viernes, 30 de enero de 2015

La vida es tan hija de puta.

En realidad, no sé por qué estoy llorando.

Acabo de terminar un película de amor preciosa. Era preciosa pero tenía un final doloroso. De esos finales que a pesar de que intentan darte una lección de que siempre puedes seguir adelante son... tristes, porque, joder, la vida es tan hija de puta.

No sé. Hoy he llorado unas cuantas veces, será la fiebre.

Solo que, a veces, me siento tan sola. Ya sabes, y me da rabia, porque tengo a todas esas personas a mi lado que me quieren y que me hcen feliz pero yo... sigo sintiéndome jodidamente sola.
Como si realmente no fuera importante para nadie.

Y después, está esa voz, esa voz que surge de lo más profundo en mi, y que me insulta, y que me hace sentir mal, y joder, no sabes como duele.

Porque duele horriblemente, como mil demonios torturándome.

Que hay días, días como estos en los que necesitas a alguien, a alguien que te de un abrazo y que te diga que estará allí siempre.

Y lo que más duele, lo que más me duele, es que no hay nadie.

Absolutamente nadie.

Y a veces me siento tan cansada, tan cansada de ser yo contra el mundo.
A veces me siento tan cansada de seguir adelante, no sé, ya sabes, la vida es muy hija de puta.

Ni si quiera sé a quién le estoy escribiendo esto, solo, no sé, no te preocupes.
Son la una de la noche, estoy llorando sola en el sofá, rodeada de un montón de pañuelos, resfriada y con dolor de cabeza, y un poco de fiebre, no me tomes muy en serio en este momento, hoy no es uno de mis mejores días.

Solo... necesitaba escribirlo.

Ya sabes, yo siempre sigo adelante. Sola. Pero sigo adelante.

Porque bueno, esa soy yo, la chica que siempre sigue adelante por muy jodida que esté y por mucho que duela.

Sin nadie que la abrace y que le diga que estará ahí y que le salvará de esa jodida hija de puta llamada vida.

viernes, 23 de enero de 2015

Que seas tu el primero de todas mis primeras veces.

Porque cuando apareces por detrás y me apartas el pelo del cuello siento un escalofrío por toda la columna vertebral que me parte en dos. Y cuando me acaricias la mejilla me arden todos los poros de la piel. Porque joder, me quedaría a vivir con mi barbilla en tu hombro. Y moriría cada vez que me midieras las piernas a besos. Y te arañaría la espalda mientras me haces el amor entre la tristeza tan fuerte y tantas veces que me dejaría las uñas. Porque no podría vivir sin que me taparas la boca con tus labios mientras de tu garganta sale ese sonido que suena a gloria. Me gusta estar enamorada de ti, y aunque no sé cómo va a acabar esto lo haría una y mil veces, aunque doliese, sólo para no olvidarme de lo jodidamente feliz que soy a tu lado. Lo bien que quedan tus labios sobre los míos, o lo bien que encajan tus brazos alrededor de mi cintura, y lo bien que sienta meter los dedos entre tu pelo revuelto mientras te beso cómo si me fueran a matar mañana.

Porque aún no te he visto en mi vida, pero te conozco. Y me conozco a tu lado. No sé cómo, pero lo hago.

Y estoy deseando verte y que seas tú el primero de todas mis primeras veces.
Que sea todo contigo.

Amor, si no tardas mucho te espero toda la vida.

lunes, 19 de enero de 2015

A veces, a ratos.

¿Y si te cuento un secreto muy muy muy despacito?

Te he estado escribiendo, en secreto. Cuando nadie miraba, cuando nadie prestaba atención a mi pecho volviéndose negro. En realidad, te he estado escribiendo sin ni si quiera yo saberlo.

Solo decirte, que a veces, a ratos, te echo de menos. Pero muy poquito. Y me duele entender que así es como tiene que ser, porque en el fondo, muy en el fondo, lo entiendo.

