domingo, 26 de octubre de 2014

Pegué un puñetazo a la pared y me sequé las lágrimas.
- Es que me da mucha rabia - le grité.
- ¿Pero por qué? ¿Por qué te sigue importando?
- Porque no puedo evitarlo, Edgar.
Me senté en el suelo y me abracé las rodillas, las lágrimas caían por mis mejillas dejando surcos tras ellas. Edgar se sentó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro.
- No sé porque sigue importándote, Jenna.
- Yo tampoco lo sé.
- Tienes que seguir adelante. Mandarlos a todos a la mierda. Dejar de llorar por gente que no merece tus lágrimas.
Se enderezó y me cogió la cara entre las manos, y con los pulgares me secó las lágrimas, que aún así siguieron cayendo.
- Me duele, Edgar, aquí - me señale el pecho, y me lo aplasté con las manos abiertas intentando en vano que no doliera tanto.
- Mírame - musitó.
Levanté los ojos hasta sus pupilas azules.
- Tu ya has hecho suficiente, has hecho todo lo que has podido. Deja de torturarte. Deja de sentir que no ha sido suficiente. Eso es lo que quieren, que te sientas así.
- Me da rabia, me da mucha rabia.
Me deshice de su abrazo y crucé los brazos.
- Piensan que no me importan, cuando han sido lo más importante para mi durante todos estos meses. He llorado tantas veces, me ha dolido tanto, y por una puta vez en la que me siento feliz, tienen que joderlo. Me da tanta rabia. Porque no se merecen ni una de mis lágrimas, y aún así, aquí estoy, llorando como una jodida inútil. Quiero que deje de dolerme, quiero mandarlos a todos a la mierda. Quiero que dejen de importarme. Odio sentirme así por gente que no merece la pena. Porque me importan, y no sé lo merecen. Y me da tanta rabia.
- Eh, Jenna. Si hay una edad para ser egoísta es esta. Coge el timón, cambia de rumbo, y tíralos a todos por la borda.




viernes, 24 de octubre de 2014

Aún te importa.

Él le mira con una sonrisa tensa, y apoya su mano sobre la suya. Ella pestañea, y posa la mirada en la del chico.
- Quiero que lo admitas- dice él.
Ella mira al exterior, donde está lloviendo y la gente corre tapándose con lo que puede. Aprieta los labios.
- ¿El qué? ¿Qué es un capullo integral?- musita con voz cortante.
- Que te duele- susurra él despacio.
- No me duele.
- Sí.
- No.
Él se pasa una mano por el pelo y suspira exasperado.
- ¿Quieres admitirlo de una vez? Te duele.
Ella lo ignora, coge la taza de café y le da un sorbo. Se mira las uñas, mordidas. Y mira hacia otro lado, disgustada, ella nunca se había mordido las uñas.
- No. me. duele - dice, separando las palabras.
- Joder, Jenna. ¿No te duele? Ah, entonces no entiendo porque escuchas la misma canción una y otra vez, por qué te muerdes las uñas, y tienes todas esas fotografías escondidas en el cuarto cajón de tu mesita de noche, y siempre que me llamas para hablar nos encontramos en el mismo lugar y nos sentamos frente a la misma ventana de siempre, siempre pides lo mismo, y miras a los demás buscando a alguien. Yo no soy él, Jenna, deja de engañarte, y admítelo.
Se inclina hacia ella, le mira a los ojos, y articula con los labios 'te duele'.
- Joder, Edgar, no me duele, simplemente lo estoy superando.
Él levanta una ceja y la mira impasible.
Ella levanta las palmas de las manos, y pone los ojos en blanco.
- Vale, me duele ¿y qué?
- Significa que aún te importa.
- Y una mierda, Edgar, ese tio era un capullo integral, ya no me importa.
- ¿Entonces por qué te duele?
Ella vuelve a apretar los labios, le mira disgustada, toma un sorbo de su café y mira a la calle mientras se muerde las uñas, y entonces, se da cuenta de que le está buscando entre la gente.
Claro que le importa.
Le importa, aún le importa.
Y por eso le duele.
Vuelve a mirar a su amigo y frunce el ceño.
- Eres insoportable, que lo sepas, Edgar.
- Por eso me quieres.
Le sonríe, y ella le devuelve la sonrisa.
Pero ambos saben que ella no sonríe de verdad.
Que le duele demasiado como para hacerlo.


