miércoles, 22 de octubre de 2014

Ha llegado.

Me tiemblan las manos, las escondo sobre la mesa. Miro a mi alrededor, es una salita un tanto fría, demasiado blanca, demasiado uniforme. El doctor llama mi atención carraspeando, lo miro y saca dos fotos. Desvío la mirada hacia ellas, son fotos mías, de hace unos meses.
Me sudan las manos, y me las seco sobre los vaqueros.
- No sé cómo voy ha hacerlo - me dice, mirándome a los ojos.
Yo no quiero mirarle, así que miro a mi madre, que entrecruza los dedos sobre la mesa mientras frunce el ceño y mira las fotos.
- ¿Por qué lo dice, Doctor? - susurra ella.
Deslizo la mirada sobre el doctor. Más que doctor podría considerarlo como alguien más de la familia. Ha envejecido, me digo, le han salido entrantes, y canas a los lados, pero sigue teniendo esa sonrisa que irradia esperanza. Una sonrisa muy bonita, me digo.
Ojala yo también la tuviera así.
- Sé que quieres empezar el tratamiento de los brackets, pero verás, no sé como hacer esto contigo - me mantiene la mirada seriamente.- Tengo miedo, porque tus dientes son demasiados delicados, por la insuficiencia de esmalte y todas las capas que llevas en ellos estéticamente, no sé, tengo miedo de que al ponerte los brackets me pueda llevar tus dientes. He visto una mejora en ti, de verdad, sé que te estás esforzando. Pero entiéndelo, a pesar de todo, esa enfermedad sigue ahí, en tu boca. Y la hace tan delicada. He consultado al extranjero, y te voy a hacer los brackets a medida. Además, quiero que pongas de tu...
Dejo de escucharle. Recuerdo cómo tuvimos que venir a Murcia porque en el pueblo ningún dentista sabía lo que me pasaba. Recuerdo la primera vez que busqué el nombre de mi enfermedad en internet... me sentí tan mal. Tan horrible conmigo misma. Recuerdo que me metí al aseo a llorar hasta que se hizo de noche. Recuerdo como los niños se burlaban de mi en el colegio. Tengo una carpeta en el portátil con el nombre de la enfermedad y con todos los casos que he conseguido recopilar desde que tenía 9 años, que la verdad, no son muchos. Y todos acaban tan catastróficamente mal.
Trago saliva, y pestañeo para evitar las lágrimas.
El doctor está esperando una respuesta, le miró, no sé lo que ha dicho, así que sonrío y asiento.
- Sé que esto solo son más que problemas, problemas que nos vamos a ir encontrando poco a poco, pero, eh, - sonríe, con esa sonrisa esperanzadora tan característica de él, supongo que los doctores aprenden con la práctica a infundir esperanza- no nos vamos a rendir. Piensa que llevas viniendo aquí desde hace más de 10 años, y cada vez que has venido, nos hemos encontrado con un problema, y siempre lo hemos superado. Y vamos a superar esto ¿vale? Voy ha hacer todo lo posible para que tengas una sonrisa preciosa y superes esta batalla, ya sabes que eres mi paciente favorita.
Le sonrío, lleva diciéndome eso más de 10 años. Recuerdo lo mucho que lo odié la primera vez que lo vi, tenía 4 años, y él tenía unas manos muy fuertes que me hacían daño, recuerdo que lo odiaba porque hacía llorar a mi madre.
¿Cómo pude odiar a este hombre? Él siempre hizo todo lo posible por mejorar mi sonrisa, por mejorar mi autoestima, él siempre me dijo que era una de las niñas más valientes que había conocido, y que por eso, era su paciente favorita.

Sí, ha llegado, ha llegado el día que llevo esperando toda mi vida, mañana me van a poner los brackets, deseadme mucha suerte, y ojala llegué el día en el que, realmente, supere esta batalla.


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