Ya sabes, tengo que mantener esa postura de odio, pretender que no me importas. Porque si no lo hiciera me derrumbaría una y mil veces.

Tampoco te creas que eres lo más importante de mi vida, no. Pero lo fuiste.

Y a veces duele recordarlo.

Por eso te echo de menos, a veces, a ratos.
Hay días que llevan tu nombre escrito, y mataría por abrazarte una última vez.

Voy a serte sincera, pero que sepas que si algún día me lo recuerdas negaré haber dicho tal cosa:

La tormenta que creaste en mi pecho
fue preciosa






martes, 13 de enero de 2015

Dolía pero en realidad solo escocía.

A veces me sorprendo de mi misma.
Me he hecho una herida en el pie por una rozadura, mi madre me ha comprado algo extraño para ponerla sobre ella y tenerlo ahí unos días hasta que se cure.
El caso es que la llevo puesta todo el día y siento un palpitar constante allí donde está aquello, además se me ha hinchado y se me ha puesto blanco - no sé por qué os estoy contando esto-. Es extraño, duele pero a la vez no duele, solo pica.

Y me he parado a pensar en esa sensación de escozor y que a la vez duele pero no lo hace.
Quizá es verdad, y si pica es que se esta curando.
Como escocía tu ausencia.
Mirar a mi lado y no verte, escuchar tus canciones preferidas y no oírte cantar de fondo, mirar mi piano y no escuchar como susurras la melodía despacito, ver las fotografías y no ver cómo te ríes de ti misma, ya ni si quiera recuerdo bien cómo mueves las manos mientras hablas de los personajes de tus libros favoritos. Si es que lo sigues haciendo.

Recuerdo que escocía mucho. Mirara donde mirara sentía que dolía pero a la vez no lo hacía.
Sólo tenía ganas de arañarme un poco el corazón para ver si se pasaba aquella picazón.
Y es curioso, porque dicen que si escuece es que está curando.
Yo nunca lo creí. Porque por mucho que me arañara el pecho seguía sintiendo aquel sentimiento. Y sólo quería borrarte de mi piel. Porque formabas parte de todo. De mi. De mi vida. Estabas en cada mísero segundo, en cada instante bonito, ahí estabas tú, con tu sonrisa y tu pelo moviéndose con el viento.
Joder, no sabes bien lo mucho que escocías.

Pero poco a poco has dejado de hacerlo.
Y se me ha quedado una cicatriz muy bonita, aunque la gente piense lo contrario cuándo pasa los dedos sobre ella.

No espero que se me quede una cicatriz en el pie por la rozadura. Aunque no pienses que eres la única cicatriz, tengo muchas.
Pero una cicatriz, a pesar de ser una marca fea en la piel significa muchas cosas.
La tuya significa que ya no estás, y que a pesar de todo pronóstico puedo vivir sin ti.
Y es bonita, porque todo lo que viví mientras esa herida se abría - incluso lo que dolió tantísimo - fue bonito.

Ya ves, a veces desvarío un poco y acabo pensando en cosas que no tienen sentido ni relación alguna.
No me culpes, ni si quiera yo sé lo que escribo.

Sólo sé que las cosas tristes de la vida también son bonitas, porque una buena amiga dice algo así cómo que las mejores personas son las que saben apreciar lo bonito en el dolor.

Y creo que tiene cierto sentido.
Porque si no aprendes del dolor nunca sabrás apreciar ese instante de felicidad.

Y después de ver lo mucho que doliste, o escociste o lo que quiera que hicieras, y lo triste que fueron todos esos meses, ahora puedo saber que fui realmente feliz a tu lado, y que ahora también lo soy sin ti.

lunes, 12 de enero de 2015

Dieciséis.

Creo que me merezco felicitarme. 
Siempre he soñado con tener 16, desde pequeñita me parecía la edad perfecta para todo.

Bueno, ahora los tengo.

Felicidades.

