domingo, 14 de diciembre de 2014

Un caos de año.

El año está apunto de acabar y yo llevo casi un mes sin escribir. Y quería contaros por qué.
Pero quiero empezar por el principio.

Este año ha sido un caos.
He hecho cosas que pensé que nunca llegaría a hacer, he llorado más que en toda mi vida (y eso es decir mucho), me ha ganado el orgullo, y he pedido perdón, he llorado más aún, y he reído. He reído mucho.
Este año empezó como el peor año de mi vida, los primeros meses fueron horribles. Solo quería llorar y llorar y llorar y llorar. Y seguir llorando. Me miraba al espejo y me daba asco. Me repugnaba mi propio reflejo. Odiaba todo de mí. Te juro que me insultaba cada cinco minutos. Y lloraba. Y volvía a insultarme, y volvía a pensar que no servía para nada, y lloraba, y me daban ganas de acabar con todo.
Hasta que un día estallé, cómo una granada. Recuerdo que estaba en clases de matemáticas, a solas con la profesora, y empecé a llorar porque no me salía un puto ejercicio. Llore tanto que hasta le pedí un abrazo a la profesora. Después me encontré con mi madre y seguí llorando, y empecé a gritar y conté todo, lo conté todo, en voz alta, y me dolió tanto que estuve llorando durante horas. Mi madre me preparó un baño y se sentó al lado mientras yo lloraba.
Fue un día de locos.
Mi madre se asustó tanto que me llevó al psicólogo, la puta psicóloga (que en mi opinión estaba un poco loca) me hizo más daño que en mi vida, y eso que fueron pocas sesiones.
Me dijo que estaba deprimida.
A todo eso, era pleno Mayo.
Y yo estaba dejando de lado a dos personas que habían sido importantes durante más de 6 años.
Pero seguí adelante. Le dije a mi madre que no quería seguir yendo a ver a esa gilipollas, le prometí que saldría adelante yo sola.
Y lloré mucho. Mucho.
Durante todo el verano.
Pero entonces, llegó Inglaterra, y fue cómo un salvavidas.
Me enamoré de ella, de sus calles, de la gente, de todo.
Y reí, reí muchísimo. Me reí tanto que dejé de llorar, aunque a veces me rompía delante de todos, y ellos se asustaban.
Y cuando volví. Allí estaban ellas. Ese grupo de chicas que me han sacado tantas sonrisas. Hicieron una fiesta de bienvenida y entonces, me di cuenta de que nunca había pertenecido a un sitio tanto cómo a ese.
Y pedí perdón, pedí perdón a esas dos personas, por haberme alejado, mientras lloraba y oía cómo llovía metida en la cama en una casa rural de madera en medio de un bosque del País Vasco.
Y me perdonaron, o eso creí.
Y luego vi a esa personita, que no he hablado de ella en todo este texto, pero que ha estado presente ahí, cada vez que lloraba, cada vez que gritaba.
Y ni si quiera la conocía en persona.
Y, os puedo asegurar que, cuando la vi cruzar esa esquina, buscándome con la mirada, me di cuenta, y cuándo salí corriendo cómo una loca con los brazos abiertos para abrazarla me dije que tenía que salir adelante, por mi, pero también por ella.
Y ahí empezó todo. Ahí, ahí cambié.
A partir de ese día mi 2014 ha ido mejorando.
Y por eso, ahora, en pleno Diciembre, ni si quiera siento la necesidad de escribir.
Porque sólo sé escribir sobre cosas tristes y ahora no encuentro ninguna.
Y creo que lo he conseguido.
A pesar de que a veces hayan días malos, a pesar de que a veces llore hasta quedarme dormida.
Lo he conseguido.
Estoy feliz por estar feliz y esto es un circulo sin fin.
Y bueno, que ahora sí.
Que mi 2015 va a ser genial.
Lo sé, estoy segura, porque todo ha cambiado.

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