domingo, 5 de octubre de 2014

Tenía la tristeza triste.

Esa mujer se sentó
y dijo
¿de verdad eres Charles Bukowski?
y yo dije
olvídalo 
no me encuentro bien,
tengo la tristeza triste.

Tenía la sonrisa triste, ¿sabéis? No sé muy bien cómo explicarlo con palabras, y eso ya es decir mucho. Simplemente, tenía la sonrisa triste. La felicidad no le llegaba a los ojos. Y dolía verle así.
Por las noches, en sueños, susurraba cosas horribles, cosas demasiado tristes como para escribirlas. Y mientras lo escuchaba hablar, él me buscaba con las manos, dormido, y cuándo me encontraba, me abrazaba, fuerte, muy fuerte. 
No te vayas susurraba.
Hubiese hecho cualquier cosa para meterme ahí, en sus sueños y decirle jamás lo haré.
Me gustaba besarle todos los lunares de la espalda, y escribirle poemas que al fin y al cabo no decían mucho más que te quiero. 
Se los recitaba despacito, y él siempre me callaba entre verso y verso con un beso. Recuerdo que me enfadaba muchísimo cuándo hacía eso. Nunca llegaba a terminar de recitar poesía, porque acabábamos diciéndonos te quiero. Que al fin y al cabo, era lo que querían decir todos esos versos. 
Él me entendía hasta cuándo estaba en silencio. Me besaba la punta de la nariz cuándo tenía frío y se reía porque fruncía el ceño y temblaba. 
Siempre temblaba con sus besos.
Cuándo llegaba la noche. Él volvía a susurrar todas esas cosas, y gritaba. Y yo le abrazaba, y le decía siempre estaré a tu lado.
Él se calmaba, y yo le besaba los párpados.
Susurraba, y le besaba los labios. 
Y así, me dí cuenta de que tenía la tristeza triste. Cómo aquel poema de Bukowski.
Pero aún así yo le quería.
Y hubiese hecho cualquier cosa para meterme en sus pesadillas y matar a todos sus monstruos.

2 comentarios:

  1. Hay muchas formas de matar los monstruos de los demás. Y tiene una parte muy bonita, que es buscar la forma juntos.

    S.

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