jueves, 31 de diciembre de 2015

Propósito año nuevo.

Empecé este año preguntándome por qué no me quería antes con lo bonito que era quererme a mi misma.
Por unos meses he creído que me quería los suficiente y... no sé si lo escribí por algún sitio o si se lo susurré a alguien al oído pero... no entendía aquello de que el amor llega cuando uno se quiere a sí mismo primero. Pensaba 'qué estúpido, yo me quiero como nunca y sigo tan sola como siempre'.
Estuve pensando, estuve pensando y mirándome con otros ojos. Con los ojos de aquella chica crítica y frívola que me devuelve la mirada en el espejo. Lo hice durante varios meses y... me di cuenta de los pequeños detalles. De como miraba hacia abajo cuando alguien se cruzaba a mi lado por la calle, de como me echaba el pelo hacía un lado y ocultaba mi cara de ciertas personas cuando tenía que hablar, me di cuenta de como tartamudeaba cuando hablaba con gente o de como me quedaba callada y dejaba que los demás hablasen.
Y así, una y mil cosas. Pequeños detalles que nadie es capaz de percibir a simple vista.
Y no fue hace mucho, quizá hace una o dos semanas, cuando me miré al espejo y... aquella chica me miró a los ojos y lo supe. Y las lágrimas cayeron silenciosas y oscuras, llevándose consigo el maquillaje y todos aquellos momentos que una se guarda para sí misma. Leí por ahí que al final cuando lloramos no lloramos por algo en concreto, sino por todo aquello por lo que nunca fuimos capaz de llorar.
Creo que me quiero, al menos más de lo que hacía hace un año, y muchísimo más de lo que me quería hace dos años pero...
creo que no me quiero lo suficiente, que son esos pequeños detalles donde me hago a un lado y me oculto, donde me da miedo ser yo misma y las miradas de los demás.
No confío lo suficiente, ni me quiero lo suficiente.
No como yo creía que hacía.
Así que hoy, me prometo a mi misma que me querré lo suficiente y más, ese será mi único propósito de año nuevo.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Velocidad.

Llevo varias semanas perdiéndome en el fondo de alguna que otra botella vacía. Consumiéndome como las colillas que descansan a mi lado. Risas que provocan que el mundo entero de vueltas. Llamas que alumbran en la oscuridad cuando la música retumba. Me tambaleo con frecuencia, y me da igual caer al suelo.
Hace un mes las paredes de mi habitación se me echaban encima y me asfixiaban. Ahora lo hace el humo quemándome la garganta.
Lo quiero hacer todo como si no tuviera suficiente tiempo. Me he sentido muerta demasiados años.
A veces siento que voy en un coche a mil por hora, y levanto los brazos. El viento me mueve el pelo, y puedo sentir la velocidad en las yemas de mis dedos, directa al pecho. Y por un instante, por un instante me siento invencible, infinita, inmortal. Y sé que, me daría igual que en una de las cuervas el coche se saliera de la carretera, me daría igual. La sensación es demasiado intensa.

Es solo que, en ocasiones, cuando llego a casa de madrugada y todo está oscuro, intento subir las escaleras y es el corazón el que se me tambalea más que las piernas.


miércoles, 19 de agosto de 2015

No más tormentas eternas.

Una vez leí que nadie es capaz de mirarse al espejo en silencio y sostenerse la mirada.
Desde entonces, cuándo nadie mira, me miro.
Veo a esa chica reflejada en aquel espejo, sus ojos castaños me observan, observo como se mueven, observo su boca, su nariz, su pelo, sus brazos, sus piernas.
Siento su mirada sobre mi cada instante.
Y cuando vuelvo a mirarle a los ojos...
Entonces, respiro hondo porque quiero desviar la mirada, pero en realidad soy yo.

Soy yo.

O eso creo.

Respiro hondo y me miro. Los ojos castaños de repente se hacen más grandes, más vivos.
Y quizás es verdad y nadie es capaz de sostenerse la mirada en silencio durante mucho tiempo.
Después de varios minutos siento la necesidad de pestañear y repetirme que soy yo.

Porque... a veces, cuando llevo mucho tiempo mirándome siento que dejo de serlo.
Que la persona que me observa en el espejo no soy yo.
Que aquel reflejo no es el mio.
Siento que sus ojos cobran vida propia y que me son ajenos.

Siento que la oscuridad de repente me acecha y se cierne sobre mi.
Siento que cada vez dejo de ser menos yo y más oscuridad.

Hace tiempo escribí que tengo el pelo hecho una tormenta
y...
quién dice el pelo
dice la vida.

Hace unos días me lo corté, y tengo decir que nunca, nunca en mi vida, me lo había cortado.
Mi madre solía decirme que yo no sería la misma sin mi pelo rizado y largo.
Que dejaría de ser yo.
Y creo que tenía miedo.
Quizá fue el reflejo en el espejo, quizá fue la mirada oscurecida de aquella chica.
Quizá quise ser otra.
Dejar de ser yo misma.

O ser más yo misma.

No lo sé.

Solo sé que quise apartar toda aquella oscuridad que se cernía sobre mi cuándo me sostenía la mirada.
Quizá quise que mi vida dejase de ser una tormenta
y que mi pelo fuera solo
pelo.

Y que yo
fuera
yo.

Solo yo.

Quizá mi madre pensara que sin mi pelo largo y rizado no sería la misma, pero me siento más yo misma que nunca.

Espero que aquella chica que me devuelve la mirada en el espejo sepa que algún día le sostendré la mirada
y será ella la que tendrá que desviarla.




domingo, 9 de agosto de 2015

Quizá somos invierno.




Quizá siempre seré invierno.

Un invierno bonito pero, al fin y al cabo, invierno.

Quizá siempre seré invierno, y me guste serlo.

Quizá llegue alguien a quién le guste el invierno, a quién le guste acurrucarse en él bajo las mantas. A quien le gusten los días con poca luz y adore las noches oscuras.
Quizá alguien quiera el invierno, y me quiera a mi.

Quizá me podré acurrucar con él bajo las mantas, observar a su lado las noches estrelladas.

Quizá él también sea invierno.

Quizá ambos miremos por la noche las estrellas, y observemos la luna, quizá él también se acurruque bajo las mantas, deseando que hubiese alguien a quién abrazar en aquella soledad.

Quizá veamos las mismas estrellas fugaces y las señalemos a la vez y los dos pidamos lo mismo sin conocernos.

Quizá soy invierno y el verano no me sienta realmente bien.
Quizá somos invierno, y los dos estamos esperando a que las flores se sequen y las hojas se caigan y los árboles se queden desnudos.

Quizá somos invierno porque cuando nos veamos nos veremos como los árboles se ven unos a otros en invierno, sin nada, quizá cuándo nos encontremos ambos veamos al otro de verdad, bajo las grietas, desnudos, sin mentiras, sin máscaras, sin engaños, sin dolor, sin tristeza, sin miedo y así... descubriremos que ambos somos inviernos y aquella estrella fugaz era sólo para nosotros dos.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Relojes de arena.

Me encantan las noches de luna llena pero a la vez las odio porque son las noches en las que menos estrellas soy capaz de ver.

Supongo que todo en la vida es un poco así.

Hace unos minutos estaba escuchando música en una playlist y cuando estaba apunto de salir de ella porque la música no me gustaba, ha empezado a sonar una de esas canciones que apenas recuerdas pero que te basta con escuchar dos acordes para saber cual es.

No sé realmente qué quiero escribir. Siento que necesito escribir algo, sacarlo de aquí dentro, siento que me araña la piel, la espalda, los pulmones. 
Que me ahoga.
Pero no sé qué es.

Hace unas semanas os dije que estoy un poco tormenta de verano, y creo que no podría haberlo definido mejor.

En mi interior hay días soleados, días lluviosos, días de tormentas, de truenos, de rayos, días encapotados, días en los que pones la música alta y bailas.

No sé.

Todo es muy confuso aquí dentro, me gustaría saber si es igual para el resto.

Lo único que hago es escribir y borrar, escribir y borrar.

Ojalá también pudiese borrar todos estos garabatos de aquí dentro.

Es irónico como todo se nos escapa de las manos, como nada es para siempre, como nada es permanente.

Como cuando agarras un puñado de arena en la playa y haces fuerza con el puño mientras observas, frustrada, como la arena sigue deslizándose. 
Y después de varios minutos, abres la mano e incluso te duele pero aún así... no hay más que unos simples granos.
Nunca me han gustado los relojes de arena porque nunca me han parecido que sirvan para medir el tiempo, sino para mostrarte todo lo que pierdes mientras el tiempo transcurre a tu alrededor.

Al final no queda nada.

Creo... creo que me da miedo.

Sí, puede ser que sea eso.

