lunes, 18 de abril de 2016

Él.

No estoy pensando, es lo último que quiero hacer.
Intento no pensar, intento evitarlo.
Solo actúo, me muevo por impulsos al compás de los altavoces.

No sé qué me está ocurriendo, me estoy volviendo loca.
Reconocí su olor entre la gente mucho antes de verle, y quise quedarme entre sus brazos hasta que se hiciera de día.
Los pies me ardían y el mundo nos daba vueltas, las risas se escuchaban desde lejos, pero solo eramos él y yo. 
El humo ascendía de mi pecho y él sonreía.
Creo que le gusta, que le gusta el incendio que tengo desatado ahí dentro.

O quizá aún no sepa de su existencia.

No sé que me está ocurriendo,
creo que nunca me había sentido tan viva como estas últimas semanas, 
y lo único que hago es actuar,
bailar, vivir.

Acercarme tanto como pueda al abismo y respirar hondo.

Sentir sus manos en mi cintura, y reírme en su hombro.
Su chaqueta protegiéndome del frío,
las seis de la mañana y lo único que había ante mis ojos
era él y una larga carretera.

El cielo se aclaraba, y recuerdo haber dicho
vamos a ver como amanece nosotros solos.

Era como si el resto del mundo estuviera ausente.

Llegué a mi casa, ni si quiera recuerdo cómo, 
solo sé que cuando me desnudé en silencio
olía a él.


2 comentarios:

  1. Él me habita pero hay que llevarlo como un ciego a la cama de los secretos. Allí, las almohadas echan humo y no hay lugar para presunciones o cenizas, sólo para saciarse de los incendios.

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  2. Creo que ahora mismo soy capaz de oler a él yo también

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