Y bueno, cómo la persona más bonita y la que más me conoce de mi vida soy yo misma creo que me gustaría tener una felicitación mía.

Has pasado por mucho. Muchísimo. Y no te niego que habrán miles de personas que lo hayan pasado mal, pero cómo decía aquel libro que alguien lo haya pasado peor que tú no quita que tu no lo hayas pasado mal.

Bueno, desde pequeñita siempre fuiste especial, aunque tú no sabías verlo. Sólo te veías como un bicho raro, cómo la niña que no sabía pintar sin salirse de las líneas, la cuatrojos, la conejo, la segundona, después pasaste a ser la esqueleto y por último, la marginada.
Sé que te acuerdas de todos esos recreos que pasaste sentada en el banco, sola, enfrente del parque donde todos los niños jugaban juntos. Mirando cómo reían y se empujaban entre ellos.
Sé que lo pasaste mal.
Lo pasaste mal cuándo estuviste sola e incluso cuándo tuviste amigas.
Porque siempre te sentiste inferior, estúpida, rara.
Sentías que todo el mundo merecía mucho más que tú.
Y sé cuánto dolían los apodos, o las burlas.
Sé cuánto dolió ese no nos gustas cómo eres, si quieres estar con nosotras tienes que cambiar.
Y sé cuánto te odiabas, y cuántas veces intentaste cambiar.
Y que siempre fallabas.
Y que siempre te odiabas más.

Te acompañé durante todos esos años. Te miré mientras llorabas encerrada en el baño. Te observé escondida debajo de la cama, esperando a que todo se calmara abrazada a tus demonios.
Sé que te hiciste amiga de aquel monstruo.
Y que te gustaba.

Sé lo mucho que dolió crecer y ver cómo nada cambiaba. Cómo seguías sintiéndote el bicho raro, la que nunca encajaba.
Sé lo mucho que dolió pasar por delante de aquel chico que te decía 'qué fea eres' todos los días.
Lo mucho que dolieron las miradas.
Sé lo sensible que te convertiste, lo insegura que fuiste. Conozco cada una de tus sonrisas falsas.
Sé lo mucho que dolía derrumbarse en la ducha y que las lágrimas seguían siendo lágrimas a pesar de que se confundían con el agua.

Me gustaría volver a todos esos momentos y darte el abrazo que tanto necesitaste.

Sé que te derrumbaste.
Que estallaste.
Y sé lo mucho que dolió darte cuenta de que nunca habías seguido adelante.
Sé lo mucho que dolió abrirse las heridas y ver cómo brotaba la sangre.

Pero también estuve ahí, cuándo decidiste arrancarte los cristales de la herida y prometiste no volver a abrírtelas.

Estuve observando cada minúsculo paso que dabas.
Te revisé las heridas cada día y me aseguré de que cicatrizaran.

Y estoy orgullosa de ti.
Estoy muy orgullosa de la persona en la que te has convertido.

Me hace sonreír verte feliz. Ver cómo te miras al espejo y te ríes de tu propio reflejo, y te despeinas y te haces la salvaje con la mirada coqueta, cómo bailas con la aspiradora por tu casa cuándo no hay nadie, o cómo cantas por la calle con los auriculares. Estoy contenta de que ya no te importe lo que piense la gente.
Estoy contenta de que seas tu misma y que no quieras cambiar quién eres.
Me hace feliz ver que por fin sientes que encajas a la perfección en un sitio.
Ver aquel brillo en tu mirada.
Y estoy contenta de que sepas aprovechar los pequeños detalles.
De que des ese abrazo o digas ese te quiero sin venir a cuento sólo porque necesitas hacerlo.
Pero sobre todo, estoy contenta porque no quieres cambiar nada, absolutamente nada de tu pasado. Porque todo lo que viviste te hizo ser lo que eres ahora.
Y cómo dice tu canción favorita there's nothing that I'd take back, but it's hard to say that there's nothing I regret.