Sí, las lágrimas se me han acumulado en los ojos de repente.

Creo que tengo miedo.

Todo ha cambiado muy... deprisa. 
Y siempre va a seguir cambiando, la arena va a seguir resbalándose entre mis dedos, y nunca más nada será como es exactamente en este momento.

Las personas se irán, llegarán otras y volverán a irse.
Algunas se irán para siempre.

sábado, 25 de julio de 2015

Estoy de vuelta.

Hola, sé que os he tenido un poco abandonados.
Lo siento.
He intentado escribir.
Vine de Tailandia hace una semana y unos pocos días, os tengo guardada una sorpresa, porque siempre os llevo conmigo.
Os prometo que he intentado escribir, ya no por vosotros, sino por mi.

He aprendido muchas cosas en mi último viaje, podría decir que he aprendido más cosas sobre mi que sobre Tailandia y quizás estaría en lo cierto.
Es solo que, estando allí tenía tantas ganas de volver.
He tenido tantas ganas de volver que me he asustado de mi misma, de que esas ganas de conocer mundo se me escapara de las manos.
Puede que en el viaje hayan habidos muchos momentos en los que me he sentido triste y que cuando la gente me pregunta qué tal me lo pasé y contesto que bien... puede que esté mintiendo un poco.
Pero como siempre he dicho, nunca me arrepentiré de nada, porque aunque hayan habido malos momentos también han habido buenos, y nuevas experiencias.
Y he aprendido mucho.

Bueno, ahora bien, centrémonos en esa presión que siento en el pecho ahora mismo y esas lágrimas que reprimo.
No sé muy bien que me pasa.
Tenía muchas ganas de volver, y ahora que vuelvo a estar aquí, me siento extraña.

No sé muy bien como definirlo, es esa presión en el pecho cuándo me quedo sola cada vez que respiro.

Y esas ganas de llorar sin ningún motivo.

Lo siento todo distinto y no entiendo bien por qué.

Es como ese momento en el libro en el que estás leyendo el prólogo y sabes que va a pasar algo que realmente merece ser contado.

Siento... siento como si todo fuera a cambiar.

No sé por qué, siento que las cosas van mal aunque no se note, siento que hay algo detrás de todo, algo que va mal, algo que no está funcionando.
Es un sentimiento horrible, una sensación claustrofóbica.
Quizás ese sea el origen de esa presión en el pecho que me impide respirar.

Siento que las cosas no están yendo bien aunque sea eso lo que parece.

¿No sentís a veces que hay algo detrás de todo, algo malo? ¿Que algo terrible está a punto de suceder?

Es como, como cuándo caminas sola por la noche y sientes que alguien te está observando, y de repente el corazón se te acelera, las respiraciones no son tan profundas, comienzas a andar más rápido, miras a todas partes, te sudan las manos y de repente el camino a casa se hace demasiado largo.

Es solo que desde que llegué de Tailandia he sentido que sigo en el camino, que nunca llego realmente a casa, y siento esa amenaza constante entre las sombras, como si algo me estuviera acechando, dispuesto a dar una paso adelante en cualquier momento y abalanzarse sobre mi.

No sé muy bien qué estoy escribiendo, qué intento deciros. Quizá solo estoy un poco paranoica.

También quería confesaros que a veces me siento muy sola, sobretodo ahora.

Son las 22:21, mis padres han salido fuera a cenar y yo me he quedado sola en casa. Podría haber salido con mis amigas, pero no lo he hecho.
A veces quiero salir con alguien más que con ellas, pero a penas conozco a gente. Y no me malinterpretéis, me encanta estar con ellas. Pero es solo que quiero a alguien distinto en mi vida, alguien diferente, alguien a quien pueda querer con todo este cariño que tengo aquí dentro. Pero no hay nadie. Y me enfado con la vida, y conmigo misma, y con todo el mundo. Y me quedo en casa, donde me siento completamente sola, me hago una pizza que al final me sabe horrible y veo una película de amor, pero una peli de amor bonita y con un final triste.

Siempre con un final triste.

domingo, 21 de junio de 2015

Estar en casa.

Fue extraño, durante un instante, fue extraño.
Pero después
después se sintió como estar en casa.

Quizás habrán personas que nunca llegarán a entenderlo, aquellas personas cínicas que no creen más allá de lo que son capaces de ver.
Pero juro que se sintió como estar en casa por una milésima de segundo.
No quería que se acabara.
Y solo fue el roce de unas manos en mi cintura, sujetándome.
Sé que no fue nada.
Pero por un instante lo fue todo.

Tropecé con mis propios pies y caí directa a él, sus manos se dirigieron a mi cintura y mi cubata fue hacia su camiseta.

Pero lo sentí.
Todo se quedó en silencio.
Sus manos se quedaron ahí diez segundos más de lo que deberían haberlo hecho.
Levante la vista y le miré a los ojos.
Sonreímos.

Entonces volví en mí y le agarré del brazo disculpándome.

Aunque muy en el fondo, sé que le agarré del brazo sin necesidad y descansé allí mi mano unos segundos de más porque no quería que esa sensación de estar en casa desapareciera nunca más.

¿No os ha pasado que, durante unos segundos, el roce de un desconocido se ha sentido completamente conocido? ¿Cómo si hubiera estado toda la vida a tu lado?

Creo que él descansó sus manos en mi cintura más de lo necesario porque también lo sintió.
Aunque nunca lo sabré realmente.
Solo sé que se sintió como estar en casa, junto a una piel cálida y que sentí que me sujetaba como si no quisiera que me volviera a caer nunca más.

Quizá le conocí en otra vida, y fuimos más que simples desconocidos.

viernes, 12 de junio de 2015

Tengo el pelo hecho una tormenta.

Aquí vengo de nuevo, todo sonrisas y miradas sinceras. Hoy tengo el pelo hecho una tormenta. Ha sido un día precioso, con toques británicos allí donde mirara. Estaba todo lleno de nubes y hacía ese viento húmedo ni frío ni caluroso tan propio de Inglaterra en verano, os juro que durante unos minutos he cerrado los ojos y me he vuelto a ver allí.
Pero no quería hablar de eso.
Ayer fue un día horroroso, lleno de presión, lloré durante dos horas y la propia impotencia me hizo incluso arañarme a mi misma.
Hacía tiempo que no sentía tanta rabia.
Pero anoche salí a la terraza y me tumbé durante una hora de madrugada y observé el cielo. Conté las estrellas varias veces y en todas perdí la cuenta. Cerré los ojos y escuche el sonido que hace la tierra mientras se mueve sin que nosotros nos percatemos.
Aunque tampoco quería hablar de eso.
Como he dicho, tengo el pelo hecho una tormenta.
Y quién dice el pelo, dice la vida.

He estado pensando en cómo todo ha cambiado en dos, tres años. Cómo he dejado de ser quien era siendo alguien que tiene en cuenta quien antes era.
Anoche, bajo las estrellas y el silencio me hice una pregunta a mi misma.
¿Quién serías si pudieras ser quien quisieras?
La respuesta, sería yo.
Con mis tormentas, mi desorden y mis días encapotados y lluviosos.
Sería yo.
Quizá esto a vosotros os suena ilógico, pero si me hubierais hecho esta pregunta hace un año y medio la última respuesta que hubiera dado es esa.
Pero me he dado cuenta de que de todas las personas que conozco, me quedaría conmigo misma, con mis luces y mis sombras.
No quitaría absolutamente nada.
Creo que todo el mundo debería aspirar a hacerse esa pregunta en algún momento de su vida y responder así, porque todos nos merecemos ser el protagonista de nuestras vidas, las personas por las que más arriesgaríamos y de las que estamos más orgullosos.

Sé que últimamente no escribo mucho, estoy un poco tormenta de verano, de estas en las que llueve como si se fuera a acabar el mundo y de repente todo se queda en silencio y sale el sol o el arcoiris.

No sé, es tarde, no sé de qué estoy hablando.

También quería deciros que no esperéis saber mucho de mi hasta dentro de ¿un mes? no, mentira, quizá hasta finales de julio.

Se ha presentado en mi vida la oportunidad de viajar a Tailandia sola, sin padres. No sé si realmente os hacéis una idea de lo que esto significa ¡Resacón en Tailandia vuelve! No, mentira, me pasaré la mitad del viaje haciendo fotos y visitando templos, pero también habrá un poco de fiesta, eh.
El caso, venía a informaros un poco.
¡Ah! Y no estoy muy segura, pero he pensado que, como me encanta grabar videos de mis viajes y guardarmelos para mi futura yo, podría de paso compartirlos con vosotros quizá por ¿Youtube?
No sé, no os emocionéis, no prometo nada.
De todas formas me gustaría saber si os gustaría y si realmente alguien los vería.

