martes, 30 de septiembre de 2014

Última carta.

Te miraría a los ojos y te preguntaría.
¿Por qué lo has hecho?

Por qué te has rendido conmigo, por qué lo has lanzado todo a aquel precipicio. Absolutamente todo.

¿Por qué lo has hecho?

Por qué has decidido esto. Recuerdo que un amigo, al que le faltan unos cuantos veranos, me dijo, no puedo pensar en ti sin pensar en ella. Y yo eché la cabeza para atrás y me reí. Me reí porque yo tampoco me imaginaba un yo sin ti.

¿Tú te lo imaginaste?

Me gustaría saber si te lo imaginaste ese mismo instante en el que te escribí por última vez, y tú... no respondiste. Tú nunca respondes, y yo siempre soy la que dice la última palabra. Cuando quiero que seas tú quién me diga lo que piensa, lo que piensa de todo esto, quién me diga por qué lo has hecho. 
Creí que una amistad cómo la nuestra iba a ser eterna. Pero yo soy la que siempre decía todo en la vida se acaba, antes o después, pero se acaba.

¿Cómo has seguido adelante a pesar de todo?

Es lo que más me cuesta entender. Cómo sigues adelante cuando dicen mi nombre, cómo sigues adelante cuándo pasas por aquella cafetería que hace esquina. Cómo sigues adelante cuando ves todas las fotografías que nos hicimos, cómo sigues adelante cuando lees todo lo que te escribo.

¿Cómo lo haces?

Porque yo no puedo. Y te he dicho adiós tantas veces que se ha convertido en una forma de no irme nunca. Y no sé como despedirme, cómo decirte adiós, de verdad, ya sabes, y seguir, continuar. Mirar a otro lado al pasar por aquella esquina, hacer de oídos sordos cuándo escucho tu nombre, quemar todas las fotografías en las que salimos, y dejar de escribirte.
Creo que, cuando deje de escribirte... será ese el momento en el que realmente haya seguido adelante.
Y después de haberte dicho adiós miles de veces, de haber escrito que me iba en tantas ocasiones que perdí la cuenta.
Demasiadas veces de las que soportaba.
He llegado a la conclusión de que para que sea realmente una despedida,
no me tengo que dirigir a tu corazón,
sino al mío.
Así que,
adiós a mi,
adiós a mi contigo.

Adiós.

Te echará de menos,
tu mejor amiga.

Inspirado en Adiós - Sara Bueno.

domingo, 21 de septiembre de 2014

¿No te duele?

Has jugado a no echarme de menos, a olvidarme.
Despacito.
Sin que yo me diera cuenta.

Y hoy en día,
a penas parece que me recuerdes.

Y duele.
Joder.
Cómo
duele.

Te veo,
tu a mi no,
pero
te veo.

Y se me rompe el pecho,
te echo de menos.

Creo que no puedo,
que no puedo seguir con todo esto.

Solo necesito que me digas cómo hacerlo.
¿Cómo lo has hecho?

Cómo has salido a delante,
a pesar de los recuerdos,
cómo has seguido adelante,
a pesar de todo lo que vivimos.

Me duele.
Yo no soy como tu.
No sé como hacerlo.
No sé cómo no echarte de menos.
No sé como seguir adelante,
a pesar de los recuerdos.

¿No te duele?
Cuando pasas delante de la cafetería
que hace esquina.
Cuando miras tus libros
de la estantería.
Cuando tocas el piano
susurrando la melodía.
Cuando sales ha hacer
fotografías.
Cuando escuchas nuestras canciones
compartidas.
Cuando oyes a la gente hablar
de lo que nos unía.
¿No te duele?

A mi me mata.
Me duele tanto
que
me
mata.

Sólo necesito que me digas como lo has hecho.
Sólo quiero que me cuentes,
cómo hacerlo,
para no echarte de menos.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Seguir adelante.

