es fácil, porque puedo sucumbir y dejarme llevar, o puedo luchar. Pero si lucho, ¿quién me asegura que será fácil vivir sin dolor?
Porque, la cosa está en que yo, sólo sé ser doliendo.