Bueno, me voy, que es tarde y se avecina tormenta.
Nos leemos.

miércoles, 27 de mayo de 2015

No intentéis ordenar mi vida.

Soy la persona más caótica que conozco. Llena de desorden y de pedazos rotos que nunca acaban de encajar los unos con los otros. Pero ¿sabeis? me he acostumbrado al desorden, a que nada tenga un orden lógico. Porque los demás no entienden el placer de tener que ir sobre tus pasos e intentar recordar cada uno de tus movimientos, cada una de las sonrisas, las lágrimas, y las personas que pasaron, para intentar encontrar aquello que perdí en mi propio caos. Porque es precioso que, a pesar de todo, se exactamente donde está cada pedazo roto y, si alguien entra y me ordena la vida, dejaré de saber donde está todo. Por eso digo que... soy la persona más caótica que conozco, y me gusta serlo. Me gusta ser complicada, que nadie sepa qué viene ahora. Romper a llorar de repente sin ni si quiera yo saber por qué lo hago, después secarme las lágrimas y echarme a reír, dejarlos a todos confundidos y sin saber qué hacer.

Me gusta imaginarme que mi vida es una película, mi propia película. Me gusta bailar bajo la ducha, dar golpes y gritar cuándo las garras me arañan por dentro, me gusta cantar a pleno pulmón cuando estoy sola y asomarme a la ventana cada tres minutos para saber si el vecino me está mirando, y echarme a reír de lo absurdo de la situación, me gusta echarme a llorar simplemente porque ese día no es mi día, y después secarme las lágrimas, abrazarme a mi misma y seguir adelante.

Porque me he dado cuenta de que cada sentimiento es importante, todos y cada uno, llorar es tan bueno como reír y viceversa, porque los sentimientos hay que sentirlos, las emociones están ahí para sentirlas, porque nos hacen ser humanos y tenemos que pasar por ellas. Lo importante es pasar por ellas y no quedarnos atrapados.

No estoy aquí para salvar a nadie, soy la única protagonista de mi vida.
Me da igual que me llames egoísta, he vivido toda mi vida sin vivir mi propia vida.

Por eso me gusta, me gusta ser como soy. Me gusta ser caótica, me gusta el desorden que reina en mi pecho porque, a pesar de todo, todo está donde debería estar.

Y me gusta.

viernes, 15 de mayo de 2015

Morendo.

Hay días en los que bailaría vals acompañada de mi sombra, bajo el ritmo lento de un corazón muerto.

Diminuendo

A veces duele demasiado incluso para respirar, el dolor palpita en el pecho como un cardenal, y el silencio se vuelve aterrador, la noche es demasiado oscura, y bajo las estrellas sientes como te vuelves efímera.

Diminuendo

Hay días en los que no me siento realmente yo misma, en los que un monstruo surge de mi pecho, arañándome por dentro, y arroja palabras al exterior como si tratara de vomitarse así mismo.

Diminuendo

A veces todo es cuestión de nada.
Es lo que suelo pensar cuándo me tumbo de madrugada y miro el cielo negro.
Miles de estrellas, años luz.
Y seguirán viviendo incluso cuándo nosotros llevemos siglos muertos.
Qué sentido tiene todo, si al fin y al cabo no somos nada.

Estoy segura de que nunca habéis escuchado el ritmo de un corazón muerto.
Yo llevo la vida entera escuchándolo, cuando me quedo en silencio, miro al cielo y las estrellas me aplastan y la vida se me escapa de las manos.

Es como un ritmo lento, lento, lento, lento... que sigue palpitando y marcando su propio compás.

Pero no hay un pizzicato, ni un crescendo.
Nada.
Simplemente...
Diminuendo
                                                               Calando
                                                                                                                                 Morendo

jueves, 7 de mayo de 2015

Malditos domingos, malditas madrugadas, maldito tiempo a solas.

Hay días en los que me duele más que nunca sin explicación alguna, y creo que eso es lo que más me duele, el hecho de no entenderlo. Porque lo siento ahí, abriéndose paso entre costilla y costilla, toqueteando mis órganos y jugueteando con mi sangre cual niño pequeño que juega con pintura. Me lo he imaginado en muchas ocasiones, algunas veces tiene forma de duendecillo que se cuelga en mis huesos, con los dientes afilados y uñas puntiagudas y una sonrisa de esas diabólicas, otras veces son manos, simplemente manos, manos en mi interior que me recorren por dentro y me apretujan, me rascan, me pinchan y me pellizcan. Otras veces, es simplemente un vacío, un vacío oscuro e infinito.
De todas formas duele, duele igual.
Y lo odio, oh dios, no sabes cuánto.
Lo odio porque convierte mis días buenos en malos, mis sueños en pesadillas en las que huyo de esas manos que me persiguen, o salto al vacío oscuro, o  veo como la sangre brota de heridas ajenas. Lo odio porque hace que mis sonrisas sean un poco más pequeñitas, que agache la cabeza y me mire las puntas de los pies mientras cruzo las piernas, y que mientras ría, llore, y después diga que estoy llorando de risa. Lo odio porque no lo entiendo, porque no tiene explicación.
Es ilógico que te duela algo que nunca has sentido, algo que nunca has vivido.
Es ilógico pero aún así lo siento, aquí, aquí dentro.
Sobretodo los domingos, oh, he llegado a odiar más los domingos que el despertador que suena en mi oído a las siete de la mañana todos los días.
Y cada noche, sobre la una y media de la madrugada, cuando apago las luces y me tumbo de lado, deseo que las cosas fueran un poquito distintas.
Que ese dolor se disipara.
Y, realmente, se me encoje el pecho, y me siento mal por pensar eso.
Porque... las cosas van más bien de lo que nunca han ido, pero... aún así, esa tristeza sigue ahí, el dolor sigue ahí.
Y, esto lo voy a escribir muy despacito, pero...
a veces, de madrugada, cuando estoy sola y todo está oscuro,
hace demasiado frío...
y me gustaría
me gustaría que alguien estuviese
al otro lado de la cama
 y que me abrazase por detrás, me acomodara en su pecho y me besara en la frente mientras me acaricia el pelo.

Miradle a los ojos mientras siento como lo qué sea que habita dentro de mi estuviera huyendo.
Y entonces, el dolor, la melancolía, la tristeza
desapareciendo.

sábado, 18 de abril de 2015

Inglaterra.

Hay lugares, momentos, personas, que te marcan. Que te arañan la piel del pecho hasta llegar al corazón y se quedan allí, dándole un poco de calor.
Y es bonito, no sé, recordar todo aquello, esos lugares, esos momentos, esas personas.

Y me encantaría, me encantaría cerrar los ojos, respirar hondo, y que al abrirlos me encontrara allí. Rodeada de la gente que me hizo reír cómo nunca había hecho, bajo las luces amarillentas de las farolas y el frío que se te mete hasta los huesos.
Me gustaba aquel sitio. Creo que allí fue la primera vez en la que realmente supe lo que era ser feliz. Lo que era levantarse cada día, mirarse al espejo, y sonreír porque no tienes ni idea de qué viene ahora.

Y me gustaba. Me gustaba absolutamente todo. Me gustaba levantarme temprano con las gaviotas sonando de fondo, desperezarme y mirar por la ventana. Las vistas eran preciosas y ni si quiera eran precisamente asombrosas. Pero me encantaba la forma que tenían los tejados, y el verde que sobresalía de todas partes, y la niebla, el cielo encapotado y las sábanas blancas colgadas en la terraza de al lado.

Inglaterra. Se que no os he hablado mucho sobre ella. Pero es preciosa.

Era consciente de que acabaría, pero jamás me detuve a pensar en todo lo que me llevaría de ese país al volver. Me lo lleve absolutamente todo. La chica que subió al avión no era la misma que bajó después.

Inglaterra fue ese bonito salvavidas que me rescató de la vida.

Que me hizo ver que hay dos opciones siempre, sobrevivir o vivir. Y que eres tu quién eliges que quieres hacer.

Me enseñó que hay personas que sin ni si quiera conocerlas te pueden sacar las sonrisas más grandes. Aquellas personas hacían que todo fuera fácil, que hubieran más risas que llantos, que la sonrisa saliese sola.

Y me he dado cuenta de que hay que disfrutar cada instante. Por eso a veces me pongo a bailar por la calle cuándo vuelvo a casa sola de madrugada, y canto como si realmente se me diera bien cuándo suena mi canción favorita.
Ahora sé que hay trenes que van y vienen, y otros que no vuelven. Por eso ahora abrazo a cualquier persona si tengo la necesidad de hacerlo, y digo te quiero cuándo realmente quiero decirlo.

Antes os he dicho que hay lugares que marcan.
Ese viaje, esas personas, ese verano, siempre estará ahí.

