viernes, 27 de marzo de 2015

Abrir la puerta y salir al mundo.

Todo da vueltas. No me quiero mirar al espejo. El ruido viene de fuera. Mucho ruido. Por qué no se callan, me pregunto, y vuelvo a llorar. Sigo andando de un lado al otro. No. Para. Para. Para.
Me miro al espejo.
No.
Una chica que no soy yo me devuelve la mirada. Tiene los ojos negros por el maquillaje que se le ha corrido, los labios agrietados y los ojos cansados. Hace una mueca, le tiembla la barbilla y empiezan a salir lágrimas de sus ojos.
No. De nuevo no. Le grito al espejo.
Dios, me gustaría matarla ahora mismo.
Me llevo las manos a la cara y le araño.
Para, para, para, para de llorar. Grito.
Abro el grifo y pongo el agua lo más fría que puedo.

Golpean la puerta y gritan que la abra.
Los ignoro.
Los ignoro a todos.

Los recuerdos aparecen uno detrás de otro, Me duele. Me duele todo. Me duele el pecho. Me aprieta, quiero gritar, quiero que todo deje de dar vueltas, quiero que el mundo se quede en silencio durante unos segundos.

Necesito parar.

Solamente quiero parar, me siento en el suelo y apoyo la cabeza entre las rodillas.
Deja de llorar.
Por qué estás llorando.
Para.

Las lágrimas se deslizan por mis mejillas, aprieto las uñas contra mi propia piel, estoy llena de rabia hacia mi misma, de odio.
Hacía tanto tiempo que no sentía esto que creo que estoy apunto de estallar como una granada y volar todo lo que hay kilómetros a la redonda.

Recuerdo el silencio. Recuerdo la silla negra de cuero. Recuerdo la sonrisa que dice todo está bien cuando nada lo está. Recuerdo la gráfica que muestra una vida sin altibajos, mi vida. Recuerdo las miradas. Recuerdo las palabras. Recuerdo el odio. Recuerdo el llanto. Recuerdo la bañera llena, el agua caliente. Recuerdo la mano de mi madre aferrándose a la mía. Recuerdo la caja de pañuelos dejada con conciencia a mi lado. Recuerdo el olor a menta de los pañuelos. Recuerdo la mirada de mi madre. Recuerdo tragar la saliva y darme cuenta de que estoy seca. Recuerdo mi voz temblando. Recuerdo el banco del colegio. Recuerdo las palabras cargadas de odio. Recuerdo el odio hacia mi misma. Recuerdo la mirada de mi padre compadeciéndome. Recuerdo la rabia.

Lo recuerdo todo.

Dios, como duele. Siento que voy a estallar en miles de pedazos diminutos.

Todos esos sentimientos golpeando mi pecho, chocando entre ellos. Todos los recuerdos.

Solo quiero parar.

Respiro hondo, y cuento hasta tres.

Me levanto despacio y ahueco las manos y me hecho el agua congelada a la cara. Varias veces.

Apoyo las manos. Me miro al espejo. Queda muy poco maquillaje.

Has salido de todo eso, esos recuerdos ya no pertenecen al presente. Si has salido adelante después de todo puedes salir por esa puerta, dejar de llorar, sonreír a todo el mundo, decir que estás bien, beber y bailar.

Me acerco a la puerta. Apoyo el oído en la madera.
Es gracioso, esas cuatro paredes están encerrándolo todo. El mundo me espera ahí afuera y sigo sintiendo tanto miedo.

No dejo que me vuelva a invadir el pánico. Cuento hasta diez y sin pensar quito el cerrojo y abro la puerta.

Aquí va una despedida.

Te recuerdo, a veces. En aquella silla, aquel día lluvioso. Con la cara llena de chocolate. Recuerdo las risas y el olor de ese día. Recuerdo la lluvia chocando frente a el cristal, frente a ti y a mi. Recuerdo lo bien que te sentaba la ropa que llevabas ese día. 
Hace mucho que no te escribo.
Puedo decir que ya está bien, que ya está todo bien.
Solo quería despedirme, y cómo no hacerlo con mi recuerdo favorito.