Y que eso, que estoy muy orgullosa de ti.
Estoy orgullosa de ver que has conseguido lo que siempre has querido.
Felices 16, y quién sabe, quizá esa niña rota tenia razón y los dieciséis es la edad perfecta para todo.


Te quiero.
Siempre seré tu mayor fan.

sábado, 10 de enero de 2015

Quiéreme aquí y ahora.

“Que difícil se hace volver,
aunque solo sea para una breve visita
al lugar donde se ha sido tan feliz durante tanto tiempo”.

Me cogió la mano y me acarició la palma con el pulgar. Un escalofrío me recorrió la espalda, y no, no fue el frío la causa.
Levanté la mirada y me topé con sus ojos grises. Me sonreían. Les sonreí. Le acaricié con la mirada las cejas gruesas, su nariz recta, sus labios carnosos, sus pómulos, y su barba de hace unos días.
Vi cómo sonreía con la boca, la comisura izquierda se levantó unos centímetros más que la derecha. La frente se le arrugó, y un mechón le cayó sobre su ojo izquierdo. Levantó una de sus manos que descansaban en las mías y se lo colocó tras la oreja. Me gustaba cuándo se dejaba el pelo largo. Sonreí, siempre me habían gustado los chicos con un poco de melena.
Él sonrió un poco más y sus comisuras se igualaron. Se le formaron arrugitas pequeñas al final de los ojos. Era precioso.
Sus manos recorrieron mi antebrazo. Se me erizaron todos los vellos del cuerpo. Subió una de sus manos hasta mi hombro rozando el recorrido con las yemas de los dedos. Descansó allí unos instantes y después reinició su paseo por mi cuerpo, se paseó por mi clavícula hasta el hueco de mi cuello. Poco después me cogió la cara entre las manos. Eran manos fuertes, cálidas. Me acercó a él y rozó sus labios con los míos, despacio. Su pestañas largas me hicieron cosquillas.
Se separó de mi y volvió a mirarme a los ojos.
- Te quiero - me dijo.
 Cerré los ojos mientras fruncía el ceño. Me dolía.
Y entonces lo dijo.
- Siempre lo haré.
- No - susurré con el dolor reflejado en la voz-. No digas eso.
- Pero es la verdad.
- Nunca es la verdad cuándo hay un siempre de por medio - le contesté abriendo los ojos.
Él bajó la mirada a nuestras manos entrelazadas. Solté mis manos de entre las suyas que se aferraban a mí como a un salvavidas. Le acaricié la mejilla.
- Quiéreme. Aquí y ahora. No necesito un siempre. Te necesito a ti, en este preciso instante. Con eso me basta.
Me incliné y le besé en la comisura izquierda de los labios, y mientras lo hacía sentí cómo se elevaba hacia arriba.

viernes, 9 de enero de 2015

El hombre de la camiseta de rayas verde.

Tendría veintialgo o treintaypocos. Le gustaban las camisetas de rayas. Aquel día iba con una de rayas verdes.
Tenía la mirada cansada. Pero no era una mirada cómo la de la gente corriente. No. La suya era diferente.
Te transmitía tanto y a la vez tan poco. Era como mirar a un vacío sin fondo. Todo se ceñía de negro. Pero ahí estaba él, con la mirada cansada.
Él apenas se fijaba en mí. Apenas se fijaba en nada. Miraba el retrovisor y se le iluminaba la cara con luces rojas y verdes. Luces amarillas. Siempre atascado en el mismo atasco de siempre. Ese que se hacía temprano cuándo todo el mundo salía de casa con los hombros caídos y la cara hinchada. Supongo que iría al trabajo.
Yo siempre le veía en el carril de la izquierda.