Y hay veces que mataría por volver, pero sé que sería imposible vivirlo de nuevo con la misma intensidad con la que lo viví, y que esos momentos que pasé allí jamás se repetirán.

Es como cuando lees tu libro favorito y lo único que quieres hacer es olvidarlo para poder leerlo de nuevo por primera vez.

Y en verdad me encanta, es como mi secreto más preciado.
Porque jamás nadie podrá vivir un viaje como aquel del mismo modo en yo lo viví.

Porque Inglaterra fue ese bonito salvavidas que me rescató de la vida.

Y siempre tendré un trozito de ella en mi pecho.


domingo, 12 de abril de 2015

No hay nadie.

Me duele el pecho, tengo un gran cardenal ahí, a la izquierda, y cuando lo toco me duele. Me mata. Como si me clavaran un puñal y lo removieran y sonrieran. A veces creo que son mis demonios, otras veces creo que son mis propios seres queridos. Ni si quiera estoy segura de eso, ya no. El caso es que me duele, me han cogido el corazón con un puño y me miran a los ojos haciéndome saber que está todo en sus manos, que con un simple movimiento podrían dejarlo todo hecho un desastre, lleno de sangre. Me duele, como si me estuvieran abriendo un hueco, ahí en medio del pecho, en pleno esternón. Como si hubiese un vacío, como si todos se fueran de madrugada y me dejaran a solas con la noche y su oscuridad se aprovechase de mi pecho, de mi cuerpo. 

Y me duele.

Y no puedo, no puedo soportarlo. No lo soporto. 

Me miro al espejo y veo mis ojos castaños, negros. Y una sombra rodeándolos. Pálida. Y los rizos me caen por los hombros sin vida. Y me duele. Me llevo las manos al pelo y me lo recojo, alto, desordenado. Y me seco la lágrima que cae a escondidas antes de que aquellos monstruos se den cuenta de que estoy realmente jodida.

Pero es tarde, me aprietan el pecho, me remueven el puñal que tengo clavado dentro.

Y sonríen.

Aprieto los labios, aguanto las lágrimas.

Pero hay demasiado silencio. 

Demasiada soledad.

No hay nadie, solamente ellos.

No hay nadie.

Y sonríen.

Y yo no puedo. No puedo soportarlo.

Y caigo de rodillas al suelo, y tiemblo, y cuando miro a mi alrededor todo está hecho un desastre, y mis manos están llenas de sangre.

viernes, 27 de marzo de 2015

Abrir la puerta y salir al mundo.

Todo da vueltas. No me quiero mirar al espejo. El ruido viene de fuera. Mucho ruido. Por qué no se callan, me pregunto, y vuelvo a llorar. Sigo andando de un lado al otro. No. Para. Para. Para.
Me miro al espejo.
No.
Una chica que no soy yo me devuelve la mirada. Tiene los ojos negros por el maquillaje que se le ha corrido, los labios agrietados y los ojos cansados. Hace una mueca, le tiembla la barbilla y empiezan a salir lágrimas de sus ojos.
No. De nuevo no. Le grito al espejo.
Dios, me gustaría matarla ahora mismo.
Me llevo las manos a la cara y le araño.
Para, para, para, para de llorar. Grito.
Abro el grifo y pongo el agua lo más fría que puedo.

Golpean la puerta y gritan que la abra.
Los ignoro.
Los ignoro a todos.

Los recuerdos aparecen uno detrás de otro, Me duele. Me duele todo. Me duele el pecho. Me aprieta, quiero gritar, quiero que todo deje de dar vueltas, quiero que el mundo se quede en silencio durante unos segundos.

Necesito parar.

Solamente quiero parar, me siento en el suelo y apoyo la cabeza entre las rodillas.
Deja de llorar.
Por qué estás llorando.
Para.

Las lágrimas se deslizan por mis mejillas, aprieto las uñas contra mi propia piel, estoy llena de rabia hacia mi misma, de odio.
Hacía tanto tiempo que no sentía esto que creo que estoy apunto de estallar como una granada y volar todo lo que hay kilómetros a la redonda.

Recuerdo el silencio. Recuerdo la silla negra de cuero. Recuerdo la sonrisa que dice todo está bien cuando nada lo está. Recuerdo la gráfica que muestra una vida sin altibajos, mi vida. Recuerdo las miradas. Recuerdo las palabras. Recuerdo el odio. Recuerdo el llanto. Recuerdo la bañera llena, el agua caliente. Recuerdo la mano de mi madre aferrándose a la mía. Recuerdo la caja de pañuelos dejada con conciencia a mi lado. Recuerdo el olor a menta de los pañuelos. Recuerdo la mirada de mi madre. Recuerdo tragar la saliva y darme cuenta de que estoy seca. Recuerdo mi voz temblando. Recuerdo el banco del colegio. Recuerdo las palabras cargadas de odio. Recuerdo el odio hacia mi misma. Recuerdo la mirada de mi padre compadeciéndome. Recuerdo la rabia.

Lo recuerdo todo.

Dios, como duele. Siento que voy a estallar en miles de pedazos diminutos.

Todos esos sentimientos golpeando mi pecho, chocando entre ellos. Todos los recuerdos.

Solo quiero parar.

Respiro hondo, y cuento hasta tres.

Me levanto despacio y ahueco las manos y me hecho el agua congelada a la cara. Varias veces.

Apoyo las manos. Me miro al espejo. Queda muy poco maquillaje.

Has salido de todo eso, esos recuerdos ya no pertenecen al presente. Si has salido adelante después de todo puedes salir por esa puerta, dejar de llorar, sonreír a todo el mundo, decir que estás bien, beber y bailar.

Me acerco a la puerta. Apoyo el oído en la madera.
Es gracioso, esas cuatro paredes están encerrándolo todo. El mundo me espera ahí afuera y sigo sintiendo tanto miedo.

No dejo que me vuelva a invadir el pánico. Cuento hasta diez y sin pensar quito el cerrojo y abro la puerta.

Aquí va una despedida.

Te recuerdo, a veces. En aquella silla, aquel día lluvioso. Con la cara llena de chocolate. Recuerdo las risas y el olor de ese día. Recuerdo la lluvia chocando frente a el cristal, frente a ti y a mi. Recuerdo lo bien que te sentaba la ropa que llevabas ese día. 
Hace mucho que no te escribo.
Puedo decir que ya está bien, que ya está todo bien.
Solo quería despedirme, y cómo no hacerlo con mi recuerdo favorito.

He vivido miles de cosas contigo, a tu lado, y si tengo que decir cual de todos es mi recuerdo favorito es ese momento. Ese instante, cuando te echaste hacia atrás en la silla, te tapaste la boca llena de chocolate y me empujaste con la otra mano. La gente corría fuera intentando refugiarse, la lluvia caía con fuerza sobre el cristal, la chica de la esquina esperaba a alguien que nunca iba a llegar.
Y, ahí, en ese preciso instante, me di cuenta de qué era sentirse en casa con alguien. 
Tu eras mi casa.
Ese lugar donde refugiarme.

Antes solía pensar en aquel momento, y recordaba a la chica de la esquina de la que tanto nos reímos cuando nos inventábamos la vida de los que pasaban corriendo bajo la lluvia. ¿Recuerdas a la chica? Estaba allí, en la esquina de enfrente, esperando a alguien bajo la lluvia. Y no podía dejar de preguntarme si al final apareció aquella persona por la que esperaba o si salió adelante sin ella. Y cuando pensaba en aquella chica no podía evitar sentirme como ella, esperando por ti en aquella esquina, sin saber si regresarías o si jamás volverías.

Ahora está bien, no sé si me cansé de esperar y me fui o si me fui porque me di cuenta de que podía seguir sin ti. Pero me fui.

Y está bien.

Ahora recuerdo aquel momento, y te recuerdo a ti, y sonrío porque me enseñaste tantas cosas durante todos esos años. 

Y espero que vayas donde vayas y estés donde estés, en algún momento pienses en mi y el recuerdo te haga sonreír. De verdad que lo espero.

Ahora toca continuar bajo la lluvia y conocer a las personas con las que me cruzaré en el camino y sonreirles y hacerles un hueco en mi pecho tan amplio como ellas quieran.

Espero que seas feliz, y espero no volver a escribir sobre ti.

viernes, 13 de marzo de 2015

La carta que nunca entregué a nadie.