He vivido miles de cosas contigo, a tu lado, y si tengo que decir cual de todos es mi recuerdo favorito es ese momento. Ese instante, cuando te echaste hacia atrás en la silla, te tapaste la boca llena de chocolate y me empujaste con la otra mano. La gente corría fuera intentando refugiarse, la lluvia caía con fuerza sobre el cristal, la chica de la esquina esperaba a alguien que nunca iba a llegar.
Y, ahí, en ese preciso instante, me di cuenta de qué era sentirse en casa con alguien. 
Tu eras mi casa.
Ese lugar donde refugiarme.

Antes solía pensar en aquel momento, y recordaba a la chica de la esquina de la que tanto nos reímos cuando nos inventábamos la vida de los que pasaban corriendo bajo la lluvia. ¿Recuerdas a la chica? Estaba allí, en la esquina de enfrente, esperando a alguien bajo la lluvia. Y no podía dejar de preguntarme si al final apareció aquella persona por la que esperaba o si salió adelante sin ella. Y cuando pensaba en aquella chica no podía evitar sentirme como ella, esperando por ti en aquella esquina, sin saber si regresarías o si jamás volverías.

Ahora está bien, no sé si me cansé de esperar y me fui o si me fui porque me di cuenta de que podía seguir sin ti. Pero me fui.

Y está bien.

Ahora recuerdo aquel momento, y te recuerdo a ti, y sonrío porque me enseñaste tantas cosas durante todos esos años. 

Y espero que vayas donde vayas y estés donde estés, en algún momento pienses en mi y el recuerdo te haga sonreír. De verdad que lo espero.

Ahora toca continuar bajo la lluvia y conocer a las personas con las que me cruzaré en el camino y sonreirles y hacerles un hueco en mi pecho tan amplio como ellas quieran.

Espero que seas feliz, y espero no volver a escribir sobre ti.

viernes, 13 de marzo de 2015

La carta que nunca entregué a nadie.

Querido quiénseas;

No lo entiendo. No me entiendo.
Tengo mucho más de lo que jamas he tenido. Sí, he perdido personas por el camino, pero he encontrado a otras, que al fin y al cabo, de eso es de lo que va la vida.
Pero tengo mucho más de lo que jamás habría creído posible. Tengo a unas amigas increíblemente geniales, con las que me río, gasto bromas, y salgo para despejarme. Me monto una gran fiesta una vez al mes, bebo un poco (siempre intentando no pasarme para no contar mis secretos) bailo como una loca cubata en mano, sacudo la cabeza y siento el pelo cayéndome en cascada por la espalda, cierro los ojos y me balanceo, abrazo a mis amigas tambaleándome por la risa, recibo empujones de la gente y una que otra sonrisa. 
Me gusto, me gusto a mi misma. Levantarme por las mañanas ya no es el peor momento del día, me levanto, me estiro, me preparo una taza caliente de leche y la cojo con ambas manos mientras salgo a la terraza y observo las primeras luces del día. Siento el viento en mi cara, alejando todas las pesadillas, respiro hondo, abro los ojos y sonrío al ver el color rosado que tiene el cielo.
Voy a clase, me siento con mis amigas y pasamos de los profesores, estudio el último día y apruebo todo con las mejores notas. 
He avanzado en piano, estoy tocando canciones de Beethoven, toco de vez en cuando la guitarra, incluso me ha salido un callo en el dedo por primera vez en cinco años que llevo tocándola.
A media mañana, me siento con mis amigas en el banco de siempre, y me río, y gasto bromas, les pellizco el culo y nos reímos. Veo pasar a la gente, y me alegro por los que ya no están en mi vida cuándo veo que están bien a pesar de todo.

¿Entiendes lo que quiero decir? Soy feliz.

