sábado, 10 de enero de 2015

Quiéreme aquí y ahora.

“Que difícil se hace volver,
aunque solo sea para una breve visita
al lugar donde se ha sido tan feliz durante tanto tiempo”.

Me cogió la mano y me acarició la palma con el pulgar. Un escalofrío me recorrió la espalda, y no, no fue el frío la causa.
Levanté la mirada y me topé con sus ojos grises. Me sonreían. Les sonreí. Le acaricié con la mirada las cejas gruesas, su nariz recta, sus labios carnosos, sus pómulos, y su barba de hace unos días.
Vi cómo sonreía con la boca, la comisura izquierda se levantó unos centímetros más que la derecha. La frente se le arrugó, y un mechón le cayó sobre su ojo izquierdo. Levantó una de sus manos que descansaban en las mías y se lo colocó tras la oreja. Me gustaba cuándo se dejaba el pelo largo. Sonreí, siempre me habían gustado los chicos con un poco de melena.
Él sonrió un poco más y sus comisuras se igualaron. Se le formaron arrugitas pequeñas al final de los ojos. Era precioso.
Sus manos recorrieron mi antebrazo. Se me erizaron todos los vellos del cuerpo. Subió una de sus manos hasta mi hombro rozando el recorrido con las yemas de los dedos. Descansó allí unos instantes y después reinició su paseo por mi cuerpo, se paseó por mi clavícula hasta el hueco de mi cuello. Poco después me cogió la cara entre las manos. Eran manos fuertes, cálidas. Me acercó a él y rozó sus labios con los míos, despacio. Su pestañas largas me hicieron cosquillas.
Se separó de mi y volvió a mirarme a los ojos.
- Te quiero - me dijo.
 Cerré los ojos mientras fruncía el ceño. Me dolía.
Y entonces lo dijo.
- Siempre lo haré.
- No - susurré con el dolor reflejado en la voz-. No digas eso.
- Pero es la verdad.
- Nunca es la verdad cuándo hay un siempre de por medio - le contesté abriendo los ojos.
Él bajó la mirada a nuestras manos entrelazadas. Solté mis manos de entre las suyas que se aferraban a mí como a un salvavidas. Le acaricié la mejilla.
- Quiéreme. Aquí y ahora. No necesito un siempre. Te necesito a ti, en este preciso instante. Con eso me basta.
Me incliné y le besé en la comisura izquierda de los labios, y mientras lo hacía sentí cómo se elevaba hacia arriba.

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