Querido quiénseas;

No lo entiendo. No me entiendo.
Tengo mucho más de lo que jamas he tenido. Sí, he perdido personas por el camino, pero he encontrado a otras, que al fin y al cabo, de eso es de lo que va la vida.
Pero tengo mucho más de lo que jamás habría creído posible. Tengo a unas amigas increíblemente geniales, con las que me río, gasto bromas, y salgo para despejarme. Me monto una gran fiesta una vez al mes, bebo un poco (siempre intentando no pasarme para no contar mis secretos) bailo como una loca cubata en mano, sacudo la cabeza y siento el pelo cayéndome en cascada por la espalda, cierro los ojos y me balanceo, abrazo a mis amigas tambaleándome por la risa, recibo empujones de la gente y una que otra sonrisa. 
Me gusto, me gusto a mi misma. Levantarme por las mañanas ya no es el peor momento del día, me levanto, me estiro, me preparo una taza caliente de leche y la cojo con ambas manos mientras salgo a la terraza y observo las primeras luces del día. Siento el viento en mi cara, alejando todas las pesadillas, respiro hondo, abro los ojos y sonrío al ver el color rosado que tiene el cielo.
Voy a clase, me siento con mis amigas y pasamos de los profesores, estudio el último día y apruebo todo con las mejores notas. 
He avanzado en piano, estoy tocando canciones de Beethoven, toco de vez en cuando la guitarra, incluso me ha salido un callo en el dedo por primera vez en cinco años que llevo tocándola.
A media mañana, me siento con mis amigas en el banco de siempre, y me río, y gasto bromas, les pellizco el culo y nos reímos. Veo pasar a la gente, y me alegro por los que ya no están en mi vida cuándo veo que están bien a pesar de todo.

¿Entiendes lo que quiero decir? Soy feliz.

Pero a pesar de eso la noche me sigue consumiendo. Irónico. Antes dormía más horas de las que estaba despierta porque no soportaba mi vida, no soportaba la gente, no soportaba el mundo. Y ahora aquí estoy, durmiendo 5 horas diarias porque soy incapaz de dormir, porque me tumbo en la cama y sigo mirando el móvil, sigo mirando hacia la ventana, odiando incluso la luz amarillenta que entra por la farola de la calle de enfrente. Sigo esperando algo que no sé cuándo llegará. ¿Sabéis eso de que cuándo te quieras a ti misma encontrarás a alguien que te quiera? Es mentira. Os lo puedo asegurar. Me quiero, y aún así, esa soy yo, tumbada en la cama, a las dos de la mañana, sola, vacía.
Me siento tan vacía. Y me da tanta rabia. Tengo todo lo que siempre quise y aún así me siento vacía. Y eso me hace sentir egoísta, me hace sentir horrible. Demasiado ambiciosa.
Pero es verdad, me siento sola.
Vacía.
Siento que me falta algo, ya sabes, la chispa.
No me preguntes por qué pero todas las noches me entran unas ganas tremendas de llorar, miro el móvil, repaso las últimas conexiones de todo el mundo y me siento terriblemente sola. Soy incapaz de hablar de esto con nadie, en realidad, lo he intentado. Pero hay muy pocas personas con las que puedo hablar, y me avergüenza sentirme así. Me da rabia, porque hay tantas personas importantes en mi vida ahora, y a penas me conocen. Tengo tantos secretos que quiero olvidar que soy incapaz de hablar sobre ellos. Y me siento tan terriblemente sola.

Quiero tener a esa persona en mi vida que no me haga sentir vacía. Que me escriba de madrugada con un 'sé que estarás durmiendo pero...' o que simplemente lo haga por qué quiere saber la mierda sobre la que pienso a las 2 de la mañana. Sigo esperando a esa persona que me de cobijo con la mirada, que sus abrazos sientan como estar en casa. Esa persona que me levante la barbilla para que le mire a los ojos cuándo apenas puedo mirarme a mi misma en el espejo. Esa persona que confié en mi. Que me quiera con mi pelo suelto, alborotado, alrededor de la cara, que me quiera con lágrimas en los ojos, y con una sonrisa en la cara, que me quiera a las tantas e incluso cuándo me despierto a las cuatro de la tarde un domingo sin saber muy bien quién soy, dónde estoy, y cómo he llegado a esa cama.
Quiero tener a alguien a quien abrazar, con quien reír, con quien llorar.

Solo... me siento muy sola. Todo el mundo está por ahí compartiendo su vida con alguien y yo lo único en lo que puedo pensar es en lo sola que me siento a las 2 de la mañana entre semana cuando todo está a oscuras y Morfeo no me lleva con él.

Gracias por haberme leído.
A veces no sé muy bien con quien hablar de estas cosas.
 Un abrazo, intentaré escribir pronto.

sábado, 7 de marzo de 2015

Aquí es donde quiero estar.

Mataría por oír tus pasos en las escaleras y saber que eres tu. Ver cómo cruzas la puerta de mi habitación sin ni si quiera molestarte en avisar antes, como hiciste cuando apareciste en mi vida. Sin avisar. Tener memorizada aquella sonrisa torcida de comisura a comisura. Conocer cada uno de tus movimientos antes de que los hagas.
Haría cualquier cosa porque me abrazaras ahora mismo, aquí, tumbados en mi cama, con la música sonando de fondo y la poca luz de la farola que entra por la ventana. 
Desearía acomodarme en tu pecho mientras me acaricias el pelo. Pasear las yemas de mis dedos por tu piel desnuda y pensar 'aquí es donde quiero estar'.
Levantar la mirada y ver como tus ojos me buscan los labios.
Inclinarme y besarte.
Y besarte.
Y besarte, y acariciarte.
Dejar todo atrás, y que por un momento no me importase absolutamente nada que no tuviera relación con tu piel tocando la mía.

Y quererte sin saber si será para siempre. Simplemente quererte en aquel preciso instante, como cualquier persona hubiera querido a alguien antes de saber que estaba apunto de morir.

Así que te amaría como aquel que está apunto de morir. Solamente por saber qué se siente al despertar a tu lado, con las piernas enredadas y nosotros abrazados, y darme cuenta de que nunca me había sentido tan viva.


viernes, 27 de febrero de 2015

Demonios.

Mantengo a mis monstruos a raya, pero mi gran secreto es que de vez en cuándo paso y les saludo. Les sonrío a la oscuridad, porque sé que ellos están ahí. Y las garras empiezan a salir de la negrura, y me arañan la piel delicadamente, y yo les cojo de las manos. Y la sangre brota de mi piel, cálida, pegajosa, negra.
Me duele.
Pero lo necesitaba.
Y en ese momento, no me importa. No me importa nada.
No me importa que aquello esté mal, que no deba saludarles, no me importa que me hagan daño.

Nunca he dicho esto en voz alta, y a veces, me da miedo escribirlo. 
Siento que no merezco nada de lo que tengo porque... soy de esas personas de las que vuelven al dolor antes de que él vuelva a ellas.

Y, si os soy sincera, me gusta ese lugar. Ese rincón oscuro de mi pecho, aquel lugar donde vive la chica de la que os hable hace unos días. Me gusta aquella tormenta.
Es un sitio tranquilo, y a veces, cuándo me siento sola me acurruco allí y me abrazo las piernas, suena Debussy de fondo, mis demonios me abren heridas en la piel cada vez que se acercan a saludarme, yo les sonrío y les hablo de lo duro que es estar ahí fuera.
De lo frío que está todo, y que no es el mismo frío que hay en aquella tormenta, les hablo del ruido, de la gente que abre puertas y las cierra de un portazo haciendo que tiembles entre sollozos. Y entonces, las lágrimas aparecen en mis ojos, y los veo aún más borrosos. 
Y, entonces, duele. 
Todas las heridas que me han abierto escuecen.
Y siento unas ganas incontrolables de salir corriendo.
Pero ellos susurran y tengo que mantener la calma para poder oírlos.
Los oigo susurrar, preocupados.
A veces siento que solo me están engañando. Pero aún así es bonito saber que aunque sea tus monstruos se preocupan por ti.
Así que, les dejo abrazarme con sus fríos brazos.
Y entonces, me convierto en oscuridad.
Hasta que dejo de llorar y ellos se apartan despacio.

Me levanto y respiro hondo.
Les sonrío a todos y me marcho, pero antes de salir de aquella tormenta, miro atrás una última vez sabiendo que, tarde o temprano, volveré.

jueves, 26 de febrero de 2015

No sé muy bien sobre qué voy a escribir.
Solo sé que es de noche, y que de fondo suena la canción de Peter Pan.
Y me he pasado toda la tarde tumbada en la cama, con las luces apagadas, y escuchando canciones de piano.
Y no sé que me pasa.
Le he dicho a mi madre que estaba cansada.
Pero, en realidad, no sé qué me está pasando.
Solo sé que van a dar las dos de la mañana, y no sé muy bien sobre qué estoy escribiendo.
Solo sé que te echo de menos.
En realidad, no a ti.
Echo de menos los recuerdos, los momentos, la persona que eras.

Además, no sé. Siento que todo ha cambiado demasiado.

Nada de lo que escribo tiene sentido, las palabras se entremezclan, cómo voy a reflejar otra cosa que no sea desorden con todo este caos aquí dentro, en mi pecho.