No quiero verte. No quiero buscarte.
No quiero recordarte.
Pero eso no cambia nada.
Porque te sigo viendo, te sigo buscando.
Y te sigo recordando.
No sé cómo salir de esto. ¿Por qué? ¿Por qué es tan jodidamente difícil todo contigo?
¿Por qué no puedo olvidarte y seguir adelante?
La duda me está matando.
Me estás matando.
Solo... quiero olvidarme de olvidarte y empezar a hacerlo realmente.
Porque no puedo.
No puedo.
No.
Todo me recuerda a ti. Todo.
Los libros, la música, el piano, la cafetería de la esquina, los columpios de aquel parque.
Fuiste demasiado importante para mi, y, joder, no sabes cuánto me duele hablar en pasado.
Y ¿sabes? Solo quiero seguir adelante.
De la misma manera en que tú lo has hecho.
¿Por qué tu puedes continuar y yo me tengo que quedar estancada en ese preciso instante en el que todo cambió?
¿Por qué?
Sólo... quiero poder ser un poco egoísta, ya sabes, dejar de pensar en ti y empezar a pensar en mi.
¿Por qué tengo que ayudar a todo el mundo?
¿Por qué tengo que arreglar a todo el mundo?
¿Por qué?
Si nadie hace nada por mi ¿por qué tengo que darlo todo yo por los demás?
No lo entiendo, no entiendo por qué soy así.
Y ¿sabes? solo me gustaría ser un poco más conmigo misma como soy con los demás.
Seguir adelante, y olvidarte.


martes, 16 de septiembre de 2014

Me voy.

Si estás leyendo esta carta, significa que me he ido, así que... léela despacito.

Me voy,
y esta vez no es para buscarte.

No puedo seguir torturándome,
porque tu recuerdo me está matando, poco a poco, cada noche, cada madrugada.

Porque te veo cuando no veo nada,
cuando mantengo los ojos cerrados.
Cuando salgo a la calle,
en esa cafetería que hace esquina,
en mis libros, en la estantería.
Te veo frente a mi piano,
tocando, despacito, cada tecla y susurrando entre tus labios la melodía.
Te veo en las fotografías que he quitado de mi vista,
porque aunque ya no estén ahí,
siento me pertenecen, que te pertenecen, que nos pertenecen.
Y siguen abriéndome la piel a cuchillazos.

Tú, agarrándome de la mano,
sonriéndome de lado.
Tú, abrazándome con los labios,
secándome las lágrimas despacio.
Tú.
      Tú
             Tú.

Estás en todas partes,
y esto me está volviendo loca.
A veces creo que te veo y tengo que pestañear y volver a mirar.
Y, entonces... no estás, y no sé que me mata más.

Me tengo que marchar,
por mucho que me duela el pecho al mirar atrás.

Me voy, para no buscarte,
para encontrarme.
Me voy, para olvidarme de olvidarte.

Porque yo también puedo seguir adelante ¿sabes?
O al menos, eso es lo que pienso hacer.

Me voy,
y esta vez no es para buscarte.


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Las palabras no son nada si tú no haces nada.

A veces, me siento tan sola. Tan jodidamente sola.
Lo he intentado, lo he intentado de mil maneras. Pero no hay ninguna forma. Me sigo sintiendo sola. Es como si, sintiera que no le importo a nadie. Como si realmente no le importara a nadie. Quizás es verdad, quizás a todos les doy igual. Pero, lo que me jode, es que dicen que siempre estarán ahí.
'Para lo que necesites aquí estaré'.
Sí, ya, entonces... ¿dónde estás? ¿Por qué no me preguntas 'cómo estas'? ¿Por que no te preocupas lo más mínimo por cómo me siento?
Estoy harta. La gente solo sabe hablar, pero ninguno da un paso más. No actúan. Todo se queda ahí, reflejado en simples palabras.
Y yo sé mucho sobre palabras, y sé que las palabras no son nada si tú no haces nada.
Y estoy harta.
Solo... quiero importarle a alguien. Que alguien se preocupe lo más mínimo por mi para preguntarme cómo estoy, y que, realmente le importe saberlo.
Solo quiero, pasión, no sé. Que alguien me demuestre que realmente está ahí. Que me haga reír, que me saque a dar una vuelta, y me cuente alguna gilipollez.
Y que me diga que todo va estar bien.
Porque sí, soy una persona, tengo sentimientos, aunque no lo creáis.
Porque pensáis que yo soy distinta, que soy fuerte, que soy valiente, que siempre salgo adelante.
Vosotros no sabéis una mierda sobre mi.
No sabéis nada.
Y no os importa nada.
Os creéis que lo sabéis todo, y no sabéis ni la mínima parte.
Ni si quiera sabéis diferenciar cuando estoy bien a cuando estoy mal.
Y estoy harta.
Solo... quiero que alguien vea cómo soy, como estoy realmente, y que me ayude a seguir adelante.
¿Es demasiado?