Pero a pesar de eso la noche me sigue consumiendo. Irónico. Antes dormía más horas de las que estaba despierta porque no soportaba mi vida, no soportaba la gente, no soportaba el mundo. Y ahora aquí estoy, durmiendo 5 horas diarias porque soy incapaz de dormir, porque me tumbo en la cama y sigo mirando el móvil, sigo mirando hacia la ventana, odiando incluso la luz amarillenta que entra por la farola de la calle de enfrente. Sigo esperando algo que no sé cuándo llegará. ¿Sabéis eso de que cuándo te quieras a ti misma encontrarás a alguien que te quiera? Es mentira. Os lo puedo asegurar. Me quiero, y aún así, esa soy yo, tumbada en la cama, a las dos de la mañana, sola, vacía.
Me siento tan vacía. Y me da tanta rabia. Tengo todo lo que siempre quise y aún así me siento vacía. Y eso me hace sentir egoísta, me hace sentir horrible. Demasiado ambiciosa.
Pero es verdad, me siento sola.
Vacía.
Siento que me falta algo, ya sabes, la chispa.
No me preguntes por qué pero todas las noches me entran unas ganas tremendas de llorar, miro el móvil, repaso las últimas conexiones de todo el mundo y me siento terriblemente sola. Soy incapaz de hablar de esto con nadie, en realidad, lo he intentado. Pero hay muy pocas personas con las que puedo hablar, y me avergüenza sentirme así. Me da rabia, porque hay tantas personas importantes en mi vida ahora, y a penas me conocen. Tengo tantos secretos que quiero olvidar que soy incapaz de hablar sobre ellos. Y me siento tan terriblemente sola.

Quiero tener a esa persona en mi vida que no me haga sentir vacía. Que me escriba de madrugada con un 'sé que estarás durmiendo pero...' o que simplemente lo haga por qué quiere saber la mierda sobre la que pienso a las 2 de la mañana. Sigo esperando a esa persona que me de cobijo con la mirada, que sus abrazos sientan como estar en casa. Esa persona que me levante la barbilla para que le mire a los ojos cuándo apenas puedo mirarme a mi misma en el espejo. Esa persona que confié en mi. Que me quiera con mi pelo suelto, alborotado, alrededor de la cara, que me quiera con lágrimas en los ojos, y con una sonrisa en la cara, que me quiera a las tantas e incluso cuándo me despierto a las cuatro de la tarde un domingo sin saber muy bien quién soy, dónde estoy, y cómo he llegado a esa cama.
Quiero tener a alguien a quien abrazar, con quien reír, con quien llorar.

Solo... me siento muy sola. Todo el mundo está por ahí compartiendo su vida con alguien y yo lo único en lo que puedo pensar es en lo sola que me siento a las 2 de la mañana entre semana cuando todo está a oscuras y Morfeo no me lleva con él.

Gracias por haberme leído.
A veces no sé muy bien con quien hablar de estas cosas.
 Un abrazo, intentaré escribir pronto.

sábado, 7 de marzo de 2015

Aquí es donde quiero estar.

Mataría por oír tus pasos en las escaleras y saber que eres tu. Ver cómo cruzas la puerta de mi habitación sin ni si quiera molestarte en avisar antes, como hiciste cuando apareciste en mi vida. Sin avisar. Tener memorizada aquella sonrisa torcida de comisura a comisura. Conocer cada uno de tus movimientos antes de que los hagas.
Haría cualquier cosa porque me abrazaras ahora mismo, aquí, tumbados en mi cama, con la música sonando de fondo y la poca luz de la farola que entra por la ventana. 
Desearía acomodarme en tu pecho mientras me acaricias el pelo. Pasear las yemas de mis dedos por tu piel desnuda y pensar 'aquí es donde quiero estar'.
Levantar la mirada y ver como tus ojos me buscan los labios.
Inclinarme y besarte.
Y besarte.
Y besarte, y acariciarte.
Dejar todo atrás, y que por un momento no me importase absolutamente nada que no tuviera relación con tu piel tocando la mía.

Y quererte sin saber si será para siempre. Simplemente quererte en aquel preciso instante, como cualquier persona hubiera querido a alguien antes de saber que estaba apunto de morir.

Así que te amaría como aquel que está apunto de morir. Solamente por saber qué se siente al despertar a tu lado, con las piernas enredadas y nosotros abrazados, y darme cuenta de que nunca me había sentido tan viva.