En realidad, no te echo de menos.
Ni a ti, ni a los recuerdos, ni a los momentos.
Echo de menos sentirme cómo me sentía contigo.

Echo de menos que alguien entienda realmente cómo estoy con solo mirarme.

Echo de menos algo que nunca tuve.

Y, en realidad, creo que... lo que me ocurre es que tengo miedo.

Tengo miedo.
Muchísimo miedo.

Cuando realmente necesito a alguien estoy completamente sola.

Y tengo miedo, porque... con todo esta confusión, este desorden, este caos ¿quién va a ser capaz de quererme?

¿Quién va a ser capaz de quedarse?

lunes, 23 de febrero de 2015

Os leo tristes.

Os leo triste. No sé.
Ahora, entiendo a la gente que escribe triste, que mira triste, que canta triste, que sonríe triste, que camina triste.
En realidad es fácil identificarlos cuándo fuiste uno de ellos.
Y os leo triste, y me entran unas ganas inevitables de deciros que se puede salir adelante, aunque el dolor siga siendo dolor, sea como sea.
Y sé lo duro que es. Y sé qué es estar en el fondo del pozo, o en mitad del túnel... y no ver luz, o verla pero sentir que es la luz del tren que viene a por ti, sé lo que es respirar y que ese olor asqueroso se te cuele hasta los pulmones, y sé lo que es llorar, y arañarte y gritar, y a pesar de todo, nadie te oye.
Nunca.
Y ese es el problema. Creedme.
Muchas veces esperamos a esa persona que nos oiga, que nos tienda una mano, que nos asegure que esa luz que vemos no es la del tren que viene hacia nosotros sin frenos.
Pero esa persona no existe.
Somos nosotros mismos.
Nosotros mismos tendremos que encontrar las fuerzas, de donde sea, y arriesgarnos.

Y sé que parece que nunca podrás salir de este infierno. Que la vida es dolorosa, que es un mar de lágrimas. 
Pero no os podéis hacer una idea de lo bonito que es vivirla.
De lo bonito que es disfrutar tanto de los días malos, como de los buenos.
Porque somos personas, y nadie es perfecto.

Y quizás esto no llegue a nadie.
Pero os leo triste, y solo quería que me leyerais felices y os dierais cuenta de que aún mantenéis la esperanza, muy en el fondo, aunque parezca que ya no os queda nada.

Seguid, pase lo que pase, seguid.
Porque si sientes que te lo han quitado todo ¿qué mas da arriesgarse?


sábado, 21 de febrero de 2015

Tormentas.

Me he dado cuenta, finalmente, que la vida será así siempre.
Que siempre existirá esa parte de mi que quiere seguir estancada en el fondo del pozo, que quiere llorar bajo las mantas antes de caer dormida a las tantas, que siempre estará allí esa parte que disfruta de los días grises, que le grita al reflejo del espejo pensando que es otra persona.
Me he dado cuenta, de que todos tenemos una tormenta en el interior.
Algunas son peores que otras, pero al fin y al cabo, siguen siendo tormentas.
Y a veces, el viento golpea tan fuerte, que el agua se alborota y te ahoga, y te aprieta la garganta, y se forman océanos internos incapaces de ser vistos.

E igual que hay tormentas y tormentas; hay personas y personas.
Hay personas, de esas que siempre tendrán esa tormenta ahí dentro, en pleno pecho, y tendrán que estar atentos, porque en cualquier momento tendremos que reducir el trapo y aplanar las velas del barco.
Pero, como decía, hay personas y personas.
Y dentro de esas personas con tormentas y océanos internos... hay personas como yo.
Personas a las que les apasionan el océano, las tormentas, el agua furiosa golpeando, las olas cayendo como cascadas en cubierta, el vaivén que el mar conlleva.
Hay personas... a las que les apasiona tanto el océano y las tormentas que no quieren salir de ellas.

Y esa, esa es la parte que sé que siempre estará ahí, dentro, esa es la que grita cuándo se ve en el espejo, la que llora bajo las mantas, y la que no quiere salir del pozo.
La que no quiere abandonar la tormenta que tiene desatada en el pecho.

Y hay que aceptarlo, hay personas y personas. Yo ahora, tras tantos años, sé que tipo soy. Y lo acepto.
Acepto a esa parte de mi que mira la tormenta con los ojos sonrientes y amables.
Lo acepto, porque, en cierto modo, me gusta verla.
Me gusta observar cómo mira hacia dentro. Hacia el pecho, y como no ve nada más que tormenta; ni corazón ni mierdas.
Tormenta 

Por eso, antes de reducir el trapo y aplanar las velas, siempre me detengo unos instantes y la miro. 
Y la veo, la veo cerrar los ojos y respirar hondo, y sonreír al sentir el agua de las olas salpicarle la cara. Y entonces abre los ojos, me mira, y asiente.

Creo, que en el fondo, a ella también le gusto. Creo que, en el fondo, ella también me acepta.
Por eso asiente con la cabeza y no opone resistencia.
No te creas que fue fácil, antes se arrastraba por toda la cubierta, gritaba, lloraba, y me suplicaba que mirara la tormenta, que la disfrutara.
Y no te voy a mentir, admiré aquella tormenta durante mucho tiempo. 

Nuestra tormenta.

Pero llegó un momento en el que no era capaz de recordar lo que era sentir el sol en la cara, la brisa cálida, la tranquilidad de un mar en calma, llegó un momento en el que sentí tal necesidad de algo más que no fuera ese frío que se me colaba entre las costillas directo al pecho...

Y me costó horrores, y cuándo digo horrores no te puedes imaginar a lo que realmente me refiero, pero, y ni si quiera hoy en día entiendo cómo, hice que aquella chica me aceptara.
Por eso, ella me deja ser, normalmente por el día, cuándo todo el mundo mira, y yo le dejo ser a ella, cuándo no hay nadie cerca y nadie se puede dar cuenta.

Y esa es la razón de por qué en mitad de la oscuridad, me aprieto el pecho, y dejo que se desate la tormenta que habita aquí dentro. 


domingo, 8 de febrero de 2015

Cierra la puerta cuando salgas de mi vida.

Se llevó la mano a los labios y se los acarició con la yema de los dedos. Cerró los ojos. Recordó cómo él la besaba, despacio, como si quisiera que ese momento no acabara nunca. Le ponía la mano en la mejilla y la deslizaba poco a poco hacia su nuca, y entremetía los dedos en su pelo. Ella cerraba los ojos y levantaba la barbilla, él descendía por su garganta y le besaba el cuello. Ambos suspiraban.

Abrió los ojos. Y no vio a nadie. Y se sintió tan pequeña. Su mano descansaba en su cuello y tenía los labios entre abiertos. Pestañeó para evitar las lágrimas. Pero era demasiado tarde. Siempre era demasiado tarde.

Hubiera deseado decirle antes de que se fuera que cerrara la puerta cuándo saliera de su vida, porque ella era incapaz de hacerlo, y el frío se le colaba entre los huesos y se quedaba en el hueco de su pecho.


viernes, 30 de enero de 2015

La vida es tan hija de puta.

En realidad, no sé por qué estoy llorando.

Acabo de terminar un película de amor preciosa. Era preciosa pero tenía un final doloroso. De esos finales que a pesar de que intentan darte una lección de que siempre puedes seguir adelante son... tristes, porque, joder, la vida es tan hija de puta.

No sé. Hoy he llorado unas cuantas veces, será la fiebre.

Solo que, a veces, me siento tan sola. Ya sabes, y me da rabia, porque tengo a todas esas personas a mi lado que me quieren y que me hcen feliz pero yo... sigo sintiéndome jodidamente sola.
Como si realmente no fuera importante para nadie.

Y después, está esa voz, esa voz que surge de lo más profundo en mi, y que me insulta, y que me hace sentir mal, y joder, no sabes como duele.

Porque duele horriblemente, como mil demonios torturándome.

Que hay días, días como estos en los que necesitas a alguien, a alguien que te de un abrazo y que te diga que estará allí siempre.

Y lo que más duele, lo que más me duele, es que no hay nadie.

Absolutamente nadie.

Y a veces me siento tan cansada, tan cansada de ser yo contra el mundo.
A veces me siento tan cansada de seguir adelante, no sé, ya sabes, la vida es muy hija de puta.

Ni si quiera sé a quién le estoy escribiendo esto, solo, no sé, no te preocupes.
Son la una de la noche, estoy llorando sola en el sofá, rodeada de un montón de pañuelos, resfriada y con dolor de cabeza, y un poco de fiebre, no me tomes muy en serio en este momento, hoy no es uno de mis mejores días.

Solo... necesitaba escribirlo.

Ya sabes, yo siempre sigo adelante. Sola. Pero sigo adelante.

