jueves, 7 de mayo de 2015

Malditos domingos, malditas madrugadas, maldito tiempo a solas.

Hay días en los que me duele más que nunca sin explicación alguna, y creo que eso es lo que más me duele, el hecho de no entenderlo. Porque lo siento ahí, abriéndose paso entre costilla y costilla, toqueteando mis órganos y jugueteando con mi sangre cual niño pequeño que juega con pintura. Me lo he imaginado en muchas ocasiones, algunas veces tiene forma de duendecillo que se cuelga en mis huesos, con los dientes afilados y uñas puntiagudas y una sonrisa de esas diabólicas, otras veces son manos, simplemente manos, manos en mi interior que me recorren por dentro y me apretujan, me rascan, me pinchan y me pellizcan. Otras veces, es simplemente un vacío, un vacío oscuro e infinito.
De todas formas duele, duele igual.
Y lo odio, oh dios, no sabes cuánto.
Lo odio porque convierte mis días buenos en malos, mis sueños en pesadillas en las que huyo de esas manos que me persiguen, o salto al vacío oscuro, o  veo como la sangre brota de heridas ajenas. Lo odio porque hace que mis sonrisas sean un poco más pequeñitas, que agache la cabeza y me mire las puntas de los pies mientras cruzo las piernas, y que mientras ría, llore, y después diga que estoy llorando de risa. Lo odio porque no lo entiendo, porque no tiene explicación.
Es ilógico que te duela algo que nunca has sentido, algo que nunca has vivido.
Es ilógico pero aún así lo siento, aquí, aquí dentro.
Sobretodo los domingos, oh, he llegado a odiar más los domingos que el despertador que suena en mi oído a las siete de la mañana todos los días.
Y cada noche, sobre la una y media de la madrugada, cuando apago las luces y me tumbo de lado, deseo que las cosas fueran un poquito distintas.
Que ese dolor se disipara.
Y, realmente, se me encoje el pecho, y me siento mal por pensar eso.
Porque... las cosas van más bien de lo que nunca han ido, pero... aún así, esa tristeza sigue ahí, el dolor sigue ahí.
Y, esto lo voy a escribir muy despacito, pero...
a veces, de madrugada, cuando estoy sola y todo está oscuro,
hace demasiado frío...
y me gustaría
me gustaría que alguien estuviese
al otro lado de la cama
 y que me abrazase por detrás, me acomodara en su pecho y me besara en la frente mientras me acaricia el pelo.

Miradle a los ojos mientras siento como lo qué sea que habita dentro de mi estuviera huyendo.
Y entonces, el dolor, la melancolía, la tristeza
desapareciendo.

6 comentarios:

  1. "Es ilógico que te duela algo que nunca has sentido, algo que nunca has vivido." Me quedo con esa frase porque es cierto, parece ilógico que algo que nunca vivimos nos haga sentir tristeza, pero pasa. Muchas veces yo me sentí triste por cosas que nunca viví o sentí nostalgia por momentos que nunca me pertenecieron, y creo que justamente es eso, esa tristeza por querer ser los verdaderos dueños de esos momentos, de esas vivencias. Y -deduzco- al darnos cuenta de que no nos pertenecen, sentimos ese vacío horrible, esa tristeza y al mismo tiempo esa ansiedad por que lo hagan, por que nos pertenezcan, por vivirlos de una vez.
    Y creo que para dejar de sentir esa tristeza que llega a pesarnos tanto, no hace falta esperar a concretar esos sueños, basta con un cambio de enfoque y con empezar a ver lo que nos rodea de una forma más positiva, sabiendo que todas las cosas llegan en el momento en el que estamos listos para disfrutarlas.

    Lindo leerte! un beso.

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    1. Tienes razón, a veces es la propia envidia, el rencor de que aquellos momentos por los que darías todo no te pertenezcan, sino que sean de otros.
      Aunque supongo que es verdad, todo depende de el punto de vista desde el que miremos.
      A pesar de todo, todo llega.
      Aunque hay días que aún así duele.

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  2. El destino ha puesto esta maravillosa obra de arte delante de mis narices un día en el que siento esas manos de las que hablas sacudirme más que nunca.
    Gracias, sé que hay alguien que me entiende.

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    1. Espero que no las sientas muy a menudo.
      Gracias a ti, por hacerme ver que hay alguien más que las siente.

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