Duele.

No tengo mucho que contar, he cambiado de canción, creo que eso es bueno.
Me siento bien conmigo misma, a ratos.
La cuestión es que parece que todos se han olvidado de lo mucho que me cuesta, de lo difícil que me es sonreír, ser feliz.
Siento que estoy retrocediendo, que no sigo adelante.
Todo ha vuelto a ser como antes.
La gente parece olvidarme, y yo siento que vuelvo a ir de la mano de mis demonios. Como si ellos fueran los únicos que me proporcionaran cariño, y eso fuera lo único que necesitara.
A veces, cuando nadie mira, vuelvo a ser yo misma, ya sabes, la de antes.
A veces, por las noches, cuando me ducho, me da por llorar a mares. Y grito, y le doy golpes a la pared del baño. Creo que nadie me oye.
Duele mucho ¿sabes?
Duele demasiado.
En el pecho.
En lo más profundo.
Cómo si alguien me estuviera agarrando el corazón con un puño.
A veces tengo noches malas, y me quedo mirando el techo durante horas, y me acurruco en posición fetal en el lado izquierdo de la cama, como si fuera demasiado pequeña para este mundo demasiado grande, y dejo que las lágrimas bañen mis mejillas en silencio, y el sabor salado de éstas me calman, y así, me quedo dormida.
Hay otras veces, que me duermo al instante, pero me despierto a mitad de la noche con un nudo en la garganta y la respiración agitada.
Me duele, y es algo que la gente no entiende.
Ellos solo ven que sonríes, y dan por supuesto que estás bien.
¿Cómo no pueden darse cuenta de lo jodida que estoy?
Necesito a alguien, aquí, a mi lado.
Me he quedado completamente sola.
Y me duele.
Me duele mucho.
Y eso me está consumiendo.


miércoles, 22 de octubre de 2014

Ha llegado.

Me tiemblan las manos, las escondo sobre la mesa. Miro a mi alrededor, es una salita un tanto fría, demasiado blanca, demasiado uniforme. El doctor llama mi atención carraspeando, lo miro y saca dos fotos. Desvío la mirada hacia ellas, son fotos mías, de hace unos meses.
Me sudan las manos, y me las seco sobre los vaqueros.
- No sé cómo voy ha hacerlo - me dice, mirándome a los ojos.
Yo no quiero mirarle, así que miro a mi madre, que entrecruza los dedos sobre la mesa mientras frunce el ceño y mira las fotos.
- ¿Por qué lo dice, Doctor? - susurra ella.
Deslizo la mirada sobre el doctor. Más que doctor podría considerarlo como alguien más de la familia. Ha envejecido, me digo, le han salido entrantes, y canas a los lados, pero sigue teniendo esa sonrisa que irradia esperanza. Una sonrisa muy bonita, me digo.
Ojala yo también la tuviera así.
- Sé que quieres empezar el tratamiento de los brackets, pero verás, no sé como hacer esto contigo - me mantiene la mirada seriamente.- Tengo miedo, porque tus dientes son demasiados delicados, por la insuficiencia de esmalte y todas las capas que llevas en ellos estéticamente, no sé, tengo miedo de que al ponerte los brackets me pueda llevar tus dientes. He visto una mejora en ti, de verdad, sé que te estás esforzando. Pero entiéndelo, a pesar de todo, esa enfermedad sigue ahí, en tu boca. Y la hace tan delicada. He consultado al extranjero, y te voy a hacer los brackets a medida. Además, quiero que pongas de tu...
Dejo de escucharle. Recuerdo cómo tuvimos que venir a Murcia porque en el pueblo ningún dentista sabía lo que me pasaba. Recuerdo la primera vez que busqué el nombre de mi enfermedad en internet... me sentí tan mal. Tan horrible conmigo misma. Recuerdo que me metí al aseo a llorar hasta que se hizo de noche. Recuerdo como los niños se burlaban de mi en el colegio. Tengo una carpeta en el portátil con el nombre de la enfermedad y con todos los casos que he conseguido recopilar desde que tenía 9 años, que la verdad, no son muchos. Y todos acaban tan catastróficamente mal.
Trago saliva, y pestañeo para evitar las lágrimas.
El doctor está esperando una respuesta, le miró, no sé lo que ha dicho, así que sonrío y asiento.
- Sé que esto solo son más que problemas, problemas que nos vamos a ir encontrando poco a poco, pero, eh, - sonríe, con esa sonrisa esperanzadora tan característica de él, supongo que los doctores aprenden con la práctica a infundir esperanza- no nos vamos a rendir. Piensa que llevas viniendo aquí desde hace más de 10 años, y cada vez que has venido, nos hemos encontrado con un problema, y siempre lo hemos superado. Y vamos a superar esto ¿vale? Voy ha hacer todo lo posible para que tengas una sonrisa preciosa y superes esta batalla, ya sabes que eres mi paciente favorita.
Le sonrío, lleva diciéndome eso más de 10 años. Recuerdo lo mucho que lo odié la primera vez que lo vi, tenía 4 años, y él tenía unas manos muy fuertes que me hacían daño, recuerdo que lo odiaba porque hacía llorar a mi madre.
¿Cómo pude odiar a este hombre? Él siempre hizo todo lo posible por mejorar mi sonrisa, por mejorar mi autoestima, él siempre me dijo que era una de las niñas más valientes que había conocido, y que por eso, era su paciente favorita.