Porque bueno, esa soy yo, la chica que siempre sigue adelante por muy jodida que esté y por mucho que duela.

Sin nadie que la abrace y que le diga que estará ahí y que le salvará de esa jodida hija de puta llamada vida.

viernes, 23 de enero de 2015

Que seas tu el primero de todas mis primeras veces.

Porque cuando apareces por detrás y me apartas el pelo del cuello siento un escalofrío por toda la columna vertebral que me parte en dos. Y cuando me acaricias la mejilla me arden todos los poros de la piel. Porque joder, me quedaría a vivir con mi barbilla en tu hombro. Y moriría cada vez que me midieras las piernas a besos. Y te arañaría la espalda mientras me haces el amor entre la tristeza tan fuerte y tantas veces que me dejaría las uñas. Porque no podría vivir sin que me taparas la boca con tus labios mientras de tu garganta sale ese sonido que suena a gloria. Me gusta estar enamorada de ti, y aunque no sé cómo va a acabar esto lo haría una y mil veces, aunque doliese, sólo para no olvidarme de lo jodidamente feliz que soy a tu lado. Lo bien que quedan tus labios sobre los míos, o lo bien que encajan tus brazos alrededor de mi cintura, y lo bien que sienta meter los dedos entre tu pelo revuelto mientras te beso cómo si me fueran a matar mañana.

Porque aún no te he visto en mi vida, pero te conozco. Y me conozco a tu lado. No sé cómo, pero lo hago.

Y estoy deseando verte y que seas tú el primero de todas mis primeras veces.
Que sea todo contigo.

Amor, si no tardas mucho te espero toda la vida.

lunes, 19 de enero de 2015

A veces, a ratos.

¿Y si te cuento un secreto muy muy muy despacito?

Te he estado escribiendo, en secreto. Cuando nadie miraba, cuando nadie prestaba atención a mi pecho volviéndose negro. En realidad, te he estado escribiendo sin ni si quiera yo saberlo.

Solo decirte, que a veces, a ratos, te echo de menos. Pero muy poquito. Y me duele entender que así es como tiene que ser, porque en el fondo, muy en el fondo, lo entiendo.

Ya sabes, tengo que mantener esa postura de odio, pretender que no me importas. Porque si no lo hiciera me derrumbaría una y mil veces.

Tampoco te creas que eres lo más importante de mi vida, no. Pero lo fuiste.

Y a veces duele recordarlo.

Por eso te echo de menos, a veces, a ratos.
Hay días que llevan tu nombre escrito, y mataría por abrazarte una última vez.

Voy a serte sincera, pero que sepas que si algún día me lo recuerdas negaré haber dicho tal cosa:

La tormenta que creaste en mi pecho
fue preciosa






martes, 13 de enero de 2015

Dolía pero en realidad solo escocía.

A veces me sorprendo de mi misma.
Me he hecho una herida en el pie por una rozadura, mi madre me ha comprado algo extraño para ponerla sobre ella y tenerlo ahí unos días hasta que se cure.
El caso es que la llevo puesta todo el día y siento un palpitar constante allí donde está aquello, además se me ha hinchado y se me ha puesto blanco - no sé por qué os estoy contando esto-. Es extraño, duele pero a la vez no duele, solo pica.

Y me he parado a pensar en esa sensación de escozor y que a la vez duele pero no lo hace.
Quizá es verdad, y si pica es que se esta curando.
Como escocía tu ausencia.
Mirar a mi lado y no verte, escuchar tus canciones preferidas y no oírte cantar de fondo, mirar mi piano y no escuchar como susurras la melodía despacito, ver las fotografías y no ver cómo te ríes de ti misma, ya ni si quiera recuerdo bien cómo mueves las manos mientras hablas de los personajes de tus libros favoritos. Si es que lo sigues haciendo.

Recuerdo que escocía mucho. Mirara donde mirara sentía que dolía pero a la vez no lo hacía.
Sólo tenía ganas de arañarme un poco el corazón para ver si se pasaba aquella picazón.
Y es curioso, porque dicen que si escuece es que está curando.
Yo nunca lo creí. Porque por mucho que me arañara el pecho seguía sintiendo aquel sentimiento. Y sólo quería borrarte de mi piel. Porque formabas parte de todo. De mi. De mi vida. Estabas en cada mísero segundo, en cada instante bonito, ahí estabas tú, con tu sonrisa y tu pelo moviéndose con el viento.
Joder, no sabes bien lo mucho que escocías.

Pero poco a poco has dejado de hacerlo.
Y se me ha quedado una cicatriz muy bonita, aunque la gente piense lo contrario cuándo pasa los dedos sobre ella.

No espero que se me quede una cicatriz en el pie por la rozadura. Aunque no pienses que eres la única cicatriz, tengo muchas.
Pero una cicatriz, a pesar de ser una marca fea en la piel significa muchas cosas.
La tuya significa que ya no estás, y que a pesar de todo pronóstico puedo vivir sin ti.
Y es bonita, porque todo lo que viví mientras esa herida se abría - incluso lo que dolió tantísimo - fue bonito.

Ya ves, a veces desvarío un poco y acabo pensando en cosas que no tienen sentido ni relación alguna.
No me culpes, ni si quiera yo sé lo que escribo.

Sólo sé que las cosas tristes de la vida también son bonitas, porque una buena amiga dice algo así cómo que las mejores personas son las que saben apreciar lo bonito en el dolor.

Y creo que tiene cierto sentido.
Porque si no aprendes del dolor nunca sabrás apreciar ese instante de felicidad.

Y después de ver lo mucho que doliste, o escociste o lo que quiera que hicieras, y lo triste que fueron todos esos meses, ahora puedo saber que fui realmente feliz a tu lado, y que ahora también lo soy sin ti.

lunes, 12 de enero de 2015

Dieciséis.

Creo que me merezco felicitarme. 
Siempre he soñado con tener 16, desde pequeñita me parecía la edad perfecta para todo.

Bueno, ahora los tengo.

Felicidades.

Y bueno, cómo la persona más bonita y la que más me conoce de mi vida soy yo misma creo que me gustaría tener una felicitación mía.

Has pasado por mucho. Muchísimo. Y no te niego que habrán miles de personas que lo hayan pasado mal, pero cómo decía aquel libro que alguien lo haya pasado peor que tú no quita que tu no lo hayas pasado mal.

Bueno, desde pequeñita siempre fuiste especial, aunque tú no sabías verlo. Sólo te veías como un bicho raro, cómo la niña que no sabía pintar sin salirse de las líneas, la cuatrojos, la conejo, la segundona, después pasaste a ser la esqueleto y por último, la marginada.
Sé que te acuerdas de todos esos recreos que pasaste sentada en el banco, sola, enfrente del parque donde todos los niños jugaban juntos. Mirando cómo reían y se empujaban entre ellos.
Sé que lo pasaste mal.
Lo pasaste mal cuándo estuviste sola e incluso cuándo tuviste amigas.
Porque siempre te sentiste inferior, estúpida, rara.
Sentías que todo el mundo merecía mucho más que tú.
Y sé cuánto dolían los apodos, o las burlas.
Sé cuánto dolió ese no nos gustas cómo eres, si quieres estar con nosotras tienes que cambiar.
Y sé cuánto te odiabas, y cuántas veces intentaste cambiar.
Y que siempre fallabas.
Y que siempre te odiabas más.

Te acompañé durante todos esos años. Te miré mientras llorabas encerrada en el baño. Te observé escondida debajo de la cama, esperando a que todo se calmara abrazada a tus demonios.
Sé que te hiciste amiga de aquel monstruo.
Y que te gustaba.

Sé lo mucho que dolió crecer y ver cómo nada cambiaba. Cómo seguías sintiéndote el bicho raro, la que nunca encajaba.
Sé lo mucho que dolió pasar por delante de aquel chico que te decía 'qué fea eres' todos los días.
Lo mucho que dolieron las miradas.
Sé lo sensible que te convertiste, lo insegura que fuiste. Conozco cada una de tus sonrisas falsas.
Sé lo mucho que dolía derrumbarse en la ducha y que las lágrimas seguían siendo lágrimas a pesar de que se confundían con el agua.

Me gustaría volver a todos esos momentos y darte el abrazo que tanto necesitaste.

Sé que te derrumbaste.
Que estallaste.
Y sé lo mucho que dolió darte cuenta de que nunca habías seguido adelante.
Sé lo mucho que dolió abrirse las heridas y ver cómo brotaba la sangre.

Pero también estuve ahí, cuándo decidiste arrancarte los cristales de la herida y prometiste no volver a abrírtelas.

Estuve observando cada minúsculo paso que dabas.
Te revisé las heridas cada día y me aseguré de que cicatrizaran.

