domingo, 15 de junio de 2014

Lo has perdido todo.

Le gustaba protegerse del mundo. Bajo esas mantas que espantaban sus peores demonios. Le gustaba olvidarse de todo. De todos. Le daba miedo depender de la gente, confiar en la gente. Le daba miedo la gente. Ya no se fiaba ni de su propia sombra, aquella que aparecía y desaparecía cuándo quería. Cómo todas aquellas personas que dijeron que estarían ahí y no estuvieron. En ningún momento. Las personas que realmente nos quieren nunca nos abandonan. A ella le habían abandonado todos. Había mirado hacía atrás cuándo sólo le quedaban centímetros para saltar y un poco de voluntad, y los había visto a todos retroceder, de brazos cruzados, y se había dejado caer. Se había dejado caer con el pensamiento de que no le importaba a nadie. De que nunca le había importado a nadie. Y decidió dejarlo así. Decidió no darle más vueltas. Decidió dejarse caer al vacío vacía. Sin sentimientos, sin recuerdos, sin dolor. Simplemente se abalanzó a su propia ruina. Como si eso fuera a hacer algo de todo eso más soportable. Cómo si alguien se fuera a tirar junto a ella, o a salvarla en el último momento agarrando su muñeca. Pero sólo caía y caía en ese inmenso vacío. Y, mientras caía, se preguntó, se preguntó por todas aquellas promesas, por esas lágrimas, por esas risas, esas sonrisas, y se dio cuenta de que todo carecía de sentido. Que las personas se rompen antes o después y todo deja de tener sentido. Porque, simplemente, eres tú contra el vacío. Eres tú, sin nadie a tu lado. Sin nadie que te agarre de la mano en el último segundo. Y mantienes la esperanza de que lo hagan, de significar algo para alguien. Porque, ya sabes, la esperanza es lo último que se pierde. Y cuándo te ves arrojada al vacío ya no te queda nada, ya lo has perdido todo.


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