Sí, ha llegado, ha llegado el día que llevo esperando toda mi vida, mañana me van a poner los brackets, deseadme mucha suerte, y ojala llegué el día en el que, realmente, supere esta batalla.


domingo, 19 de octubre de 2014

It's sad when people you know become people you knew
when you walk right past someone like they were never a big part of you life
how to used to be able to talk for hours, and now can barely look at them
it's sad how time changes

Me senté en el banco en el que tú y yo solíamos sentarnos. Suspiré y miré a ambos lados. Descansé mi mirada en ojos ajenos, buscando los tuyos aunque sabía que no iba a encontrarte hasta dentro de unos minutos.
Justo cuando las campanas sonaron en la iglesia de al lado, tú saliste por aquella puerta.
Ibas sonriendo, empujaste a un chico y te burlaste, él sonrió y se despidió con la mano. Te giraste y seguiste andando. Tu pelo se mecía con el viento, esa melena cobriza que tantas veces había acariciado, incluso recuerdo ese olor que desprendía. Te cogiste las solapas de la chaqueta e intentaste abrigarte, y sonreíste al hacerlo. Cruzaste la calle después de mirar a ambas direcciones. Vi como posabas la mirada en la pareja de enfrente, y en sus manos entrelazadas. Frunciste el ceño, y suspiraste. Y casi en un acto reflejo tu mirada se desvío hacia el banco en el que estaba sentado. Nuestras miradas se encontraron, y entonces tú... miraste a otra parte.
Pestañeé para evitar las lágrimas.
Y me dije que ese sería el último día que te esperaría (tal y como había hecho todos los demás días).


miércoles, 15 de octubre de 2014

Despacito.

Hace ya varios meses que te escribí con la misma canción sonando de fondo despacito lento bajito.
Te dije que me gustaría encerrar todos los recuerdos en una caja y poner distancia.
Y, aún sigo queriendo hacer aquello.
Tengo tantos recuerdos que a veces tengo que cerrar los ojos y respirar hondo y huir huir de todos ellos.
Recuerdo tu pecho ascendiendo y descendiendo lentamente.
Te recuerdo boca abajo, con tu espalda pálida totalmente desnuda entre las sábanas blancas.
Recuerdo cómo te besaba primero el lunar de tu hombro derecho y después el lunar en la cuarta vértebra.
Tu temblabas, y abrías los ojitos despacito cómo si se te fuera la vida cómo si se te fuera el sueño y tú quisieras agarrarlo con los párpados.
Y te sonreía las comisuras de tus labios eran un reflejo de las mías y te dabas media vuelta y me mirabas.
Y despacito te besaba tu contenías la respiración y soltabas el aliento cuando me apartaba como queriendo no decir un quédate aquí.
Acariciaba tu nariz con la mía y después descansaba la mejilla en tu pecho mientras oía como tu corazón latía.
Los rayos del sol entraban por la ventana abierta junto con el olor a lluvia de la tormenta que habíamos desatado aquella noche en esa cama.
Te quería
joder
que si te quería.
Ahora por las mañanas cuándo los rayos del sol entran a trompicones por la persiana echada echo de menos el olor de la lluvia de nuestras tormentas desatadas.
Y te echo de menos.
Echo de menos aquel lunar en tu hombro izquierdo echo de menos darte aquel beso que te hacía temblar justo en la columna vertebral en la cuarta vértebra para ser exactos.
Sí, es verdad, conté tantas veces las vértebras de tu espalda mientras tú dormías, que perdí la cuenta.
Y te echo de menos,
echo de menos aquel beso
de
buenos días.
Echo de menos tu pecho
donde me acomodaba y era
la persona
más feliz.

