viernes, 9 de enero de 2015

El hombre de la camiseta de rayas verde.

Tendría veintialgo o treintaypocos. Le gustaban las camisetas de rayas. Aquel día iba con una de rayas verdes.
Tenía la mirada cansada. Pero no era una mirada cómo la de la gente corriente. No. La suya era diferente.
Te transmitía tanto y a la vez tan poco. Era como mirar a un vacío sin fondo. Todo se ceñía de negro. Pero ahí estaba él, con la mirada cansada.
Él apenas se fijaba en mí. Apenas se fijaba en nada. Miraba el retrovisor y se le iluminaba la cara con luces rojas y verdes. Luces amarillas. Siempre atascado en el mismo atasco de siempre. Ese que se hacía temprano cuándo todo el mundo salía de casa con los hombros caídos y la cara hinchada. Supongo que iría al trabajo.
Yo siempre le veía en el carril de la izquierda.

Fue un día en el que salí a correr temprano. Y cuándo volví a casa pasé por la calle principal para acortar el camino.
Y entonces le vi. Con aquel puro encendido y la ventanilla un poco bajada. Pasé al lado del coche y me paré a atarme las zapatillas. Entonces escuché la voz de ese periodista hablando de puros. Levanté la mirada y le miré.
Él no tenía la cara hinchada, ni los hombros caídos.
Parecía feliz si quitabas aquel escalofrío que te entraba cuando mirabas sus ojos esmeralda.

Pasó mucho tiempo, corrí muchos kilómetros y me até las zapatillas en la misma loseta demasiadas veces, hasta que me decidí a saber más sobre él.
No sabría deciros por qué.
Pero aquel hombre tenía tal misterio en su mirada y tal obsesión por las rayas, y por rascarse la barba cuándo se acababa el puro y escuchaba al periodista hablando de ello con aquella voz tan horrenda.
Un domingo cogí el coche a la hora en la que solía encontrármelo, y me metí en el atasco. (Sí, descubrí que también salía los domingos)
Iba cuatro coches por delante de mi, pero poco a poco los coches fueron desapareciendo.
Le seguí sin que él se percatará, o quién sabe, quizás lo hizo y me tomó por una loca.
Pero os puedo asegurar que no paró el coche y me enseñó el dedo corazón cómo había previsto que haría. Lo seguí a las afueras. Había una casita de madera.
La puerta se abrió y salió una chica, con el pelo castaño y recogido. Tenía una mirada bonita, provocativa, cómo si supiera más de ti de lo que a ti te gustaría.
Por aquel entonces, el hombre también había salido del coche.
Los dos se encontraron a la mitad del camino y sus cuerpos se confundieron en un abrazo.


Y entonces lo entendí. Quizá el hombre no habría sido del todo feliz en algún momento del pasado, pero ahora lo era. De ahí el por qué a que su mirada fuera diferente.
Los dos se montaron en el coche.
No supe por qué pero la chica se montó atrás.
Él miró por el retrovisor, con calma, a pesar de todo lo que tuvo que vivir tan pronto.
Y le sonrío a la chica de la mirada atrevida. Ella se echó hacia delante y los dos se besaron.

Entendí que quizá el hombre nunca tuvo una vida bonita, pero cuándo miraba a aquella chica sus ojos gritaban a voces que no le importaba, que con ella a él le bastaba.
Que con ella, con la chica de la mirada atrevida, su mirada era distinta, porque con ella su vida era realmente bonita.

Giré el volante y di media vuelta.
Nunca volví a saber sobre él, ni ella.


Inspirado en uno de los dibujos de Paula Bonet.



1 comentario:

  1. Uno se pregunta qué verá la gente desconocida cuando nos mira por la calle. Casi siempre algo malo o estúpido. En tu caso es todo lo contrario. Una historia a partir de una anécdota visual. Una historia con la que poder o querer identificarse. Y las palabras están especialmente dispuestas para que dén todo lo que de sí puede dar esta lengua nuestra. Me ha gustado mucho.

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