Y estoy orgullosa de ti.
Estoy muy orgullosa de la persona en la que te has convertido.

Me hace sonreír verte feliz. Ver cómo te miras al espejo y te ríes de tu propio reflejo, y te despeinas y te haces la salvaje con la mirada coqueta, cómo bailas con la aspiradora por tu casa cuándo no hay nadie, o cómo cantas por la calle con los auriculares. Estoy contenta de que ya no te importe lo que piense la gente.
Estoy contenta de que seas tu misma y que no quieras cambiar quién eres.
Me hace feliz ver que por fin sientes que encajas a la perfección en un sitio.
Ver aquel brillo en tu mirada.
Y estoy contenta de que sepas aprovechar los pequeños detalles.
De que des ese abrazo o digas ese te quiero sin venir a cuento sólo porque necesitas hacerlo.
Pero sobre todo, estoy contenta porque no quieres cambiar nada, absolutamente nada de tu pasado. Porque todo lo que viviste te hizo ser lo que eres ahora.
Y cómo dice tu canción favorita there's nothing that I'd take back, but it's hard to say that there's nothing I regret.

Y que eso, que estoy muy orgullosa de ti.
Estoy orgullosa de ver que has conseguido lo que siempre has querido.
Felices 16, y quién sabe, quizá esa niña rota tenia razón y los dieciséis es la edad perfecta para todo.


Te quiero.
Siempre seré tu mayor fan.

sábado, 10 de enero de 2015

Quiéreme aquí y ahora.

“Que difícil se hace volver,
aunque solo sea para una breve visita
al lugar donde se ha sido tan feliz durante tanto tiempo”.

Me cogió la mano y me acarició la palma con el pulgar. Un escalofrío me recorrió la espalda, y no, no fue el frío la causa.
Levanté la mirada y me topé con sus ojos grises. Me sonreían. Les sonreí. Le acaricié con la mirada las cejas gruesas, su nariz recta, sus labios carnosos, sus pómulos, y su barba de hace unos días.
Vi cómo sonreía con la boca, la comisura izquierda se levantó unos centímetros más que la derecha. La frente se le arrugó, y un mechón le cayó sobre su ojo izquierdo. Levantó una de sus manos que descansaban en las mías y se lo colocó tras la oreja. Me gustaba cuándo se dejaba el pelo largo. Sonreí, siempre me habían gustado los chicos con un poco de melena.
Él sonrió un poco más y sus comisuras se igualaron. Se le formaron arrugitas pequeñas al final de los ojos. Era precioso.
Sus manos recorrieron mi antebrazo. Se me erizaron todos los vellos del cuerpo. Subió una de sus manos hasta mi hombro rozando el recorrido con las yemas de los dedos. Descansó allí unos instantes y después reinició su paseo por mi cuerpo, se paseó por mi clavícula hasta el hueco de mi cuello. Poco después me cogió la cara entre las manos. Eran manos fuertes, cálidas. Me acercó a él y rozó sus labios con los míos, despacio. Su pestañas largas me hicieron cosquillas.
Se separó de mi y volvió a mirarme a los ojos.
- Te quiero - me dijo.
 Cerré los ojos mientras fruncía el ceño. Me dolía.
Y entonces lo dijo.
- Siempre lo haré.
- No - susurré con el dolor reflejado en la voz-. No digas eso.
- Pero es la verdad.
- Nunca es la verdad cuándo hay un siempre de por medio - le contesté abriendo los ojos.
Él bajó la mirada a nuestras manos entrelazadas. Solté mis manos de entre las suyas que se aferraban a mí como a un salvavidas. Le acaricié la mejilla.
- Quiéreme. Aquí y ahora. No necesito un siempre. Te necesito a ti, en este preciso instante. Con eso me basta.
Me incliné y le besé en la comisura izquierda de los labios, y mientras lo hacía sentí cómo se elevaba hacia arriba.

viernes, 9 de enero de 2015

El hombre de la camiseta de rayas verde.

Tendría veintialgo o treintaypocos. Le gustaban las camisetas de rayas. Aquel día iba con una de rayas verdes.
Tenía la mirada cansada. Pero no era una mirada cómo la de la gente corriente. No. La suya era diferente.
Te transmitía tanto y a la vez tan poco. Era como mirar a un vacío sin fondo. Todo se ceñía de negro. Pero ahí estaba él, con la mirada cansada.
Él apenas se fijaba en mí. Apenas se fijaba en nada. Miraba el retrovisor y se le iluminaba la cara con luces rojas y verdes. Luces amarillas. Siempre atascado en el mismo atasco de siempre. Ese que se hacía temprano cuándo todo el mundo salía de casa con los hombros caídos y la cara hinchada. Supongo que iría al trabajo.
Yo siempre le veía en el carril de la izquierda.

Fue un día en el que salí a correr temprano. Y cuándo volví a casa pasé por la calle principal para acortar el camino.
Y entonces le vi. Con aquel puro encendido y la ventanilla un poco bajada. Pasé al lado del coche y me paré a atarme las zapatillas. Entonces escuché la voz de ese periodista hablando de puros. Levanté la mirada y le miré.
Él no tenía la cara hinchada, ni los hombros caídos.
Parecía feliz si quitabas aquel escalofrío que te entraba cuando mirabas sus ojos esmeralda.

Pasó mucho tiempo, corrí muchos kilómetros y me até las zapatillas en la misma loseta demasiadas veces, hasta que me decidí a saber más sobre él.
No sabría deciros por qué.
Pero aquel hombre tenía tal misterio en su mirada y tal obsesión por las rayas, y por rascarse la barba cuándo se acababa el puro y escuchaba al periodista hablando de ello con aquella voz tan horrenda.
Un domingo cogí el coche a la hora en la que solía encontrármelo, y me metí en el atasco. (Sí, descubrí que también salía los domingos)
Iba cuatro coches por delante de mi, pero poco a poco los coches fueron desapareciendo.
Le seguí sin que él se percatará, o quién sabe, quizás lo hizo y me tomó por una loca.
Pero os puedo asegurar que no paró el coche y me enseñó el dedo corazón cómo había previsto que haría. Lo seguí a las afueras. Había una casita de madera.
La puerta se abrió y salió una chica, con el pelo castaño y recogido. Tenía una mirada bonita, provocativa, cómo si supiera más de ti de lo que a ti te gustaría.
Por aquel entonces, el hombre también había salido del coche.
Los dos se encontraron a la mitad del camino y sus cuerpos se confundieron en un abrazo.


Y entonces lo entendí. Quizá el hombre no habría sido del todo feliz en algún momento del pasado, pero ahora lo era. De ahí el por qué a que su mirada fuera diferente.
Los dos se montaron en el coche.
No supe por qué pero la chica se montó atrás.
Él miró por el retrovisor, con calma, a pesar de todo lo que tuvo que vivir tan pronto.
Y le sonrío a la chica de la mirada atrevida. Ella se echó hacia delante y los dos se besaron.

Entendí que quizá el hombre nunca tuvo una vida bonita, pero cuándo miraba a aquella chica sus ojos gritaban a voces que no le importaba, que con ella a él le bastaba.
Que con ella, con la chica de la mirada atrevida, su mirada era distinta, porque con ella su vida era realmente bonita.

Giré el volante y di media vuelta.
Nunca volví a saber sobre él, ni ella.


Inspirado en uno de los dibujos de Paula Bonet.



lunes, 5 de enero de 2015

Me gusto.

Me miro las rodillas
duelen
están ensangrentadas
las estiro
duele
pero aún puedo seguir caminando

Me miro las manos
duelen
están llenas de rasguños
pálidas
encojo los dedos
duele
pero aún puedo seguir agarrándome

Me miro las ojeras
duelen
son oscuras
y me hacen parecer cansada

Me miro la sonrisa
y por primera vez
encuentro algo que no
duele

Es bonita
pienso
y observo como mis cejas 
se levantan
sorprendidas

es bonita
me repito 
y sonrío

Me miro a los ojos 
y me veo
con ese vestido negro
que se me pega al cuerpo

Estoy tan jodidamente bien
que me follaría a mi misma

Me gusta la forma 
en la que el vestido
resalta mi pecho
y la curva de mi cintura

Me gusta 
como me queda el negro

Joder, cómo puedo estar tan buena
pienso
y sonrío
y al ver mi sonrisa 
sonrío de nuevo

Me gusto
me gusto

Y es bonito quererme
es tan bonito que no entiendo por qué no lo hacía antes

Con lo bien que me queda 
el pelo rizado cayéndome 
por los costados 
O lo bonita
que es mi nariz 
respingona
o el color miel
de mis ojos
incluso aquel lunar pequeñito
en el lado derecho
de mi nariz
me queda bien

Me gusto
me gusto tanto que no me cansaría de decírmelo nunca