Y que sí
de verdad
nadie va
a quererte
como yo te quise.

Nadie va a besarte
como yo lo hice.

Nadie te extrañará
como yo te escribo.


viernes, 10 de octubre de 2014

Vacía.

Voy a ser sincera.
Me siento como una mierda, cómo una jodida imbécil. Estoy llena de rabia y tristeza, es cómo una mezcla que me oprime la garganta y me aprieta el pecho.
Huyo a mi habitación, cierro la puerta, y me derrumbo, cómo si no hubiera nadie en este jodido mundo que me pudiera sacar de esta mierda.
Lloro, y me aprieto el pecho, y me aprieto el estómago, siento un  vacío en mi interior que es asfixiante, tan doloroso que hace que todas mis entrañas tiemblen, y las lágrimas se deslizan por mis mejillas mientras me doblo por la mitad a causa del dolor que me invade y grito y me muerdo para callar mis aullidos.
Después, cuándo la tristeza se desvanece, aparece la rabia, una rabia hacía mi misma, tan fuerte, tan increíblemente devastadora que siento que voy a morir. Y doy patadas, puñetazos, me araño a mi misma intentando en vano acabar con todo esto.
Pero no acaba, no para. Y estoy harta. Estoy harta de sentirme así.
Tan jodidamente mal.
Tan jodidamente rota.
Y he intentado abrirme, explicar cómo me siento, pero la gente no me toma en serio. Y a los que sé que me van a tomar en serio no se los he dicho porque siento que diciéndoselo el dolor va a ser más real.
Pero aún así, aunque me explique nadie me va a llegar a comprender.
Nadie comprenderá este vacío que hay en mi, esta rabia que me mata por dentro, que duele tanto que parece que unas garras me estén arañando desde dentro, y nadie entenderá la tristeza, tan dura, tan pura que me consume, hace que me caiga a pedazos, que me desmorone.
Y estoy harta.
Sólo... quiero salir ya de toda esta mierda.

domingo, 5 de octubre de 2014

Tenía la tristeza triste.

Esa mujer se sentó
y dijo
¿de verdad eres Charles Bukowski?
y yo dije
olvídalo 
no me encuentro bien,
tengo la tristeza triste.

Tenía la sonrisa triste, ¿sabéis? No sé muy bien cómo explicarlo con palabras, y eso ya es decir mucho. Simplemente, tenía la sonrisa triste. La felicidad no le llegaba a los ojos. Y dolía verle así.
Por las noches, en sueños, susurraba cosas horribles, cosas demasiado tristes como para escribirlas. Y mientras lo escuchaba hablar, él me buscaba con las manos, dormido, y cuándo me encontraba, me abrazaba, fuerte, muy fuerte. 
No te vayas susurraba.
Hubiese hecho cualquier cosa para meterme ahí, en sus sueños y decirle jamás lo haré.
Me gustaba besarle todos los lunares de la espalda, y escribirle poemas que al fin y al cabo no decían mucho más que te quiero. 
Se los recitaba despacito, y él siempre me callaba entre verso y verso con un beso. Recuerdo que me enfadaba muchísimo cuándo hacía eso. Nunca llegaba a terminar de recitar poesía, porque acabábamos diciéndonos te quiero. Que al fin y al cabo, era lo que querían decir todos esos versos. 
Él me entendía hasta cuándo estaba en silencio. Me besaba la punta de la nariz cuándo tenía frío y se reía porque fruncía el ceño y temblaba. 
Siempre temblaba con sus besos.
Cuándo llegaba la noche. Él volvía a susurrar todas esas cosas, y gritaba. Y yo le abrazaba, y le decía siempre estaré a tu lado.
Él se calmaba, y yo le besaba los párpados.
Susurraba, y le besaba los labios. 
Y así, me dí cuenta de que tenía la tristeza triste. Cómo aquel poema de Bukowski.
Pero aún así yo le quería.
Y hubiese hecho cualquier cosa para meterme en sus pesadillas y matar a todos sus monstruos.