Fue un día en el que salí a correr temprano. Y cuándo volví a casa pasé por la calle principal para acortar el camino.
Y entonces le vi. Con aquel puro encendido y la ventanilla un poco bajada. Pasé al lado del coche y me paré a atarme las zapatillas. Entonces escuché la voz de ese periodista hablando de puros. Levanté la mirada y le miré.
Él no tenía la cara hinchada, ni los hombros caídos.
Parecía feliz si quitabas aquel escalofrío que te entraba cuando mirabas sus ojos esmeralda.

Pasó mucho tiempo, corrí muchos kilómetros y me até las zapatillas en la misma loseta demasiadas veces, hasta que me decidí a saber más sobre él.
No sabría deciros por qué.
Pero aquel hombre tenía tal misterio en su mirada y tal obsesión por las rayas, y por rascarse la barba cuándo se acababa el puro y escuchaba al periodista hablando de ello con aquella voz tan horrenda.
Un domingo cogí el coche a la hora en la que solía encontrármelo, y me metí en el atasco. (Sí, descubrí que también salía los domingos)
Iba cuatro coches por delante de mi, pero poco a poco los coches fueron desapareciendo.
Le seguí sin que él se percatará, o quién sabe, quizás lo hizo y me tomó por una loca.
Pero os puedo asegurar que no paró el coche y me enseñó el dedo corazón cómo había previsto que haría. Lo seguí a las afueras. Había una casita de madera.
La puerta se abrió y salió una chica, con el pelo castaño y recogido. Tenía una mirada bonita, provocativa, cómo si supiera más de ti de lo que a ti te gustaría.
Por aquel entonces, el hombre también había salido del coche.
Los dos se encontraron a la mitad del camino y sus cuerpos se confundieron en un abrazo.


Y entonces lo entendí. Quizá el hombre no habría sido del todo feliz en algún momento del pasado, pero ahora lo era. De ahí el por qué a que su mirada fuera diferente.
Los dos se montaron en el coche.
No supe por qué pero la chica se montó atrás.
Él miró por el retrovisor, con calma, a pesar de todo lo que tuvo que vivir tan pronto.
Y le sonrío a la chica de la mirada atrevida. Ella se echó hacia delante y los dos se besaron.

Entendí que quizá el hombre nunca tuvo una vida bonita, pero cuándo miraba a aquella chica sus ojos gritaban a voces que no le importaba, que con ella a él le bastaba.
Que con ella, con la chica de la mirada atrevida, su mirada era distinta, porque con ella su vida era realmente bonita.

Giré el volante y di media vuelta.
Nunca volví a saber sobre él, ni ella.


Inspirado en uno de los dibujos de Paula Bonet.



lunes, 5 de enero de 2015

Me gusto.

Me miro las rodillas
duelen
están ensangrentadas
las estiro
duele
pero aún puedo seguir caminando

Me miro las manos
duelen
están llenas de rasguños
pálidas
encojo los dedos
duele
pero aún puedo seguir agarrándome

Me miro las ojeras
duelen
son oscuras
y me hacen parecer cansada

Me miro la sonrisa
y por primera vez
encuentro algo que no
duele

Es bonita
pienso
y observo como mis cejas 
se levantan
sorprendidas

es bonita
me repito 
y sonrío

Me miro a los ojos 
y me veo
con ese vestido negro
que se me pega al cuerpo

Estoy tan jodidamente bien
que me follaría a mi misma

Me gusta la forma 
en la que el vestido
resalta mi pecho
y la curva de mi cintura

Me gusta 
como me queda el negro

Joder, cómo puedo estar tan buena
pienso
y sonrío
y al ver mi sonrisa 
sonrío de nuevo

Me gusto
me gusto

Y es bonito quererme
es tan bonito que no entiendo por qué no lo hacía antes

Con lo bien que me queda 
el pelo rizado cayéndome 
por los costados 
O lo bonita
que es mi nariz 
respingona
o el color miel
de mis ojos
incluso aquel lunar pequeñito
en el lado derecho
de mi nariz
me queda bien

Me gusto
me gusto tanto que no me cansaría de decírmelo nunca