viernes, 22 de agosto de 2014

Porque estás triste y no quieres hablar de ello.

Estaba sentada en las escaleras de aquel parque, donde siempre solíamos encontrarnos. Mirando a ambas direcciones, intentando verlo venir desde lejos, esperando encontrarme con una de sus sonrisas. 
Me tocó el hombro, y le miré. Allí estaba él, con su sonrisa, aquella que me hacía feliz nada más verla y sus ojos esmeralda. Pero había algo en él que no cuadraba. Últimamente había algo en él, parecía distinto.
Se sentó a mi lado, le dediqué una sonrisa y ambos miramos el parque lleno de niños. En silencio. Estuvimos así durante unos minutos, hasta que me decidí a romper aquel silencio.
- Quiero que me lo cuentes.
- ¿Qué te cuente el qué?
- Lo sabes de sobra, Edgar.
- No, no lo sé.
Le miré a los ojos. Y respiré hondo.
- Joder, Edgar, suéltalo ya de una vez. Me estás matando.
Él miró el suelo, y después giró la cabeza hacía otra dirección. Me levanté frustrada.
- ¿Sabes lo difícil qué es ser tu amiga?
Me miró a los ojos, y se encogió de hombros, molesto.
- ¿Por qué? ¿Por qué no le cuento mis problemas a nadie?
- No - dije cansada. Me senté de nuevo a su lado y me miré las manos-. Porque estás triste y no quieres hablar de ello.
Hubo un silencio. Edgar se inclinó hacia adelante y se pasó la mano por el pelo, aquel pelo cobrizo que tantas veces le había alborotado.
- No puedo.
Suspiré. Este chico era idiota.
- Mira, Edgar, yo solo quiero que estés bien. Quiero que vuelvas a ser el mismo de antes. Aquel que se reía, y que sonreía, que sonreía de verdad. Y solo quiero ayudarte. Pero no me dejas. Y no voy a ver cómo te hundes sin poder hacer nada al respecto.
- Pues márchate.
- Eres un egoísta de mierda- le solté-. ¿Te crees que yo no lo he pasado mal?
- Claro que lo has pasado mal. 
- Sí, y tu no hiciste nada. No hiciste nada porque pensaste que me iba a molestar. Ese es el problema, que te quedaste ahí, sentado, viendo cómo me hundía día tras día. Joder, lo que hubiera deseado que mi mejor amigo hubiera estado ahí. Te necesitaba a mi lado, Edgar. Y tú solo pensabas en ti mismo y en tus problemas. Y yo te necesitaba, pero seguí adelante. Sola. Y no veas lo mucho que dolió. Me sentía malditamente sola, cómo si no hubiera nadie en este mundo a quién yo le importara. Y tu hacías cómo si nada, como si todo siguiera igual, cómo si no hubiera cambiado nada. Te necesitaba y no te pedí ayuda. Porque pensé que no te importaba, que no te importaba una mierda. ¿Y sabes qué? Me da igual que seas un egoísta. Soy tu amiga, tu mejor amiga, y aunque tu no estuviste cuándo más te necesité...yo no voy ha hacerte eso, no me voy a quedar aquí sentada viendo cómo te hundes, así que, me vas a tener que contar qué te está pasando.
Edgar hundió sus ojos en los míos.
- Lo siento. Lo siento muchísimo.
- Está superado, Edgar.
- Tendría que haberte ayudado, tendría que haber estado ahí. Y no estuve, jamás me lo perdonaré.
Se echó las manos a la cara y empezó a llorar. Joder. Le abracé hasta que dejó de sollozar.
- Suéltalo ya, Edgar. Lo hará menos doloroso.
Se secó las lágrimas con el puño de la manga y empezó a contarlo.



3 comentarios:

  1. Hola! Te nominé a los premios Liebster en mi blog (escrilectores.blogspot.com) Saludos!

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  2. Me ha encantado que nos leamos :)
    Las personas cambian y de alguna manera tenemos que cambiar con ellas. Supongo que la vida es algo así, no sé. Tener que evolucionar con otras personas y es bonito, en serio.

    Seguiré dando vueltas por aquí :)

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