jueves, 4 de septiembre de 2014

Siempre he pensado que los psicólogos están locos.

Hace 6 meses atrás.
Estoy gritando en una silla, está acolchada, es de tercio pelo negro. Hay una mujer delante, ni si quiera recuerdo su nombre, me mira y me dice que no puedo seguir adelante, y que si no puedo, es porque no quiero.
Esa tía está jodidamente loca. ¿Cómo no voy a querer salir de este pozo sin fondo?
Pero la miro. Y las lágrimas se me escapan, y grito. Pero nadie escucha el sonido que sale de mi garganta. Y la mujer pestañea y me da unos pañuelos.
No quiero tus sucios pañuelos.
Le sonrío y cojo los pañuelos, me seco los ojos y le sonrío de nuevo. Lo hago porque ella no deja de sonreír ni un instante. A lo mejor así cree que soy normal.
Tengo que salir de aquí.
La mujer da un golpe en la mesa con los papeles que ha sacado de la impresora, me mira, sonríe, y me los ofrece.
Sonríe tanto que da miedo. Ella es la que está loca, joder. 
Siempre he pensado que los psicólogos están locos.
Los cojo.
- Esto es para que lo hagas, nos veremos la próxima semana, tenemos cita el miércoles, no lo olvides, e intenta ser positiva - me grita mientras cierro la puerta.
Suspiro. Estoy en el pasillo. Por fin he salido de ese infierno.
No entiendo por qué estoy aquí. 
Cojo el ascensor, me miro al espejo mientras el numero rojo desciende.
Planta 3.
Que cara más horrible tienes. Nadie va a quererte jamás.
Planta 2.
Por Dios, estás sola. Malditamente sola. Nadie te quiere a su lado. ¿No te das cuenta?
Planta 1.
Deja de mirarme, estúpida. Que eres una gilipollas, inútil.
Planta baja.
'Intenta ser positiva' pongo los ojos en blanco como si fuera tan difícil.
Cruzo el pasillo y abro la puerta. En la calle todo sigue exactamente igual que hace una hora.
'Nos veremos la próxima semana' pienso con sorna Ni en sueños, loca.
Miro el fajo de papel, hay letreros 'Test de depresión', 'Test de Autoestima', 'Test de expresión social'.
Sonrío, me acerco a la basura y tiro todos los papeles.
Esa tía está loca.  
Y encima me trataba como si fuera yo la que tenía problemas, será estúpida.

Esmeralda.

Me gustaría hablarte de lo bonito que son tus labios, de lo mucho que me pierden, de esa forma tan peculiar que tienen. Me gustaría contarte los miles de sueños que he tenido con tus ojos verdes. Ese esmeralda, tan puro, tan devastador. Ese que me ha mirado en la oscuridad, hablándome, porque sí, tus ojos me hablaban, aunque a veces me cuestionaba que quizá era tu alma. (Ya sabes eso que dicen de que los ojos son el reflejo del alma).
Aquellos ojos tristes, perdidos, náufragos.
Aún los sigo recordando cuando me despierto y siento una presión en el pecho.
Ahí donde tu descansabas, donde te apoyabas mientras me contabas tus temores, tus miedos.
Podría decirte lo mucho que te quise, y lo mucho que te quiero. Porque aún lo sigo haciendo. Y sé que esto no te dirá nada, tan solo son palabras, desvaríos de un alma que no sabe cómo expresarse a través de la mirada.