miércoles, 27 de mayo de 2015

No intentéis ordenar mi vida.

Soy la persona más caótica que conozco. Llena de desorden y de pedazos rotos que nunca acaban de encajar los unos con los otros. Pero ¿sabeis? me he acostumbrado al desorden, a que nada tenga un orden lógico. Porque los demás no entienden el placer de tener que ir sobre tus pasos e intentar recordar cada uno de tus movimientos, cada una de las sonrisas, las lágrimas, y las personas que pasaron, para intentar encontrar aquello que perdí en mi propio caos. Porque es precioso que, a pesar de todo, se exactamente donde está cada pedazo roto y, si alguien entra y me ordena la vida, dejaré de saber donde está todo. Por eso digo que... soy la persona más caótica que conozco, y me gusta serlo. Me gusta ser complicada, que nadie sepa qué viene ahora. Romper a llorar de repente sin ni si quiera yo saber por qué lo hago, después secarme las lágrimas y echarme a reír, dejarlos a todos confundidos y sin saber qué hacer.

Me gusta imaginarme que mi vida es una película, mi propia película. Me gusta bailar bajo la ducha, dar golpes y gritar cuándo las garras me arañan por dentro, me gusta cantar a pleno pulmón cuando estoy sola y asomarme a la ventana cada tres minutos para saber si el vecino me está mirando, y echarme a reír de lo absurdo de la situación, me gusta echarme a llorar simplemente porque ese día no es mi día, y después secarme las lágrimas, abrazarme a mi misma y seguir adelante.

Porque me he dado cuenta de que cada sentimiento es importante, todos y cada uno, llorar es tan bueno como reír y viceversa, porque los sentimientos hay que sentirlos, las emociones están ahí para sentirlas, porque nos hacen ser humanos y tenemos que pasar por ellas. Lo importante es pasar por ellas y no quedarnos atrapados.

No estoy aquí para salvar a nadie, soy la única protagonista de mi vida.
Me da igual que me llames egoísta, he vivido toda mi vida sin vivir mi propia vida.

Por eso me gusta, me gusta ser como soy. Me gusta ser caótica, me gusta el desorden que reina en mi pecho porque, a pesar de todo, todo está donde debería estar.

Y me gusta.

viernes, 15 de mayo de 2015

Morendo.

Hay días en los que bailaría vals acompañada de mi sombra, bajo el ritmo lento de un corazón muerto.

Diminuendo

A veces duele demasiado incluso para respirar, el dolor palpita en el pecho como un cardenal, y el silencio se vuelve aterrador, la noche es demasiado oscura, y bajo las estrellas sientes como te vuelves efímera.

Diminuendo

Hay días en los que no me siento realmente yo misma, en los que un monstruo surge de mi pecho, arañándome por dentro, y arroja palabras al exterior como si tratara de vomitarse así mismo.

Diminuendo

A veces todo es cuestión de nada.
Es lo que suelo pensar cuándo me tumbo de madrugada y miro el cielo negro.
Miles de estrellas, años luz.
Y seguirán viviendo incluso cuándo nosotros llevemos siglos muertos.
Qué sentido tiene todo, si al fin y al cabo no somos nada.

Estoy segura de que nunca habéis escuchado el ritmo de un corazón muerto.
Yo llevo la vida entera escuchándolo, cuando me quedo en silencio, miro al cielo y las estrellas me aplastan y la vida se me escapa de las manos.

Es como un ritmo lento, lento, lento, lento... que sigue palpitando y marcando su propio compás.

Pero no hay un pizzicato, ni un crescendo.
Nada.
Simplemente...
Diminuendo
                                                               Calando
                                                                                                                                 Morendo

jueves, 7 de mayo de 2015

Malditos domingos, malditas madrugadas, maldito tiempo a solas.

Hay días en los que me duele más que nunca sin explicación alguna, y creo que eso es lo que más me duele, el hecho de no entenderlo. Porque lo siento ahí, abriéndose paso entre costilla y costilla, toqueteando mis órganos y jugueteando con mi sangre cual niño pequeño que juega con pintura. Me lo he imaginado en muchas ocasiones, algunas veces tiene forma de duendecillo que se cuelga en mis huesos, con los dientes afilados y uñas puntiagudas y una sonrisa de esas diabólicas, otras veces son manos, simplemente manos, manos en mi interior que me recorren por dentro y me apretujan, me rascan, me pinchan y me pellizcan. Otras veces, es simplemente un vacío, un vacío oscuro e infinito.
De todas formas duele, duele igual.
Y lo odio, oh dios, no sabes cuánto.
Lo odio porque convierte mis días buenos en malos, mis sueños en pesadillas en las que huyo de esas manos que me persiguen, o salto al vacío oscuro, o  veo como la sangre brota de heridas ajenas. Lo odio porque hace que mis sonrisas sean un poco más pequeñitas, que agache la cabeza y me mire las puntas de los pies mientras cruzo las piernas, y que mientras ría, llore, y después diga que estoy llorando de risa. Lo odio porque no lo entiendo, porque no tiene explicación.
Es ilógico que te duela algo que nunca has sentido, algo que nunca has vivido.
Es ilógico pero aún así lo siento, aquí, aquí dentro.
Sobretodo los domingos, oh, he llegado a odiar más los domingos que el despertador que suena en mi oído a las siete de la mañana todos los días.
Y cada noche, sobre la una y media de la madrugada, cuando apago las luces y me tumbo de lado, deseo que las cosas fueran un poquito distintas.
Que ese dolor se disipara.
Y, realmente, se me encoje el pecho, y me siento mal por pensar eso.
Porque... las cosas van más bien de lo que nunca han ido, pero... aún así, esa tristeza sigue ahí, el dolor sigue ahí.
Y, esto lo voy a escribir muy despacito, pero...
a veces, de madrugada, cuando estoy sola y todo está oscuro,
hace demasiado frío...
y me gustaría
me gustaría que alguien estuviese
al otro lado de la cama
 y que me abrazase por detrás, me acomodara en su pecho y me besara en la frente mientras me acaricia el pelo.

Miradle a los ojos mientras siento como lo qué sea que habita dentro de mi estuviera huyendo.
Y entonces, el dolor, la melancolía, la tristeza
desapareciendo.